Discriminaciones ocultas (1): contra los lentos

Afortunadamente, nuestra sociedad parece estar dispuesta a combatir cualquier forma de discriminación, ya sea de índole social, sexual,…

Afortunadamente, nuestra sociedad parece estar dispuesta a combatir cualquier forma de discriminación, ya sea de índole social, sexual, religiosa o económica. Se censura cualquier práctica discriminadora y se invoca, por doquier, la igualdad de derechos, la equidad como condición básica e ineludible para poder vivir una vida digna de la condición humana.

El derecho a no ser discriminado es uno de los pilares fundamentales de la Declaración de los Derechos del Hombre de 1948, concretado en los artículos primero y segundo y, de hecho, se expresa con iteración en las Cartas Magnas de las diferentes democracias occidentales. También en la nuestra, la de 1978. Esta conciencia de equidad y la consiguiente lucha contra cualquier modo de discriminación constituye un fenómeno muy alentador, puesto que sólo desde esta convicción es posible forjar un mundo más humano, más fraterno y más justo.

Pero hay dos tipos de discriminación: las que son patentes y las que son latentes o simplemente se ocultan. Las discriminaciones patentes son tan manifiestas que generan una reacción en contra y muchas veces los sujetos que las sufren se cohesionan para hacer fuerza y convertirse en un grupo de presión. Al final, estos lobbies consiguen mejoras de orden social, económico o cambios de tipo legislativo.

Pero hay formas de discriminación que son tan graves y humillantes como las primeras y que, sin embargo, no se visibilizan del mismo modo, no generan movimientos de reacción, ni grupos de poder que, a través de su voz, expresen el malestar que sufren quienes las padecen. Son las discriminaciones latentes. Debemos combatir cualquier forma de discriminación, pero detectamos que hay algunas que son duramente combatidas, casi de un modo beligerante (y así debe ser) y hay otras que, simplemente, son silenciadas, aparentemente no existen y ese desconocimiento es, de por sí, la más grave forma de discriminación.

Una de estas formas de discriminación oculta en nuestras sociedades occidentales, pero, a pesar de ello, muy real es la que sufren las personas lentas, esto es, las que necesitan más tiempo que el resto de los ciudadanos para moverse y actuar. La lentitud se ha convertido en un contravalor, en algo indeseable, en un objeto de marginación. Nadie desea para sí la lentitud y mucho menos para sus más allegados. En la sociedad de las prisas, el sujeto lento sufre un proceso de marginación. De hecho, se le aparta, se le arrincona, porque se le considera un obstáculo, alguien que obtura el ritmo vital de las ciudades. No se tolera, por ejemplo, la lentitud del anciano, tampoco se tolera la lentitud de un empleado en una estación de servicio, ni la del conductor que cruza un peaje o que tarda algo más de lo normal en aparcar su coche.

No somos, por lo general, tolerantes con las personas lentas. La lentitud se persigue y es objeto de discriminación. La persona lenta no es deseada ni en una organización lucrativa, ni no lucrativa. Se convierte en una molestia en la ciudad, porque entorpece el flujo alocado de sujetos anónimos que se mueven de un lado a otro consumiendo vorazmente. Sólo determinadas personas que ejercen la noble tarea del cuidar, saben lo que significa ponerse al ritmo del otro y aceptar su lentitud. Pero, en términos generales, la lentitud genera múltiples formas de intolerancia.

Para el empresario, la persona lenta obstaculiza el ritmo frenético de producción, porque tarda más que las otras en realizar aquel proceso y, como consecuencia de ello, se pierde poder adquisitivo. Para determinados líderes educativos, la persona lenta debe ser excluida de la esfera educativa, porque como le cuesta más que a los otros educandos comprender un teorema, ello obliga al maestro a frenar el ritmo y eso perjudica la competitividad de dicha institución. En sociedades de la exigencia y de la competitividad, la lentitud se excluye y se expulsa. El ritmo que nos hemos autoimpuesto en estas sociedades es de vértigo y la persona lenta, al no poder seguir el compás que marca el modelo neodarwinista, tiene que apearse y contemplar el mundo a distancia.

La lentitud, un valor fundamental

Y sin, embargo, la lentitud, contrariamente a lo que pudiere parecer, es un valor fundamental. Hay procesos y actividades en la vida humana que no puede realizarse aceleradamente y que cuando se realizan de este modo, no se realizan correctamente. No se puede cuidar a un enfermo a contrarreloj. No se puede educar a niño aceleradamente. No se puede contemplar una obra de arte, ni componer una pieza musical con prisas. Tampoco se puede vivir el juego de miradas y de gestos que caracterizan el ritual del enamoramiento si uno no dispone de tiempo.

Al vivir aceleradamente, perdemos experiencia y riqueza humana. Nos empobrecemos individual y colectivamente. Nos olvidamos de lo que significa contemplar un cuadro, un paisaje, un rostro humano o un roble en otoño. Contrariamente a lo que pudiere parecer, hay sabiduría en la lentitud. Cuando uno se atreve a romper el ritmo agitado de su cotidianidad y practica movimientos lentos, descubre una realidad distinta, descubre otra ciudad, otro paisaje, otra vida. Eso es lo que nos enseñan esos sabios anónimos que viven lentamente y que nos enseñar a mirar y a percibir la realidad de otro modo, quizás de un modo más humano.

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