Discriminaciones ocultas (5): contra los silentes

El silencio es el gran ausente en la vida cotidiana de las grandes urbes. No sólo está ausente, sino que resulta muy difícil hall…

El silencio es el gran ausente en la vida cotidiana de las grandes urbes. No sólo está ausente, sino que resulta muy difícil hallar un lugar para poder gozar de la experiencia silente. Ni siquiera en los parques puede uno liberarse del monstruoso estruendo de la ciudad, del bullicio que generan nuestros artefactos. El hogar ya hace tiempo que ha dejado de ser un espacio silente. Las paredes que nos separan de nuestro vecino son tan finas que casi podemos contar los latidos de su corazón. El caos circulatorio se cuela por nuestras ventanas y, queramos o no, el ruido externo acaba formando parte de nuestro espacio más íntimo.

Da la impresión que estamos condenados a vivir bajo el imperio del ruido, del bullicio, de la saturación de mensajes, de voces. Pronto el silencio será un valor muy cotizado, precisamente por la dificultad de hallarlo en los entornos habituales. Por imperativo, estamos obligados a soportar una contaminación acústica elevadísima que, naturalmente, tiene efectos en el equilibrio psicológico y en la serenidad interior de la persona. Es evidente que además de silencio ambiental, está el silencio interior, pero éste último resulta muy difícil de alcanzar en un entorno tan ruidoso como el nuestro. Al fin y al cabo, no somos seres impermeables, ni mónadas aisladas del mundo, sino que estamos enraizados en un mundo de vida que es ruidoso y que no respeta nuestro silencio.

En la ciudad, no hay possible huida del “mundanal ruido”. Ya no es posible gozar del silencio ni siquiera en el cine, mucho menos en un aeropuerto o en un restaurante. Sentado en la mesa, tengo que tragar el humodel vecino y además debo comerme su conversación. Estamos obligados a escuchar la voz del otro, sus mil intimidades voceadas por el teléfono móvil. Antes, en las Iglesias uno podía reencontrarse a sí mismo, saborear esta experiencia de vértigo que es el silencio, ensimismarse a través de una imagen, pero en la actualidad resulta difícil poder entrar en una iglesia a media mañana o a media tarde. La mayoría de templos sólo abren, prácticamente, cuando se celebra en ellos algún oficio. El amante de esta experiencia debe fugarse de su entorno inmediato para poder vivir algún tiempo de silencio, pero no es fácil encontrar algún intersticio por donde colarse.

El silencio ha sido excluído de nuestra vida social y ello sólo puede tener graves consecuencias, pues sólo es posible el conocimiento de uno mismo, la comprensión de la propia misión, el descubrimiento de la experiencia de Dios si uno se arriesga a vivir la vertiginosa experiencia del silencio. El silencio es una experiencia desafiante y amenazadora, pues cuando uno se deja inundar por él, no puede evitar de preguntarse muchas cosas respecto a su propia vida y a su entorno más inmediato.

Quizás por eso resulta tan incómodo. Quizás por eso lo hemos desterrado como si de la peste se tratara. Pero no sólo el silencio ha sido expulsado de nuestras vidas, sino que también las personas que reivindican silencio en el marco de la ciudad sufren una profunda marginación.

Los silentes se sienten discriminados y tienen que huir de la ciudad para experimentar un cierto silencio, pero aún así, más allá de la metrópolis, el silencio también es caro de encontrar. La montaña se está masificando a marchas forzadas y mientras uno pasea tranquilamente por un sendero puede encontrarse un cuatro por cuatro de cara o una pandilla de motos que rompen la atmósfera de paz que se respiraba en aquel espacio hasta hacía muy poco. En la playa, ya casi es imposible encontrar el silencio. En invierno todavía se puede experimentar el lujo de pasear en silencio por la playa, pero en verano se debe madrugar mucho para no sufrir esa invasión de cuerpos que buscan afanosamente un rayo de sol para poder lucir la cuota de moreno exigida estéticamente.

No sólo está ausente el silencio, sino que incluso empieza a ser mal vista la práctica del silencio. Da la impresión que todos debemos opinar de todo, que todos tenemos autoridad para responder a cualquier pregunta. En cualquier momento y en cualquier circunstancia, se opina de lo más abtruso. Pensamos que el silencio nos hace ignorantes y, sin embargo, muchas veces, lo más oportuno sería callarse y escuchar, pero sentimos el extraño deseo de decir lo que sentimos y el que calla generalmente es calificado de estúpido o de aburrido.

Lao-Tse en el Tao Te King dice que quien sabe calla. Quizás por eso hablamos tanto. No nos cabe en la cabeza relacionar el silencio con la sabiduría, sino que lo vinculamos a la ignoracia. Sócrates ya nos hizo ver que el que sabe que no sabe, sabe mucho más que el que cree saber. El primero es un sabio, el segundo un ignorante intemperado que habla sin saber qué dice.

Deberíamos respetar a los amantes del silencio, porque a través de su silencio nos están diciendo algo que sólo podremos comprender si vivimos la experiencia que ellos viven.

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