Discriminaciones ocultas (6): Contra los austeros

Hubo un tiempo en que la austeridad era considerada una virtud, un hábito de vida excelente, digno de imitación. En los tratados de mora…

Hubo un tiempo en que la austeridad era considerada una virtud, un hábito de vida excelente, digno de imitación. En los tratados de moral y en los manuales de ética, la austeridad se definía como un hábito perfectivo, como una moderación del deseo de poseer.

No se debe confundir la austeridad con la avaricia, porque la avaricia es, en esencia, un contravalor, una tendencia autocéntrica y endogámica que consiste en acumular el máximo número de bienes para uno mismo y excluir a los otros de su disfrute. La persona austera vive con elasticidad lo que tiene, controla su deseo de poseer y de exhibirse y opta por un estilo de vida sobrio tanto en el consumo como en las formas sociales. Sabe que lo fundamental no es tener o aparentar que se tiene mucho, sino sobre todo, ser y vivir lo más liberadamente posible de la lógica del consumismo atroz.

No está de moda ser austero. Ni siquiera está bien visto. En la sociedad de la imagen, uno está obligado a mostrar una imagen de sí mismo que nada tiene que ver con la sobriedad en las formas y en el lenguaje. Es esencial saber venderse bien y cotizarse lo más alto posible en el mercado. Para ello, uno se ve obligado a exhibir sus méritos y, en el caso que no los tenga, a fabricarse artificialmente unos para poder elevar más su precio.

La modestia, la humildad en las formas, la austeridad en el uso de la palabra son actitudes muy olvidadas en la vida pública. No me refiero a un colectivo determinado, sino que este olvido es transversal y afecta al político, pero también al empresario e inclusive al profesor universitario.

En el clima de competitividad darwinista en el que vivimos, uno tiende a ocultar sus errores y debilidades, para exhibir, de puertas a fuera, su poder, su capacidad, puesto que ya se encargan los otros de rebajar tales expectativas. La austeridad no se debe confundir con una falta de autoestima, sino todo lo contrario. La persona austera sabe lo que vale y, precisamente, por ello, no siente la necesidad de exhibirse, ni de enseñar sus facultades hacia fuera. No siente la necesidad del reconocimiento, porque tiene la convicción interior de su validez.

El consumismo choca frontalmente contra la actitud de austeridad. Vivimos en un tipo de mundo en el que compramos mucho más de lo que realmente necesitamos, estamos instalados en un universo donde se multiplican objetos tecnológicos que acaban convirtiéndose en objetos vitales, casi indispensables para vida cotidiana. Ya nos resulta imposible imaginar un hombre serio, sin un teléfono móvil, sin un portátil o sin un determinado modelo de coche deportivo. Somos, muy a menudo, esclavos de la imagen o del rol que ejercemos en la sociedad y sabemos que ese rol lleva asociado un conjunto de elementos que debemos tener y exhibir para no ser excluidos de la tribu.

La persona austera discierne antes de consumir, piensa qué objetos son necesarios en su vida y qué objetos son fabricados únicamente para seducir su capacidad inagotable de desear. La persona austera no siente la necesidad de explicar todo lo que sabe, ni de enseñar todo lo que ha visto, no siente el deseo de dar a conocer a los otros todo lo que posee, porque su paz interior no depende del halago de los otros. Deberíamos recuperar los elementos perennemente válidos de la ética estoica.

La austeridad es un horizonte de sentido, un valor a recuperar, pero, por lo que respecta a nuestra época, es algo denostado y olvidado. Nuestros niños viven en la sociedad del exceso y de la ilimitación, tienen mucho más de lo que necesitan y, raramente, son capaces de frenar sus deseos si no es gracias a la intervención educativa. Los adultos, además de deseos, tenemos capacidad adquisitiva, lo que nos permite dar rienda suelta al deseo de poseer.

Deberíamos recuperar la virtud de la austeridad, aunque soy consciente que si fuera integrada en nuestra vida, el sistema de consumo y, por consiguiente, de producción se transformarían radicalmente. Sobrarían objetos, cosas, casas y artefactos; nos daríamos cuenta que no es necesario albergar tantas realidades artificiales para realizar dignamente el oficio de ser persona. Quizás, entonces, recuperaríamos un estilo de vida más harmónico con la naturaleza, más sostenible, menos degradante para el medioambiente.

Deberíamos aprender a vivir sobriamente, a consumir austeramente y a distribuir equitativamente los objetos que construimos, para que los que no tienen lo suficiente para vivir dignamente puedan disponer de ellos y, del mismo modo, los que viven enajenados por culpa de tantos objetos, puedan liberarse de dicha enajenación y vivir una vida más humana.

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