¡Divorcio sí!

¡Muy bien, señor López Aguilar! Ha tenido usted el arrojo de simplificar y hacer más sencillo el divorcio. Ha entendido usted mi dura situación fami…

¡Muy bien, señor López Aguilar! Ha tenido usted el arrojo de simplificar y hacer más sencillo el divorcio. Ha entendido usted mi dura situación familiar. Estoy, señor Ministro, hasta el gorro. No aguanto más a este vampiro gordo que se ha instalado en el surtidor de mi cuenta corriente, y me chupa mi yo más íntimo. Duerme conmigo todas las noches. Duerme ella, porque lo que es yo, no pego ojo. Y todo, ¿porqué? Sólo porque un día me engañó con su encanto, sus poses. Sus ajetreadas curvas hicieron que se licuaran mis últimas reticencias, y caí rendido en sus brazos.

Ahora se ha arrugado, se ha puesto fofa como una torre de michelines. Ella me dice que todo estaba en el paquete, en la letra pequeña, querido. Muy pequeña debía de ser la letra, porque yo sólo recuerdo cómo me quedé boquiabierto cuando vi aquel muestrario de baño, aquella mirada al mar, aquella celosía de dientes blancos. Ella era mi mundo. Yo era su hombre. De aquí al cielo, me dije.

Ella, por si no conoce su nombre, es Doña Hipoteca, un reptil asqueroso que me endiñaron sus padres putativos: los bancos.

Menos mal que usted, ha comenzado, de una vez, a dar esperanzas a los que vivimos en este infierno. Usted es una luz en el túnel para tantos que erróneamente dimos el “si quiero” en el altar del notario. Ahora que gracias a usted el matrimonio con mi Toñi es el contrato menos protegido por el derecho y somos más libres que un pájaro para decirnos hasta luego en un plis plás, ahora, vamos a por el verdadero matrimonio de hierro, el verdadero judas que se merienda nuestra vida todos los días sin nuestro permiso: la hipoteca.

Un poco más de valor, ministro, y consíganos el divorcio hipotecario de una vez, que ese sí que es necesario. Porque, aquí, todo el mundo quiere ser libre, pero la hipoteca no nos deja respirar.

Señoras y señores, relajen sus esfínteres, aflojen los cinturones, suelten lastre y empiecen a pegar sus euros a un billete de avión con rumbo a Maldivas, porque nuestro ministro está en ello. Adiós bancos, adiós. Vais a ver lo que vale un peine con este ministro que sabe como aflojar las argollas de los contratos leoninos que se firmaron un día del que no quiero acordarme.

Porque, yo sabía que mi chati la hipoteca iba a ser gordi y sensiblona, que me iba a denegar juergas varias (fidelidad obliga). Lo sabía, sí. Pero no sabía que era esto. Esto es inhumano. Nadie puede estar obligado a seguir enamorado de un torpedo como este. ¡Esto va contra los derechos humanos!

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