Don Antonio

Su nombre oficial, el que debía figurar en las cartas y documentos oficiales, era (es) Ilustrísimo y Reverendísimo Don Antonio Do…

Su nombre oficial, el que debía figurar en las cartas y documentos oficiales, era (es) Ilustrísimo y Reverendísimo Don Antonio Dorado Soto, Obispo de Málaga y Melilla. Para los cristianos de Málaga (y para gran parte de la sociedad malagueña) es, sencilla y respetuosamente, don Antonio. El obispo emérito de Málaga, en una trayectoria sin alharacas ni gestos espectaculares, se fue convirtiendo poco a poco en uno de los obispos más prestigiosos de España y en una figura pública de indudable peso moral. Aunque el terreno de las comparaciones es siempre resbaladizo, podemos decir, sin salir de los prelados malagueños, que no tenía el carisma arrollador de Buxarrais, ni la estampa de intelectual de Sebastián o el peso público y político de Herrera. Tampoco estaba, como algunos compañeros de episcopado, señalado ideológicamente a diestra o a siniestra. Su carrera -si en el caso de un obispo podemos hablar de carrera- ha sido discreta, continua, segura. Comenzó su vida como cristiano en círculos que, en aquella época, se llamarían progresistas. De sólida formación cultural y académica, tuvo cierta relación con intelectuales del grupo orteguiano y de tendencia liberal, como Julián Marías, que los cita en el II volumen de sus Memorias como uno de los ‘seminaristas en apuros’ (así los llama el filósofo) que, corriendo el año 1955, se acercaron un día a su domicilio madrileño de la calle Covarrubias a él, en busca de orientación y quizá de consuelo ante el asfixiante catolicismo que se vivía en España en los años 50. Los otros dos seminaristas eran Celso Montero (que luego sería senador socialista en la primera legislatura de la democracia) y Jesús Aguirre (personaje archiconocido en los ambientes intelectuales, director de la editorial Taurus y más tarde Duque de Alba). Como se, ve los ambientes y amistades de don Antonio eran más bien lo que hoy llamaríamos, sin simplificar, progresistas.

Es un hombre que se ha caracterizado sobre todo por la humanidad y sencillez; por su cercanía a todos. Cualquiera que se acercase a él podía notar estas cualidades personales. Muchos de los malagueños que hayan hablado con su obispo, habrán comprobado que pregunta mucho, se interesa vivamente por el interlocutor, por el grupo al que pertenece, por sus actividades. En presencia suya se comprende el significado de la palabra Pastor, que tan unida está a la función episcopal.

En 1982, María Mérida recoge en su libro Entrevista con la Iglesia conversaciones con los más destacados obispos del momento. Sería curioso comprobar lo que han envejecido las opiniones de algunos en estas dos décadas y, sin embargo, lo actuales que resultan todavía hoy las de don Antonio. Hace en el libro una descripción del entonces obispo de Cádiz que me parece acertada: ‘Tiene un tono suave que inspira confianza y denota un carácter sociable, tranquilo, equilibrado. Los que le tratan asiduamente y las personas que componen su entorno dicen que es un hombre cerebral, pero afectivo, con un gran dominio de sí, abnegado y nada polémico. […] Me parece un magnífico interlocutor que sabe dialogar y, sobre todo, escuchar, con una enorme comprensión. Dice la palabra oportuna y precisa en cada ocasión y, sin embargo, es fácil advertir en él un estilo personal abierto, comunicativo y cordial. Su único defecto es que nunca sabe decir que no, me comentaría un íntimo colaborador suyo”. Algunos años después, estas palabras siguen siendo un certero retrato.

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