¿Dónde estaba Dios en esos días, por qué se calló?, se pregunta el Papa en Auschwitz

“Tomar la palabra en este lugar de horror, de crímenes contra Dios y contra el hombre sin parangón en la historia, es casi imposible, y es particularm…

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Tomar la palabra en este lugar de horror, de crímenes contra Dios y contra el hombre sin parangón en la historia, es casi imposible, y es particularmente difícil y oprimente para un cristiano, para un Papa que procede de Alemania”. Con estas palabras, al inicio de su discurso en Auschwitz, Benedicto XVI se dirigió este domingo, 28 de mayo, a los asistentes al acto con el que concluyó su visita de cuatro días a Polonia. Entre los presentes se encontraba un grupo de supervivientes del campo de exterminio nazi, con los que el Papa había mantenido una emotiva conversación momentos antes.

 

A su llegada a Auschwitz, siguiendo las huellas biográficas de Juan Pablo II, la blanca figura del Papa atravesó la misma puerta bajo la que hace más de 60 años los deportados judíos podían leer las palabras Arbeit macht frei (El trabajo os hace libres). La visita estaba expresamente incluida por el Pontífice en este segundo viaje apostólico internacional.

 

Después de pasear en silencio por los lugares del horror, después de haber rezado prolongadamente en el símbolo del Holocausto y de hablar con supervivientes del mismo, la voz algo ronca de Benedicto XVI, por el cansancio de estos días, inició su conmovedor discurso. Un discurso, sin embargo, pletórico de fuerza en su contenido y expresado en tono firme.

 

“En un lugar como éste faltan las palabras, en el fondo, sólo hay espacio para un atónito silencio, un silencio que es un grito interior hacia Dios: ¿por qué te callaste? ¿Por qué has querido tolerar todo esto?”, se preguntó el Papa.

 

“Sólo vemos fragmentos”

 

No podemos escrutar el secreto de Dios, sólo vemos fragmentos y nos equivocamos cuando queremos convertirnos en jueces de Dios y de la Historia”, vino a decir como respuesta Benedicto XVI cuando, de nuevo, dejó flotar en el aire las preguntas: ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué se calló?

 

El Papa pidió adoptar la misma actitud con Dios que manifiesta el pueblo judío en los Salmos cuando implora: “¡Despierta! ¡No te olvides de tu criatura, el hombre!”. “Nuestro grito dirigido a Dios tiene que ser al mismo tiempo un grito que penetra en nuestro mismo corazón para que despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que ha depositado en nuestros corazones no quede cubierto o sofocado en nosotros por el fango del egoísmo, por el miedo de los hombres, por la indiferencia y el oportunismo”, siguió.

 

El Pontífice consideró en su discurso, también, que es particularmente necesario elevar este grito a Dios en los días que vivimos, en los que “parecen surgir nuevamente en los corazones de los hombres todas las fuerzas oscuras: por una parte, el abuso del nombre de Dios para justificar una violencia ciega contra personas inocentes; y por otra, el cinismo que no reconoce a Dios y que escarnece la fe en Él… Gritamos a Dios para que lleve a los hombres a arrepentirse y a reconocer que la violencia no crea paz, sino que más bien suscita más violencia, un círculo de destrucción en el que a fin de cuentas todos pierden”

 

“Como hijo del pueblo alemán”

 

Benedicto XVI matizó en su discurso la para él significativa diferencia entre su visita y la de su antecesor: “El Papa Juan Pablo II vino aquí como hijo del pueblo polaco. Hoy vengo aquí como hijo del pueblo alemán… No podía dejar de venir aquí”, agregó mirando las vías de trenes que trasladaban a los judíos en vagones de ganado. “Tenía que venir. Es un deber ante la verdad y todos los que sufrieron aquí, un deber ante Dios”, resaltó.

 

El Papa reconoció ser “hijo de ese pueblo del que tomó el poder un grupo de criminales con promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación o de su importancia, con previsiones de bienestar e incluso con la fuerza del terror y la amenaza”. De este modo, añadió, “nuestro pueblo pudo ser usado y abusado como instrumento de su manía de destrucción y dominio”.

 

Después de dejar el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, el Santo Padre se trasladó en coche al aeropuerto de Cracovia/Balice, donde se celebró la ceremonia de despedida, con la participación del presidente de la República Lech Kaczyński.

 

Más de un millón de jóvenes

 

Por otra parte, el líder de los aproximadamente 1.100 millones de católicos en el mundo consiguió reunir, el pasado sábado, 27 de mayo, a más de un millón de chicos y chicas polacos en el parque Blonie, donde Juan Pablo II congregó también a auténticas muchedumbres en sus visitas a Polonia. El multitudinario acto puso el broche a la excelente acogida que el pueblo polaco a dispensado a Benedicto XVI.

El Papa les alentó a “no tener miedo de apostar por Cristo”. “El miedo del fracaso puede detener incluso los sueños más bellos. Puede paralizar la voluntad y hacernos incapaces de creer que puede haber una casa construida sobre roca”, reconoció el Pontífice

 

Jesús es ignorado y ridiculizado; es proclamado rey del pasado, pero no del hoy y mucho menos del mañana, es arrinconado en el trastero de cuestiones y personas de las que no se debería hablar en alto y en público”, dijo el Papa a los jóvenes, en relación a las dificultades con las que se encontrarán. “Si en la construcción de la casa de vuestra vida os encontráis con quienes desprecian el fundamento sobre el que vosotros estáis construyendo vuestras vidas, ¡no os desalentéis! Una fe firme debe atravesar pruebas, les exhortó.

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