¿Dónde estaban los sacerdotes?

Vaya por delante que no hay el menor atisbo de crítica en nuestras palabras y sí un interrogante preocupado, una desazón, por una…

Vaya por delante que no hay el menor atisbo de crítica en nuestras palabras y sí un interrogante preocupado, una desazón, por una lógica que nos escapa: la ausencia de toda presencia religiosa, de un solo sacerdote, para ayudar a los familiares de las víctimas que pudieran necesitarlo, y que acudieron al Aeropuerto de Barcelona al conocerse el desastre aéreo en los Alpes franceses del avión alemán que había despegado con destino a Dusseldorf. Inmediatamente se desencadenó un alud de medidas y presencias del Gobierno español, la Generalitat de Cataluña, y en Francia de los equipos de rescate de aquel país. Se desplazaron al aeropuerto decenas de médicos y psicólogos especializados en entender a las personas que son sometidas al dolor y el estrés extremo que provoca la pérdida inesperada de su amigo, hijo, marido, o hermano, en un accidente brutal, tanto como el que ha segado 150 vidas, 45 con apellido español, y 16 alumnos alemanes que volvían de una estancia de intercambio en el pueblo de LLinars cerca de Barcelona.

Pero, en todo este despliegue no se ha visto la presencia de la fe, la asistencia religiosa que siempre debe ofrecerse con discreción y dulzura. Quizás sí la habido y ha sido sistemáticamente ocultada, silenciada. En este caso -que desconocemos- el editorial debería ser otro; pero los hechos parecen indicar que no ha sido así. Desconocemos la organización eclesial, de quien depende -si es que hay alguien ahí- la asistencia religiosa en el Aeropuerto de Barcelona. Y si el servició existe, la desazón se multiplica ante la ausencia; y si no existe, hay que decir que entonces la Iglesia deja de cumplir con su deber. Nadie impide la presencia regular de un sacerdote, nada excusa de solicitar el poder realizar actos de culto para quien quiera.

En último extremo, es motivo de honda preocupación observar que ningún responsable de la Iglesia se ha sentido impelido a actuar, ningún sacerdote de la población cercana del Prat, a acudir.

¿Tan cansada, ocupada, temerosa de importunar está nuestra Iglesia? ¿Tan poco interés para quienes viven en la desesperación de la muerte de un ser querido, en poner a su alcance la esperanza de Dios, y su promesa de vida eterna? Lo que ha sido depositado por obra de Jesús en manos de la Iglesia es demasiado decisivo para que la fatiga, la ocupación, o el temor lo mantengan oculto. Y que no se diga que a nadie se le ocurrió porque entonces significaría que la más inútil de las burocracias se ha apoderado de la Gloria.

No podemos creer que sea así, no queremos creerlo, por eso escribimos. Esto es más una llamada que otra cosa, practicada desde el amor a la Iglesia. Si nos equivocamos con alegría rectificaremos y ensalzaremos el servicio y la presencia, y nos justificaremos por la urgencia de realizar esta reflexión. Nunca una rectificación nos causaría mayor entusiasmo. Mientras no llega, lo escrito, escrito está. Y clama al cielo.

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