Dos clases de muertos, tres formas de pensar

Atentado en Irak, deja 33 muertos

El temor y la preocupación por el terrorismo de la Yihad radical recorren Europa a causa de las muertes que han ocasionado. Pero esa sensibilidad no tiene parangón hacia las muertes masivas cometidas en Irak y Afganistán estos últimos días, que también tienen como autores al Daesh. Solo en estos últimos días en ambos países han sido asesinados con explosivos cerca de 500 personas. Y aún hay un tercer grupo de muertes emparentadas y también masivas. Son los que perecen ahogados al intentar cruzar el Mediterráneo para llegar a Europa. Casi 3000 en lo que va de año, más de 14000 desde 2014. Es una mortandad, un mar de cadáveres. Unos son inmigrantes que se juegan la vida para conseguir un futuro que no encuentran en sus países -y eso dice mucho de las condiciones en las que viven- y otros son refugiados de conflictos bélicos, en buena parte originados por ese mismo tipo de islamismo de la muerte.

Todos estos muertos son distintas caras de la misma moneda, y se producen los menos, dentro, o rodean a Europa, los más. Ya sabemos que unos son más próximos que otros, más sentidos. Pero no se trata solo de sentimiento, sino del deber que es la forma que toma el amor cuando solo queda apelar a la razón moral. Del deber y solidaridad. Y ambas no aparecen en nuestros países.

Si la respuesta a las muertes europeas es la sobrerreacción, sea del tipo que sea, y la indiferencia ante las otras, estamos acabados. Si La Unión y sus estados miembros no adoptan respuestas en consonancia con los desafíos, estamos acabados. Por eso provoca tanta indignación la baja estofa de nuestros políticos y su incapacidad para establecer acuerdos que permitan gobernar. Algunos son de pensamiento tan débil que quieren ser oposición sin que exista gobierno.  Otros, como mucho, apelan al bolsillo de los ciudadanos como único argumento. Nadie niega que lo sea, pero al lado de él debe figurar este otro: la respuesta a la mortandad humana que nos rodea y sus distintas caras.

Detrás  de este escenario, los que mueven sus hilos son dos grandes grupos ideológicos, forjadores de cultura, de moralidad.  En Europa la hegemonía corresponde todavía al libralismo-gender, en sus variantes más o menos intervencionistas, en lo económico, pero en todo caso en el mainstream de la economía neoclásica, del capitalismo y la ideología de género. Esa combinación repleta de aporías pero preñada de excitaciones es la que nos manda. Un hecho que ayuda a comprender las reacciones opuestas en países como Polonia y Hungría donde no se ha producido esta hegemonía cultural.

La otra ideología que confronta con un método cruel e inhumano, es el islamismo del califato en la interpretación del Daesh.

Eso es lo que está en conflicto. El liberalismo Gender nos deteriora, erosiona, nos vuelve indefensos, confusos, viviendo en el malestar de la cultura. El otro nos pretende exterminar, esclavizar. A la larga el liberalismo Gender no nos protege, y esto empieza a ser tan evidente que surge otra vez la respuesta europea del populismo autoritario. Pésima solución, como nos lo recuerda nuestro sangriento pasado.

Solo la concepción cristiana, la que es capaz de afrontar con fraternidad y a la vez con inteligencia toda clase de muertes, solo en el cristianismo, educador en la virtud, que cohesiona y fortalece, y a la vez es capaz de dialogar y entender, respetar y no escandalizar con los propios comportamientos al Islam mayoritario, puede descansar el futuro de Europa

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