Dos relatos de los misioneros de Irak en torno a la figura de Juan Pablo II

PRIMER RELATO El 13 de mayo, día de Nuestra Señora de Fátima, fue la inauguración oficial de la capilla "San Juan Pab…

PRIMER RELATO

El 13 de mayo, día de Nuestra Señora de Fátima, fue la inauguración oficial de la capilla "San Juan Pablo II" de nuestra comunidad del IVE en Bagdad.

Nuestro obispo, Monseñor Jean Sleiman, consagró el templo y bendijo el altar. Además de los dos sacerdotes del Instituto presentes en Bagdad, concelebró el P. Rami, dominico.

No podíamos hacer una ceremonia muy grande porque a fin de cuentas es una capilla y los lugares son pocos así que solamente se invitó el fin de semana anterior a nuestros fieles en la Misa dominical. Así y todo hubo lleno total, con gente que tuvo que estar en la sala de nuestra casa.

La apertura de un lugar de culto es siempre importante para la Iglesia toda porque en las iglesias, al estar presente el Santísimo Sacramento y renovarse el Sacrifico del Redentor, se cumple de modo eminente el fin del hombre que es la glorificación de Dios y porque Él derrama su gracia en ese lugar, socorre a cuantos invocan su Nombre y fortalece el corazón de sus fieles (cf. Oración colecta de la Misa de la dedicación de un templo). Y esto tiene aún más fuerza en lugares como el nuestro donde las dificultades intentan arrebatar la esperanza del pueblo fiel.

Como dice el prefacio de la Misa de la dedicación de un templo:

En este lugar, Señor,

tú vas edificando aquel templo que somos nosotros,

y así la Iglesia, extendida por toda la tierra,

crece unida, como cuerpo de Cristo,

hasta llegar a ser la nueva Jerusalén,

verdadera visión de paz.

Y efectivamente nuestros queridos feligreses fueron inundados por la alegría y la paz que solo Dios puede dar: los atentados con bombas que estos días han recrudecido en la ciudad no fueron obstáculo para la presencia de los fieles en esta fiesta; dos señoras mayores que apenas pueden caminar subieron los tres pisos para llegar a nuestra capilla con un esfuerzo que recordaba la subida del Papa Juan Pablo II al Calvario en su última visita a Tierra Santa; una hermana dominica expresaba su deseo que más sacerdotes del IVE pueden venir a Irak; una joven manifestó su admiración por la belleza de las oraciones de la dedicación de la iglesia; una señora exclamaba contentísima que en nuestra capilla todo apunta al presbiterio donde Cristo renueva su Sacrificio.

¡Hermosas expresiones que manifestaban la alegría por un nuevo edificio que "hace vislumbrar el misterio de la Iglesia, a la que Cristo santificó con su Sangre para presentarla ante Sí como Esposa llena de gloria, como Virgen excelsa por la integridad de la fe y Madre fecunda por el poder del Espíritu" (Ritual de la dedicación de una iglesia).

Así como la Virgen Santísima, Madre e imagen de la Iglesia, estuvo presente en el martirio de su divino Hijo, de modo similar la Iglesia está presente en el martirio diario de sus hijos. Por eso nuestra comunidad puede exclamar como San Pablo: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Como dice la Escritura: por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a Aquel que nos ha amado".

Recemos para que más misioneros puedan venir a ayudar a este pueblo maravilloso que se lo merece.

¡Que Dios los bendiga!

SEGUNDO RELATO

¿De qué les sirven a los santos nuestras alabanzas?

La veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo.

(San Bernardo)

Después de nuestro relato sobre la dedicación de nuestra capilla "San Juan Pablo II" queríamos manifestar nuestro agradecimiento porque Dios en su providencia ha querido que nuestra comunidad albergue el primer templo de nuestro instituto dedicado al que fue llamado por nuestro fundador "padre de nuestra Familia Religiosa". Y para sumar alegría a alegría también constatamos que es la primera iglesia dedicada Juan Pablo Magno en este país.

El Papa que viajó por todo el mundo pero no pudo hacerlo a esta tierra por la pequeñez y mediocridad de los grandes de este mundo, quiso ahora darnos el gozo de ser los primeros en honrarlo como patrono de la iglesia de nuestra comunidad.

Recordamos que Juan Pablo II quería empezar su peregrinación a los santos lugares el año 2000 viniendo a Irak para seguir los pasos de Abraham, nuestro padre en la fe.

Pero las disputas entre el gobierno de Irak y varias potencias de occidente y del mundo árabe hicieron imposible su viaje.

Debido a esto el Papa peregrino empezó su peregrinación de modo espiritual. Si los hombres se empeñaban en entorpecer su viaje él lo haría de un modo que nadie podría evitar, con su oración y su deseo. A fin de cuentas "la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres" (1 Co 1,25) y a Juan Pablo II no lo detenían las mezquindades de nadie.

Desde Roma se dirigió espiritualmente a estas tierras para "revivir el momento inicial de la historia de la salvación" (JPII Audiencia 23 de febrero de 2000), porque "mientras con el corazón nos remontamos hasta los orígenes de la alianza de Dios con la humanidad, nuestra mirada se vuelve hacia Abraham, hacia el lugar donde escuchó la llamada de Dios y respondió a ella con la obediencia de la fe" (JPII Homilía 23 de febrero de 2000).

Y ahora nos ha querido manifestar su protección y su reliquia está en Irak para proteger a este país que fue causa de desvelos en su corazón de padre.

Explicando Benedicto XVI la grandeza de su predecesor decía:

"aquello que el Papa recién elegido pedía a todos -¡No temáis!, !Abrid!, ¡ más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!-, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás".

¡Para enfrentar las enormes dificultades de esta nación hace falta un gigante!

No un gigante según este mundo, sino ante los ojos de Dios. Uno que al ver que aunque "se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías" vaya más allá y comprenda que "el que habita en el cielo sonríe, el Señor se burla de ellos". Uno que proclame "¡dichosos los que se refugian en Él"!

Alguien cuya vida haya estado anclada a Dios y cuya firmeza venga de su unión con la Pasión del Redentor, alguien despojado de sí mismo y lleno de Dios. Por eso terminamos con estas palabras de Benedicto XVI que lo expresan admirablemente:

"Él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia".

P. Luis Montes, IVE

Misionero en Irak

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