Dudar del Espíritu Santo

Acaba de concluir el Sínodo Extraordinario de los Obispos sobre la familia, y no con poco revuelo. El papa Francisco se dirigió al final…

Acaba de concluir el Sínodo Extraordinario de los Obispos sobre la familia, y no con poco revuelo. El papa Francisco se dirigió al final del mismo a los padres sinodales reconociendo que en dicha asamblea ha habido momentos de gracia y de consuelo, así como de desolación, tensión y tentación. Tentación que permite nuestro Señor en aras de un mayor crecimiento de la vida espiritual, y en la cual no sería de extrañar que hubiera caído alguno de los participantes. El Papa expresaba que se habría entristecido y preocupado mucho si no se hubieran dado todas estas tensiones y animadas discusiones, y ha afirmado categóricamente que “ha sido puesto delante de sus ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la “suprema lex”: la “salus animarum” (Cf. Can. 1752). Y esto siempre sin poner jamás en discusión la verdad fundamental del Sacramento del Matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la procreatividad, o sea, la apertura a la vida (Cf. Cann. 1055, 1056 y Gaudium et Spes, 48)”.

Toda esta atmósfera se ha trasladado a los medios de comunicación de todo tipo, lo cual, consecuentemente, ha creado a su vez en los fieles un clima de diálogo animado y, por qué no decirlo, también de tensión, desolación y tentación. Hasta el punto de ver en estas controversias una puerta de entrada para dejarse seducir por el maligno vestido con sus ropajes más diversos, como, por ejemplo, el de vaticanista afamado, el de teólogo progresista o, sin ir más lejos, aquel que el Santo Padre ha denominado patrón del “depositum fidei”.

En fin, cada uno de nosotros, en algún momento de este intenso debate puede que se haya llegado a creer en posesión de la plenitud de la verdad, sin recapacitar en que, como afirmaba la añorada Jutta Burggraf, “la firmeza de convicciones no está reñida con la humildad ni con la apertura de mente, necesarias para un auténtico diálogo con los demás. Aunque podemos afirmar que la Iglesia católica tiene la plenitud de la verdad, yo –como creyente– personalmente no la tengo. O, mejor dicho, la tengo de forma implícita cuando hago un acto de fe y participo de la plenitud de la Iglesia. Pero, como en mi vida cotidiana no he llegado a esa plenitud, los demás siempre pueden enseñarme algo. Puedo aprender de todos –creyentes o no–, sin perder mi propia identidad. Además, conocer los puntos de vista ajenos puede servirme para revisar algunas ideas propias que quizá se han vuelto demasiado rígidas”. No obstante, por experiencia sabemos que una cosa es decir cuando todo va bien: “estoy dispuesto a cuanto Dios quiera” y otra distinta es hallarse realmente dispuesto a hacerlo cuando llega el momento. Entonces es fácil olvidar nuestras buenas disposiciones.

Por eso la mejor recomendación, en medio de esta tormenta, sería la de amarrarse a nuestra Santa Madre la Iglesia, al Papa Francisco, representante de Cristo en la Tierra, antes que vestir cualquier ropaje que nos aparte de ella; sabedores que es en la Iglesia donde encontraremos la plenitud de la verdad. De esta manera evitaremos, tal como el Santo Padre afirmó en la clausura de este Sínodo: “ver una Iglesia en litigio donde una parte está contra la otra, dudando hasta del Espíritu Santo, el verdadero promotor y garante de la unidad y de su armonía”.

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