Educación de la persona: Trabajo y dignidad

La felicidad de las personas depende de muchos factores, muchos  de ellos aleatorios, pero, a pesar de la incertidumbre, dos son determinantes. Constituyen lo que podemos calificar como condiciones objetivas para lograr la felicidad. Uno de estos factores es la familia, el único hábitat que combina el amor incondicional, o al menos tiende a él, con la compañía, la acogida y el deber. Sin una buena familia la felicidad a largo plazo es inviable.

El otro  factor es la vía que, surgiendo desde la educación que nace en la familia, discurre por la enseñanza en la escolarización y la preparación para la Integración en la sociedad y el trabajo desarrollado en condiciones dignas.

Una buena sociedad, o en otros términos, aquella que optimiza la realizaciones de las condiciones humanas personales, el bien común, sería aquella cuyas instituciones y comportamientos sociales estuvieran dirigidos a la construcción de tales condiciones objetivas.

El primer factor, la familia, está siendo demolido por la cultura desvinculada, que es la hegemónica en la nuestro sociedad, y por las leyes de unos Gobiernos ciegos que no entienden nada. Lo hacen vaciando el sentido del matrimonio -parejas del mismo sexo, reduciendo a anécdota la capacidad reproductora- y dejándolo sin derechos específicos en relación a las parejas de hecho. Especialmente los aspectos relacionados con la filiación, económicos, fiscales y hereditarios. El mensaje que envían las instituciones es este: a efectos del bien común, es indiferente que os caséis o seáis una pareja de hecho. El problema, profundo, grande, es que tal presunción está equivocada o es falsa, como se prefiera. Porque como lo constatan los datos, las parejas de hecho son diferentes: más breves e inestables, con mucha menos descendencia y más conflicto, hasta el extremo de poseer una prevalencia de feminicidios nueve veces mayor.

El segundo está al alcance de nuestras instituciones, pero ni tan solo está planteado en los términos adecuados que necesariamente deberían contemplar  como un todo articulado:

  1. Educación de los fundamentos de la persona, incentivando esta capacidad en la familia y concibiendo la escuela como su prolongación, en la práctica de las virtudes para alcanzar los valores propuestos, que requieren de la formación en humanidades incluida la educación religiosa.   
  2.  La enseñanza propia de la escuela de los conocimientos y capacidades necesarios para el desarrollo de la vida personal y profesional, la comprensión de la realidad, y a partir de ello su adecuación para el trabajo
  3.  En la medida que avanza el ciclo educativo aumentan los conocimientos especializados sin perder nunca su conexión con los fundamentos; es decir, de acuerdo con la visión de la unidad del saber. La especialización no puede confundirse, como ahora sucede, con la fragmentación del conocimiento y la unidimensionalidad del ser humano: ser humano- persona- ciudadano- profesión, configuran un todo armónico y por este orden. El fundamento natural, el desarrollo cultural, el deber cívico y el trabajo, en definitiva.
  4.  Todo ello conduce a un trabajo digno que requiere de un salario adecuado, y unas determinadas condiciones de trabajo y derechos laborales. Una condición básica es la de la estabilidad, la reducción de la incertidumbre en relación al trabajo y la retribución
  5. Al mismo tiempo es necesario asegurar a la empresa condiciones que permitan una notable flexibilidad laboral por razones de productividad. El cómo articular esta necesidad con la reducción de la incertidumbre del trabajador, viene de la mano de los enfoques de flexiseguridad, unidos a políticas de formación laboral permanente, y la  incentivación del “formarse haciendo”, y “del desbordamiento de conocimientos”. En definitiva, la flexiseguridad entendida como oportunidad para  construir la sociedad del aprendizaje; el “aprender a aprender”

Es bajo estos criterios que rezan sobre la familia, la enseñanza en todos sus grados, la educación de la persona en el tiempo libre, sobre todo en el periodo que transcurre de la infancia hasta la juventud, el servicio y el trabajo, que deben construirse las políticas públicas, empezando por las económicas. Y no la inversa, dando lugar a un galimatías contradictorio de leyes, que tiene como consecuencia que los efectos de unas anulen a los de las otras.

Ninguna razón técnica se opone a este enfoque. Solo la ceguera por incompetencia o sectarismo lo hacen imposible.

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