Educar es conducir

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Vivimos unos tiempos tan confusos que personas cuya actividad es el estudio y la docencia son capaces de declarar sin el menor rubor que no existe la identidad de cada persona, sino un conjunto de fragmentos que cada uno va viviendo. Son interpretaciones que surgen al hilo de la ‘modernidad líquida’ de Zygmunt Bauman o de ciertas relecturas de Lacan y Foucault. Seríamos personajes de una obra que carecerían de identidad, es decir, de relato para explicar sus propias vidas.

En este contexto, al que prefiero calificar de cultura de la desvinculación en la que el sujeto persigue la felicidad a través de romper con todo compromiso, personal o institucional, y espera que la satisfacción de la pulsión inmediata del deseo le conduzca a la autenticidad y a el bienestar deseado, la educación indudablemente debe encontrarse en crisis, porque educar es conducir, guiar, y esto exige responder a algunas preguntas fundamentales: guiar, ¿a dónde?; conducir, ¿a qué lugar?; y, también, ¿cómo hacerlo?

Claro que hay otra forma de concebir la educación que está en la base de la pedagogía permisiva que ahora se practica, y que es la causa profunda de esta catástrofe educativa en la que vivimos. Se trata de la idea de que la educación ha de servir para que emerja de cada sujeto su yo auténtico, su propia realidad. Pero, este mismo hecho choca con el postulado de la ausencia de identidad porque, entonces, lo que en realidad surge de cada persona es un conjunto de deseos y la dificultad para imponerse a los mismos y resistir la adversidad, la frustración, cuando no se consiguen. Esto es tan evidente que solamente hace falta observar a un sector de nuestros jóvenes de hoy, que presentan, entre otras características comunes, las de su falta de resistencia, de adaptación, a la frustración, que explica a su vez muchos comportamientos de rechazo que estos mismos jóvenes presentan.

Hasta que esta sociedad no se plantee seriamente que educar es conducir a la persona hacia una vida realizada en el bien, en la justicia y en la capacidad de discernir lo necesario de lo superfluo, hasta que no comprenda que la libertad se explica en razón de su capacidad para poder elegir entre opciones buenas, la crisis educativa no sólo no remitirá sino se profundizará, aunque intentemos maquillarla con estadísticas, procedimientos y bajadas del listón que nos permitan exhibir cifras mejores.


Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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