Egocentrismo identitario sin universalidad

Naciones, Estados y Patrias

Francesc cuando era un niño.

Egocentrismo es la exagerada exaltación de la propia personalidad, hasta considerarla centro de la atención y actividad generales. Este aserto categórico no es mío. Lo hago mío tomándolo prestado de la entrada de la Wikipedia “Egocentrismo”. Ego es la voz latina de la palabra Yo. Existe desde siempre una tendencia natural a la afirmación del propio yo, contemplando la realidad que nos envuelve desde nuestra afirmación. Lo saben muy bien los padres como también lo saben los docentes. Es una tendencia que requiere una educación en los hijos que modele la propia personalidad, abriéndola a las otras existentes. De este modo nuestro yo cobra sentido porque cobra sentido el yo de nuestro prójimo. Afirmar y por ende vosotros se transforma en un consciente nosotros del que forma parte el propio yo.

En el transcurso de la vida se teje nuestra identidad personal. No es una identidad ermitaña, reservada para ciertas personas adultas. Todos nacemos en el seno de una familia, en una determinada localidad o vecindario. Y por tanto nuestro yo soy (ego sum) es algo más. Yo soy algo más que un niño rubio de ojos azules de corta edad. Dependiendo del contexto familiar y de relaciones escolares, de vecindario, de localidad, etc., así como de instrucción recibida y aprendizajes a lo largo de la propia vida, podemos afirmar de nosotros mismos muchas cosas. Incluso a pesar de los déficits: orfandad, nuevo matrimonio (o no) de los propios padres naturales, carencia de hermanos, presencia de hermanastros y hermanastras, fracasos laborales, ausencia de éxitos (¿?) y todos los etcéteras existentes.

Surge con fuerza un gran problema: creer que nuestro ego es nuestra identidad pero sin apertura convivencial al resto de egos. Si nuestro yo encuentra unos ámbitos familiares, escolares, grupales, formativos, etc. poco a poco (todos no sólo yo) nos damos cuenta que vivimos en sociedad. Tanto en el espectro digamos político(s) y asociativo(s) como en el de militancia eclesial. Con todo hay distintas confesiones identitarias eclesiales y distintas concepciones políticas. Tanto ahora como en el resto de siglos, incluidos los anteriores a la Encarnación y Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

El diálogo humano es una tendencia natural. Si además hay instrucción con acceso a conocimientos se teje poco a poco nuestra propia identidad. Si no hay esto lo que se teje es una “comida de tarro” de la que es difícil salir. De ahí que ésta, con más o menos intensidad, se haya dado y sé de en todas las “civilizaciones” a lo largo de los siglos amparada en el status que las ordena. El “poder” busca siempre ordenar un status. Sin esto no es posible la convivencia. ¿El poderoso pretende el status para ordenar la convivencia humana? Este es el quid de mi escrito en varias entregas. Está claro a lo largo de los siglos y latitudes que ordenar la convivencia no ha sido y no es el objetivo del poderoso que detenta el status. Pero hay monarcas coronados con mando efectivo que se veneran como santos canonizados. Y hay políticos no coronados que son un ejemplo de coherencia y ejemplo de santidad. Por ejemplo Sir Thomas More canonizado como Santo Tomás Moro. Les sugiero conozcan a fondo su vida. Les recomiendo un libro más allá de la película “Un hombre para la eternidad”. Ésta es un preámbulo para leer el libro. Una vez leído el libro la película se capta mejor. En concreto yo leí hace muchos años La hora de Tomás Moro (sólo frente al poder) de Peter Berglar. Publicado por Ediciones Palabra se sigue publicando.

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One comment

  1. 1

    Ciertamente el Santo Tomás Moro y también Santo Tomás de Aquino, eran grandes enamorados de Cristo, no de ellos mismos. El nombre del Santo Apóstol que recibieron en su Bautismo les guió incansablemente a poner el dedo en la llaga y palpar así la diferencia entre pensar como Dios y entre pensar como los hombres “yo”que son un yo o algo así como un yoyó.
    Hay un anuncio de seguros de coche que esgrime la palabra “todistas”y que se acomoda a los que en su artículo podría también llamar “yoístas”.

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