El alma de Europa

Las crisis dan que pensar. Cuando uno experimenta la ruptura de una ilusión o el fracaso de un proyecto personal, siente vértigo, temor y temblor, una…

Las crisis dan que pensar. Cuando uno experimenta la ruptura de una ilusión o el fracaso de un proyecto personal, siente vértigo, temor y temblor, una especie de desasosiego del alma y, en tal situación, se siente urgido a pensar de nuevo su identidad, sus capacidades, sus horizontes de sentido. Como ya vio atinadamente Karl Jaspers, en las situaciones límites, experimentamos la necesidad de sentido, de responder a la pregunta por el fin. 
 
Europa sufre una de sus más profundas crisis de las últimas décadas. La repulsa al tratado constitucional en Francia y, posteriormente, en Holanda, no es una cuestión menor, ni un simple escollo en el proceso de construcción del proyecto europeo, sino el síntoma de un profundo malestar de la ciudadanía, de un cansancio que responde a múltiples causas. Deberíamos tomar nota de ello, no sólo los estadistas, los eurodiputados o los burócratas de la comisión europea, sino todos los agentes sociales, económicos, educativos, culturales y políticos. 
 
El cansancio, como expresa bellamente Edmund Husserl en una conferencia dictada en Viena en 1935, es el peor peligro que nos acecha a quienes creemos que Europa constituye un proyecto valioso en sí mismo. La sensación de que nada se puede hacer o de que el proyecto ha fracasado definitivamente tiene consecuencias muy graves. Y Europa empieza a padecer lo que algún intelectual ha venido a llamar el síndrome Tina (There is no alternative). No debemos dejarnos llevar por el fatalismo histórico, ni por lo que Jean Paul Sartre llamó la mala conciencia que consiste en pensar que las cosas no pueden dejar de ser distintas de como son. 
 
Deberíamos pensar de nuevo Europa, explorar cuál es su esencia y su sentido, qué horizonte de valores persigue, qué tipo de comunidad humana aspira a ser en el conjunto del planeta. No se trata de elaborar una metafísica de Europa y, menos aún, de articular un discurso eurocéntrico, pero sí que resulta fundamental recuperar el sentido y el valor de un proyecto que no sólo tiene una historia, sino un horizonte de futuro. El espíritu de Europa no debe definirse por reacción al americanismo o al poder amarillo, sino que debe manifestarse como tal sin complejos y, a la vez, sin arrogancia
 
Europa es algo más que una configuración de intereses económico-militares, es el fruto de una larga historia y de una constelación de valores éticos y espirituales que configuran una identidad única en el mundo. El alma, que es el principio de vida de un ser y lo que rige sus movimientos es, en cuanto tal, invisible, pero es la esencia que se manifiesta en las leyes, las instituciones y los estilos de vida de las gentes. Y el alma de Europa es una entidad inseparable del genio filosófico griego, de la vertebración jurídica romana, de la revelación judeocristiana y de la Ilustración europea
 
Una compleja constelación de valores rigen el destino de Europa, valores que nos deberían enorgullecer y que deberíamos transmitir, con fidelidad, a las generaciones venideras. La defensa de la igualdad, la primacía de la libertad, la aspiración a un mundo fraterno, el sabio ejercicio de la crítica, el espíritu de la complejidad, la búsqueda de la verdad, la fe en la historia y el trabajo, el aprecio por la razón y la ciencia y el afán de innovación tecnológica constituyen un universo de fuerzas espirituales que configuran dialécticamente el espíritu europeo. 
 
La ciudadanía se manifestado reiteradamente contra la Europa burocrática, contra la Europa de los coches oficiales, de los sueldos astronómicos y de las comisiones. La ciudadanía se ha manifestado contra la Europa pura y crasamente económica, entendida como un gran mercado, también lo ha hecho contra la Europa de los pactos estratégicos donde cada tribu trata de sacar la mayor tajada para los suyos.
 
El paro, el encarecimiento de la vida cotidiana, la especulación del suelo edificable, los problemas asociados a los flujos migratorios, la inseguridad, la precariedad de las pensiones sociales, la debilidad del estado del bienestar y la crisis que sufren las instituciones educativas son síntomas inequívocos de que algo profundo no va bien en Europa. 
 
En estos contextos de crisis, de mutación y de profundo malestar, debemos recuperar el sentido más genuino de Europa, repensar qué tipo de comunidad pretende ser y cuál es el alma que anima su ser. Las mentes más lúcidas han reflexionado sobre ello a lo largo del siglo XX. Desde Edmund Husserl a George Steiner pasando por Jürgen Habermas, Europa ha sido definida como una extraña hibridación de la cultura grecorromana, de la tradición judeocristiana y de la Aufklärung
 
Se trata, en el fondo de un híbrido diacrónico, de una compleja articulación de valores y no una mera yuxtaposición histórica. Es evidente que la historia pasada de Europa no es, precisamente, una historia apacible, ni tampoco los son los movimientos coloniales de la Modernidad, pero Europa tiene capacidad para llevar a cabo una lúcida crítica de sí misma y encauzar el futuro de otro modo. La crítica, al fin y al cabo, es el valor más genuinamente moderno que nos ha legado la Ilustración
 
Europa corre el peligro de convertirse en una colonia cultural norteamericana o en un gran geriátrico con servicio de vigilancia privada. También puede descomponerse en una constelación de reinos de taifas o puede recuperar su razón de ser y enlazar con lo más bello y sublime de su tradición cultural, espiritual y moral y transmitirla a las generaciones venideras. Sería insensato echar por la borda este legado tan rico que ha configurado nuestra identidad. 
 
El desafío de los flujos migratorios y de los nuevos ciudadanos que llegan a Europa huyendo desesperadamente de sus respectivos países, constituye una ocasión de primer orden para que Europa se piense de nuevo, hurgue en sus entrañas y sepa diseccionar el alma que la ha vivificado hasta el presente. Muchas veces nos percatamos del valor que tiene una cosa cuando carecemos de ella. Quizás Europa no ha tocado fondo, pero no dejemos que lo haga. Nos jugamos mucho en ello.

 
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