El Antiguo Testamento en clave católica, o el bien no significa servir al deseo

La lectura del Antiguo Testamento incomoda a algunos católicos hasta el extremo de que querrían separarlo de la fe que profesan o somete…

Forum Libertas

La lectura del Antiguo Testamento incomoda a algunos católicos hasta el extremo de que querrían separarlo de la fe que profesan o someterlo a una censura subjetiva. Incluso, hay algunos lugares en donde la lectura en la misa de aquellos textos ha sido reemplazada por otros de carácter contemporáneo que consideran más acordes con Jesucristo.

Quienes actúan así no solo se sitúan fuera de la Iglesia sino que demuestran que no saben discernir porque no han meditado sobre la revelación de Jesucristo. Existe una mentalidad pacata temerosa de lo políticamente correcto, que incluso extiende aquella censura al Nuevo Testamento, a San Pablo, por ejemplo.

Hay en todo esto un error de fondo. Los católicos no somos fruto de una religión de un libro sagrado como el Islam o en buena medida el judaísmo. Los católicos somos seguidores de una persona, Jesucristo, cuyos hechos y palabras conocemos a través de los Evangelios y, el resto, del Nuevo Testamento. Estos, junto con el Antiguo Testamento, forman parte de libros inspirados por Dios pero que deben ser interpretados, y ésta es la característica católica a la luz de la Tradición, el hilo que nos une con los cristianos de los primeros siglos, que nos vincula a los que vivieron con Jesucristo y, también,conel Magisterio de la Iglesia. Ella nos dice que el Antiguo Testamento debe ser leído desde la perspectiva de la revelación de Jesucristo, desde la perspectiva del Nuevo, y no solo en sí mismo. Este hecho se hace evidente en muchos aspectos.

Uno de reciente, por cuanto fue publicado en ForumLibertas, son las distintas referencias bíblicas en relación a la práctica de la homosexualidad. De hecho, no se refiere al concepto de homosexual, algo inexistente en la antigüedad, sino al yacer hombres juntos. Muchos textos, sobre todo en el Antiguo Testamento, lo plantean en unos términos de una dureza que resulta lógicamente inaceptable a nuestros ojos de cristianos y de occidentales. Pero lo que se debe retener no es ese entorno histórico sino el hecho en sí, la transgresión que significa el común denominador que de siempre ha presentado la Iglesia en este punto sin excepciones y que hoy recoge el Catecismo.

La idea de esta no aceptación de la relación homosexual en un marco de una fe coherente debe ser también interpretada en términos evangélicos: “Yo amo a los que riño y corrijo” (Ap. 3,15); así habla el Señor. Amar no significa aceptar todo sino desear el bien del otro, y el principal bien para un cristiano es la aceptación de Dios. Baltasar escribe en su breve y a la vez extraordinaria obra Meditar Cristianamente: “La más estricta severidad, pero por amor. Puedo desenmascarar las cosas,llamarlas por su nombre, pero solo si el fin es el amor”. Así lo hace también Jesucristo. Los evangelios están llenos de palabras de una considerable dureza pero siempre vienen dirigidas y enmarcadaspor este principio de buscar el bien del otro, que no siempre coincide con el impulso de su deseo; a veces se encuentra exactamente en sus antípodas.

Jesucristo huyó de la trivialidad, y la Iglesia sigue su sendero. Él cargó sobre sus espaldas la cruz de la autocomplacencia de un mundo que se alejaba de Dios y por el que sufrió todo su horror interno. Aceptar que lo que no está bien nunca puede conducir al bien y, por consiguiente, a Dios. Obviamente, es más cómodo. Lo es socialmente, también desde el punto de vista de la propia sensibilidad inmediata. Dando la razón uno siempre se ahorra conflictos y disgustos pero así no sirve a la verdad ni ayuda a que el bien pueda entreverse.

Hazte socio

También te puede gustar