El árbol necesita abono, agua… y la luz y el calor del sol

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El árbol –nuestra alma– necesita el abono, el nutriente, de la penitencia y el agua de la oración. Sin ellos se quedará sin savia y a la larga sin vida; o bien languidecerá amarillento sin que los frutos llenen de color gozoso sus hojas.

Pero la penitencia, ¿no es demasiado ardua?, ¿no es un sacrificio demasiado costoso? La bondad de un sacrificio se mide por los resultados que se esperan: una madre velará hasta el agotamiento por su hijo a trueque de verle recuperar su salud. Un enamorado emprenderá viajes imposibles por ver a su amada. Pero estaríamos muy equivocados si pensáramos que por nosotros mismos podemos hacer algo provechoso. Por eso tenemos que buscar nuestra energía, nuestra fuerza, en Dios, por eso sin el agua de la oración ni el mejor abono nos salvaría de perecer, y nuestro sacrificio sería imposible o estéril.

Sacrificio y oración nos pide la persona humana que más nos quiere, la Virgen María, en diversas apariciones providenciales de ayer y de hoy en día. El camino que nos invita a seguir es el de la paz y felicidad que da la buena conciencia ya en esta vida y el de la dicha que no pasará en la vida sin término. Pero para que abono y agua sean eficaces deben entenderse a la luz no de una senda meramente individual. En la cordada de la vida que sube a la montaña de la bienaventuranza van muchos montañeros y todos han, hemos, de mirar por todos: “todos para uno y uno para todos”.

Y ese preocuparnos por la suerte temporal y eterna de nuestros compañeros de camino, a imitación de Cristo que da su vida por todos y cada uno de nosotros, sólo será real y posible si en nuestros corazones brilla la luz benefactora del amor, amor que tanto más crece cuanto más se practica.

En efecto, un árbol con alimento y agua colocado en la oscuridad ni se desarrollará ni dará fruto: Y los rayos vitales del sol son la luz y el calor del amor. El amor es el sol esplendente que da vida, que madura los frutos y hace que aprovechen el agua de la oración (que si es egoísta no es oída) y el nutriente del sacrificio (que si no sería mero orgullo).

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