El ateísmo imprudente

Existe un ateísmo estúpido, el de todos esos profanadores que nos obsequian con sus miserables espectáculos

Desde hace un tiempo se producen con frecuencia creciente en nuestro país furibundos ataques contra la religión católica, e insisto en lo de católica, porque no tengo noticia de que esa misma furia se haya dirigido contra otras creencias. Asistimos a todo tipo de profanaciones: mujeres desnudas en los templos, canciones, poesías y espectáculos blasfemos, profanación de la Eucaristía…, y todo ello ante la pasividad, cuando no la complicidad, de las autoridades.

Ante todo ello me planteo la siguiente reflexión: existe lo que yo llamaría un ateísmo honesto, el de aquél que no ha podido encontrar a Dios por mil razones, no siempre atribuibles a él mismo, pero es capaz de amar a sus semejantes, entregarse a ellos e incluso sacrificarse por ellos. Ese ateo está probablemente más cerca de Dios que muchos de los que se llaman creyentes.

Pero existe también un ateísmo estúpido, que es el de todos esos profanadores que nos obsequian con sus miserables espectáculos. Su sangrante falta de respeto no sólo por lo divino, sino también por todo lo humano, no es más que la evidencia de su profunda estupidez. ¿Por qué los llamo estúpidos? Porque ellos se burlan de la fe de los creyentes sin caer en la cuenta de que su postura es también una fe, la fe en la inexistencia de Dios, y esa fe no dispone de la más mínima evidencia que la soporte.

Cuando un ateo dice: “demostradme que Dios existe”, se le puede responder: “demuéstrame tú que no existe”, y tendrá no sólo las mismas, sino muchas más dificultades en defender su aserto que un creyente en defender el suyo. Porque si es difícil demostrar a un ateo la existencia de Dios, mucho más difícil es que él pruebe su inexistencia.

El ateísmo es también una fe, pero una fe carente de prudencia. Siempre me gusta recordar las sabias palabras atribuidas a Pascal, aunque no estoy seguro de que sean realmente suyas. Poco importa. “Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe que no creyendo en un Dios que existe”.

En efecto, si resulta que Dios no existe, ello no supondrá para el creyente ningún perjuicio en comparación con el no creyente. Antes bien, el creyente habrá vivido con una fe y una esperanza que lo habrán inclinado a la caridad, a hacer el bien a los demás, y tras su muerte se convertirá en polvo como el no creyente. Pero si Dios existe, y es cierto que las acciones de esta vida en uso de la libertad, que es patrimonio del hombre, determinan el destino en la otra vida, en la vida verdadera, el ateo honesto se verá gratamente sorprendido al constatar que su amor y su sacrificio no han sido en vano, el creyente tendrá lo que espera y aquello por lo que ha luchado, mientras que el ateo estúpido conocerá el alcance abismal de su estupidez y su ceguera.

El ateo estúpido, en definitiva, se juega su destino eterno a una sola carta, a la carta de que ese destino no existe. Pero es tan soberbio y jactancioso que ni siquiera admite la posibilidad de estar equivocado, y esa soberbia es lo que le perderá. Si tuviese la suficiente humildad para considerar, siquiera remotamente, la posibilidad de equivocarse, probablemente eso le llevaría a replantearse su vida. Pero la soberbia ciega a los hombres, y cuando abren de nuevo los ojos ya es tarde, porque se encuentran ante el juicio en el que no cabe vuelta atrás.

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2 Comments

  1. 1

    De joven me enfadaba que mi padre dijera que cada pueblo tenía el pueblo que se merecía. Ahora veo que tenía razón. Cuánta gente habrá en la protesta ante el Ayuntamiento, aunque la hora escogida no es buena.

  2. 2

    pobres imbéciles, el que ellos nieguen la existencia de Dios y cometan
    estos sacrilegios, Dios no deja de existir, hay un refrán que Dice, Dios
    sin ti existe y siempre es grande, tu sin Dios no eres nada. tontos ya verán cuando se mueran, la gran sorpresa que se llevarán, por haber
    negado y lo peor ofender a un Dios tan grande. amoroso y misericordioso, no ama tanto que si se arrepiente y se acercan y lo
    buscan, pidiéndole perdón con arrepentimiento, olvida las ofensas y
    los perdona, Dios tenga piedad de ellos.

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