El baile tras la tormenta

"La evangelización de Europa tendrá lugar cuando los hombres descubran que con el paso del materialismo marxista al materialismo co…

"La evangelización de Europa tendrá lugar cuando los hombres descubran que con el paso del materialismo marxista al materialismo consumista, siguen estando vacíos, a pesar de haberse saciado de todos estos bienes". Esta frase del filósofo Robert Spaemann cuadra perfectamente como preámbulo de la galería de relatos inolvidables recogidos por José Miguel Cejas y que aparecen en el libro El baile tras la tormenta. Son relatos de disidentes, de personas enfrentadas a lo que era políticamente correcto en los Países Bálticos y Rusia, en la época de la URSS, desde principios del siglo XX hasta la recuperación de la independencia.

Las historias relatadas aquí son historias contadas en primera persona. Hombres y mujeres que han sufrido cárcel, destierro, tortura física y psicológica, ostracismo social, deportaciones a Siberia… para defender y vivir su fe. Son unas vidas muy variadas, rebeldes, en una Europa desconocida para nosotros, multicultural y en un crisol creciente de razas, culturas y tradiciones donde lo que predomina es el compromiso con las propias convicciones.

Hablan historiadores, cineastas, médicos, pintores, cantantes, obispos luteranos, católicos y ortodoxos, una Primera Ministro, actores de teatro y cine, filólogos, maestros, sacerdotes, profesores universitarios, locutores de radio, un teniente del ejército rojo…

Los relatos tienen un punto en común: cómo han vivido o como han descubierto la fe en Jesucristo y han podido sobrevivir a pesar de las torturas, las persecuciones y el ostracismo a que las autoridades los tenían sometidos.

Entre 1940 y 1953 miles de ciudadanos bálticos huyeron a Occidente y más de 200.000 fueron deportados a Siberia para que ningún intelectual, empresario o creyente de cualquier religión –cualquiera que pudiera ejercer cierta influencia sobre los demás– quedara en el país. Después, si volvían, ningún católico podía acceder a trabajos de cierta influencia social como la política o la enseñanza.

En cada deportación se hacía una gran batida: los soldados llegaban de noche, sacaba la gente de las casas, los subían a camiones y los llevaban a la estación de tren más cercana. Allí los ponían en vagones de ganado y los llevaban a Siberia. Muchos morían por el camino. Quien volvía tras ser deportado no lo dejaban vivir. Le inculpaban por cualquier cosa. Le hacían la vida imposible. Buscaba un trabajo tras otro, y otro… hasta que este acoso le resentía la salud y se moría.

Hay relatos aterradores. Resumo tres, de tres mujeres, una de cada país báltico.

Estonia: Mari Jarvi, pianista

Nací en 1959. Mi padre era bautizado en la Iglesia Ortodoxa y mi madre en la Luterana. Yo no estaba bautizada. Y no sabía nada del cristianismo ni del catolicismo. A los diecisiete años era secretaria de las Juventudes Comunistas de Tallin y llevaba una insignia con la hoz y el martillo colgada en el vestido.

Nos hicimos novios con Teet con quien nos conocíamos de pequeños. Los dos somos músicos y como también nos gustaba el arte, un día dijimos: ¿por qué no vamos a la Misa de Nochebuena en la iglesia católica para ver cómo es? Nos decepcionó: pequeña, de estilo neogótico, limpia, pero sin ninguna obra de arte remarcable. Toda la gente que había era mayor. Sólo nosotros éramos jóvenes. Nos quedamos… A media misa me sucedió algo inexplicable, pensé con certeza: “Este es mi sitio. Quiero ser católica”. Instintivamente me arranqué la insignia comunista y la tiré al suelo. Fue un cambio inexplicable. No fue una emoción estética. Aquella… iluminación imprevista no se adecuaba ni a mi educación, ni a mi carácter, ni al ambiente donde me movía.

No hablé con nadie de ello. Fui a ver el cura. Me recibió con frialdad: ¿una secretaria de las Juventudes Comunistas que se quiere hacer católica? Tenía pinta de trampa. Empecé a ir a la iglesia a escondidas. Me encontraba bien, pero nadie me había enseñado a rezar. Me gustaba estar allí, cerca de Dios. A los tres meses me bauticé, confirmé e hice la primera comunión en una ceremonia privada y discreta.

Todo lo que hacía referencia al catolicismo estaba prohibido: catequesis, textos escritos… los edificios religiosos estaban confiscados. Sólo dejaban decir misa los domingos. Tenía miedo de que si Teet se enteraba me dejara: ningún joven estonio estaría dispuesto a casarse con una católica ya que el Régimen siempre espiaba a los jóvenes para negarles toda posibilidad de ir al extranjero o para dificultar su carrera profesional.

Terminados los estudios decidimos casarnos, pero antes tenía que decir a Teet que era católica. No sabía cómo hacerlo. Quedaría confuso, extrañado…

–Teet: Tengo que decirte algo que no sabes.

–Di…

–Es que… soy católica desde hace tres años.

Me miró desconcertado y me dijo:

–Pero… ¿Tú? ¡Yo también!

Se había bautizado en secreto como yo. El cura, temiendo que entre los conversos hubiera un delator, siempre ponía los medios para que ningún nuevo bautizado no coincidiera en ninguna ceremonia religiosa con otro.

Nos casamos en la catedral. Sólo había siete personas. Íbamos vestidos de a diario y todo el mundo entró en la iglesia por separado, como si fuéramos turistas. Al día siguiente hicimos la ceremonia civil con familiares, amigos música y flores. Aquel Régimen hacía que miles de personas tuviesen de llevar esta doble vida. Hemos tenido cinco hijos, todos músicos. Nuestros sobrinos también lo son. En verano nos reunimos todos para ofrecer el Jarvi Summer Festival, famoso en todo el país: ¡tocamos quince Jarvis!

No sé explicar por qué me gusta tanto el segundo movimiento del concierto para piano núm. 2 de Shostakóvich. Como tampoco sé porque Dios me ha concedido la gracia de la fe, de repente, aquella Nochebuena de 1976. Fue un don, un misterio, un misterio gozoso.

Letonia: Silvija, médico

En casa éramos ateos. Sólo había oído hablar de Dios a mi abuela: "No te olvides que Dios te ve siempre. Actúa de forma que le gustes… Mientras rezaba el rosario me decía: “ahora rezo a la Virgen por ti".

Gints, mi marido y yo, junto con otros cinco médicos, nos dedicábamos al aborto. Era un buen negocio. La vida "nos iba bien": hacíamos lo que nos habían enseñado en la Facultad de Medicina. Primero te repugna, pero luego el corazón se endurece hasta llegar al cinismo. Alguien criticaba nuestro trabajo, pero ninguno del equipo les hacíamos caso.

Cuando nació nuestro primer hijo empezamos a poner en duda, desde un punto de vista médico, no religioso, lo que habíamos aprendido en la facultad. Cada vez veíamos más claramente que "aquello" no era un trozo de carne, sino una criatura humana. Fue un proceso duro, ya que a nadie le es fácil reconocer que se ha equivocado gravemente durante años.

De repente me vino un pensamiento: "Tengo que encontrar a Dios". Hablé con mi marido y los dos nos pusimos en contacto con un pastor luterano y empezamos a leer el Evangelio. El pastor nos dijo que teníamos que dejar de hacer abortos. Estuvimos de acuerdo. Hablamos con los otros cinco compañeros y lo dejamos. ¡Ninguno de nosotros era creyente!

Poco a poco nació en mi alma el deseo de comulgar. Los católicos adultos, que han comulgado desde pequeños, no pueden entender esto, lo mismo que las personas sin fe. Cuando este deseo se apodera de tu alma, estás dispuesta a superar lo que haga falta para conseguirlo. Te sientes como una persona en el desierto, muerta de sed, que a lo lejos ve un oasis: desde ese momento el único objetivo de tu vida es llegar allí.

Continúan viniendo mujeres a la consulta para abortar. Yo las trato con respeto pero las animo a buscar otras soluciones: no se trata de extirpar un trozo de carne, eso que late en tu vientre, es tu hijo y yo no estoy dispuesta a hacer ningún otro aborto.

En cada aborto hay una mano que interrumpe la vida. En nuestra historia ha habido una mano que nos ha salvado. ¿De quién es? Lo intuyo cada vez que recuerdo a mi abuela pasando las cuentas mientras rezaba el rosario: "Ahora rezo a la Virgen por ti…"

Lituania: Joana Pribusauskaité, filóloga

Mis padres eran buenos católicos. Por este motivo mi padre fue deportado a Siberia con mi madre y mis cinco hermanos en octubre de 1951. Los subieron a un tren de ganado lleno de otras familias. Hacía frío: por todo comida un trozo de pan y un vaso de sopa aguada al día. Tuvieron que agujerear el suelo del vagón para hacer las necesidades. Morían viejos y niños y los soldados los sacaban cada vez que paraba el tren. No sabían donde iban. Cuando cambió el paisaje adivinaron que iban hacia Siberia. En cada parada dejaban algunas personas en lugares solitarios o aldeas desconocidos. A ellos los dejaron en el norte de Kajhastán, en un lugar despoblado, a 17 grados bajo cero, sin saber dónde ir, sin comida, sin más ropa que la que llevaban. Encontraron algunas cabañas amontonadas de gente en la misma situación que ellos. Dos noches a la intemperie. Cuando encontraron un lugar para estar, murieron los dos hermanos pequeños en dos días. Sólo encontraron ayuda por parte de una médico judía comunista. Comían de las sobras de un hospital. Allí nacimos en 1953 mi hermana, y yo en 1956.

En 1957 mi padre pudo volver a Lituania. A medida que te ibas haciendo mayor si querías ser consecuente con tu fe tenías que vivir en la simulación: si entrabas en cualquier asociación oficial se te abrían las puertas, si no, el ostracismo.

Tenías que vivir tu fe a escondidas. Iba a misa tapada para que no me reconocieran y no me echaran de la universidad. A medida que pasa el tiempo me doy cuenta de cómo tuvieron que luchar para que en casa se respirara el aire fresco del cristianismo en medio de una sociedad dominada por el miedo y llena de consignas antirreligiosas.

Un día en un funeral tenía un dilema: ¿iba a comulgar o no? Todo el mundo me vería. Fui. Al día siguiente tenía la KGB detrás. Me echaron de la universidad donde trabajaba y, desde ese día, colegas y alumnos me hicieron el vacío, ni me saludaban por la calle. No los culpo: era el miedo, ya que les podía acarrear consecuencias negativas si me trataban. Sólo me quedaron dos amigos, comunistas convencidos, a los que no les importaba lo que pudiera pasar.

Me quedé sin trabajo pero experimenté una profunda alegría por haber sido fiel a mi fe. Y me sentí liberada.

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One comment

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    si te vas a comprar una plancha de pelo no te compres cosillas baratas, en el final lo pagas costoso y lo peor de todo que lo pagas con tu pelo. Yo aconsejo GHD, es una marca excelente, un tanto cara, pero el resultado no tiene comparación.

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