El Belén impostado

En la Navidad los cristianos celebramos el nacimiento en Belén de Jesús de Nazaret, Dios encarnado para salvar a los hombres de la muert…

En la Navidad los cristianos celebramos el nacimiento en Belén de Jesús de Nazaret, Dios encarnado para salvar a los hombres de la muerte y del pecado. Esto debe ser un motivo de inmensa alegría, esperanza y paz; pues Dios ha entrado en la Historia humana y con ello ha dado pleno sentido a nuestras vidas. Es esta alegría interior la que nos lleva a transmitir la Buena Nueva a todos los lugares de la Tierra.

Una manera de reflejar el gozo que experimentamos en estas fechas es a través del carácter testimonial de nuestros belenes; tradición que vemos como se agosta y marchita al resol de una sociedad decidida a recluir la religión a la esfera de lo privado como si de algo vergonzante se tratase, en la que cualquier manifestación de fe es considerada como un atentado para el ciudadano.

Dadas así las cosas, muchos ciudadanos perciben la representación pública de estas escenas del nacimiento de Nuestro Señor como una práctica rancia y anacrónica, fuera de todo lugar, que en el mejor de los casos sirve para arropar las sucesivas mareas de melancolía de un océano de soledad. Sin embargo, resulta sorprendente que la presencia del Misterio de la Navidad sea todavía numerosa en centros e instituciones de nuestro país.

No nos preguntaremos en estos momentos cuáles pueden ser las causas que llevan a tener durante unas semanas a un Niño Jesús recostado en un pesebre en establecimientos donde de manera sistemática se da la espalda al Salvador, sino que intentaremos entrever la mejor manera de afrontar esta paradójica situación y así reaccionar con presteza y sabiduría ante semejante contradicción.

Para ello, conviene siempre tener presente que el pecado además de tener como sujeto activo a la persona tiene sus consecuencias en la colectividad. La suma de pecados personales, cristalizados en situaciones estables, forma las denominadas “estructuras de pecado”. Estas “estructuras del mal” pueden estar vigentes en los comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, y hasta de naciones. Las “estructuras de pecado” oscurecen las conciencias y atan las voluntades a ciertos males [el pecado del mundo]; sólo pueden ser superadas mediante esfuerzos personales, asistidos por la gracia, muy lúcidos e intensos, pues es harto difícil para personas e instituciones obrar el bien cuando la mayoría no sólo sigue el mal, sino que llega a considerarlo como un bien (Exhortación Apostólica Reconciliatio y pænitentia y Encíclica Sollicitudo rei socialis).

En el caso particular que nos ocupa, vemos que cuando estas instituciones acogen el Portal de Belén en su seno sin acoger a Dios, el grado del “pecado social” se eleva a su máximo exponente, pues se hunde en un fariseísmo que provoca escándalo y que genera, a su vez, nuevas “estructuras de pecado”.

¿Qué puede aportar para un creyente un belén en lugares en los que se promueve el aborto, donde se blanquea dinero, donde se explota y miente a los trabajadores, donde se corrompen las autoridades y cargos directivos, donde se proceden a políticas bancarias que extorsionan y engañan a clientes y accionistas? Algunos se apresurarían a responder: nada, únicamente puede fomentar la confusión y servir de motivo de escándalo.

Esta contestación resulta hasta cierto punto comprensible, pues en esos belenes impostados, desnaturalizados con la incoherencia, se encumbra el fariseísmo, una de las causas más graves de la apostasía generalizada que aflige a la Iglesia. En todos ellos, una vez más, se vuelve a recurrir a la religión como instrumento de ganancia, de honores, de poder y de dinero o, simplemente, empleándolos como arma arrojadiza en la lucha ideológica de los partidos. La religión, como diría Gustave Thibon, queda constituida de esta manera en una especie de profesión de la que sacar tajada, una pura fachada esclerotizada que acaba por transformar la fe en una puro fingimiento.

Pero la cosa no queda ahí, pues el fenómeno, por lo sutil, resulta aún más trágico. Muchos de los que, con la mejor de las intenciones, pusieron tiempo y corazón en emplazar pastorcillos sobre caminos amorosamente trazados con serrín o bueyes y ovejas abrevando en cauces de sinuosos ríos de papel plata forman, para mayor desgracia, parte activa y fundamental de esas “estructuras de pecado” que insisten “con buena conciencia” en evitar al Señor durante el resto del año, cometiendo pecados materiales que no son formales, propiamente culpables, pues en la institución que desempeñan su actividad laboral se ha generalizado una conciencia errónea frecuentemente inevitable.

La corrupción de lo mejor, la falsificación de la Navidad, es lo peor; a pesar de ello, los católicos no nos debemos dejar vencer por el desaliento en nuestro empeño de continuar con la tradición del belén y en fortalecer nuestras más profundas creencias, pues la impostura de los seguidores de una doctrina de ninguna manera sirve para la descalificación de la misma. El Portal de Belén siempre es y será una enseñanza de humildad y entrega que nos impulsa a imitar a Cristo y a atender a sus enseñanzas con independencia del medio; actitud, que por otra parte, se nos exhorta en el Evangelio: “haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen”.

Dios sabe sacar incluso del mal un bien. La contemplación de un belén siempre arrojará la verdad de la existencia al hombre de buena voluntad. Que otros continúen, si así lo desean, traduciendo el amor de Dios en amor al dinero, alabanza al poder o sumisión a la ideología; se equivocan, pues como afirmaba el místico alemán Angelus Silesius: “Cristo puede nacer mil veces en Belén; si no nace dentro de ti, quedarás perdido para siempre”.

Los cristianos, sin rendirnos por las dificultades al “pecado del mundo”, somos la luz de esperanza en estos momentos de tinieblas. Asistidos por la gracia del Espíritu Santo debemos dar testimonio del verdadero Dios hecho hombre por nosotros durante todos los días del año; de lo contrario, no tendremos más remedio que abocarnos a un belén impostado en cada Navidad: el que nosotros pongamos.

Hazte socio

También te puede gustar