El “botellón” del fin del mundo

Parece, ahora sí, que las alarmas sociales se han disparado, porque a base de convocatorias por sms, este viernes se practica la Macroborrachera en ce…

Parece, ahora sí, que las alarmas sociales se han disparado, porque a base de convocatorias por sms, este viernes se practica la Macroborrachera en cerca de 30 ciudades españolas: La Coruña, Santiago de Compostela, Vigo, Oviedo, Zamora, Salamanca, Cáceres, Sevilla, Valladolid, Ávila, Toledo, Ciudad Real, Jaén, Granada, Almería, Murcia, Alicante, Valencia, Palma de Mallorca, Guadalajara, Segovia, Zaragoza, Vitoria, Barcelona, Valladolid, Granada, Santander.

Ahora se reconoce que la situación se ha desbordado y la ministra de Sanidad, Elena Salgado, la de las peticiones, se ha dirigido a las familias para que controlen a sus hijos menores.

Precisamente la misma que se dedica a recomendar el sexo variado en los periodos veraniegos para justificar el uso del preservativo.

¿Y como van a ejercer ese control los padres con el entorno político, cultural y legal, que la sociedad, y en particular el gobierno, promueve? ¿Cómo van a controlar a sus hijos cuando ni son consultados para que puedan utilizar la píldora abortiva, o cuando los médicos pueden autorizar el aborto sin consentimiento paterno en “adolescentes maduros”, o cuando la edad de emancipación sexual en el código penal está situada en los 14 años?

Un país que tiene horarios de ocio nocturno increíbles, donde la permisividad para la “movida en la calle” viene siendo fomentada incluso por los propios ayuntamientos, se escandaliza ahora de que el “movimiento macro borrachera” haya alcanzado una tal dimensión que le dota de inercia propia.

Este es un país donde medio millón de jóvenes entre 15 y 29 años practican el alcoholismo en la calle, lo que no es de extrañar porque un millón de adultos acude regularmente a prostituir mujeres, y somos el segundo país occidental en consumo de cocaína y grifa. Una sociedad con estos parámetros, ¿cómo va a ponerle puertas al campo?

La sociedad desvinculada rechaza los diagnósticos globales y practica el ultra cartesianismo, es decir, fracciona los problemas en elementos tan pequeñas que se pierde de vista la estrecha relación que existe entre ellos. En la sociedad de la desvinculación, el compromiso con la comunidad, aquel que exige en un momento determinado, supeditarse a una razón objetiva superior al propio deseo, desaparece.

Pero como la persona necesita del vínculo, es sustituido por otros sucedáneos de quita y pon: el hiperconsumismo, el ir de compras como automedicación psicológica, el uso de marcas para sentirse exponente de algo, el forofismo futbolístico que permite apasionarse por unos colores a plazo fijo y por poco tiempo, y las agrupaciones neotribales descomprometidas, de entre las cuales, el ocio juvenil nocturno ocupa el lugar más destacado.

El macro botellón forma parte de la nueva liturgia juvenil de la sociedad desvinculada, la que daña la salud y destroza a las personas. Mientras, doña Elena Salgado, se gana el sueldo impartiendo buenos consejos. Eso es lo que hay.

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