El burkini

Este verano, un determinado tipo de bañador, el burkini, se ha convertido en signo de contradicción y, por consiguiente, de polémica. Si en la década de los sesenta el cuerpo de Brigitte Bardot popularizó el bikini, y con él llegó la polémica sobre la desnudez pública del cuerpo de la mujer, ahora se produce exactamente lo mismo en sentido opuesto: la mujer en la playa debe mostrar, y lo contrario debe perseguirse. He leído  numerosos artículos, mayoritariamente firmados por mujeres, que proclaman la exigencia a mostrar “libres y orgullosos sus cuerpos.”  Pero no creo que este sea el eje del debate. ¿Se prohibiría que una mujer  estuviera en la playa con un vestido completo de neopreno, se bañara con una túnica blanca?, ¿van a tener las monjas algún impedimento para estar en la arena? Claro que no. El motivo de fondo no es la necia razón de los centímetros de piel expuestos como emblema de  la dignidad y libertad  femenina, una lógica que elevaría a la estríper o a la nudista en in summo dignitatis,  sino que entraña un criterio de discriminación de raíz religiosa.

Valls, primer ministro francés, lo afirmó en estos términos:” es una señal de reivindicación  de un islamismo político, cuyo objetivo es hacer retroceder la República del espacio público”. Que el burkini surge de la moralidad islámica es incuestionable, pero él, porque como dice, es politico, debería concretarlo; aunque puede entenderse lo que quiere decir. Para Valls, de confesión laicista, la presencia de un testimonio religioso en el espacio público, constituye un acto político y su presencia es contraria al estado. Es la laicidad convertida en  religión de estado, y además absolutista. Donde ella rige no hay espacio para nada más, no existe el derecho a manifestar la conciencia humana. Es una mentalidad que no ayuda a pacificar los corazones, y alimenta a los excluyentes de todos los bandos.

Pero existe otro concepto de laicidad en el propio gobierno francés. La definió con precisión la ministra de Sanidad, Marisol Tourraine. Para ella no se trata de “un rechazo a la religión: es una garantía para la libertad individual y colectiva”. El estado como garante de la manifestación pública de la conciencia, también religiosa, en una sociedad que por definición no es para nada laica, sino plural, porque en ella viven muchas formas de sentir y manifestar la interioridad humana que, precisamente, por esa condición de humanidad, es dialógica, transitiva, comunitaria y, por tanto, pública.

La prohibición de burquini es una de las tantas contradicciones de la sociedad desvinculada que el Consejo de Estado francés ha desautorizado, considerando que “una prohibición es una violación grave e ilegal de las libertades fundamentales” Pero la cuestión no ha terminado. Valls, un primer ministro dotado de una contumaz inasistencia masónica, sigue empeñado en considerarlo un atentado a la laicidad republicana. Y Sarkozy, que persigue presentarse a las elecciones presidenciales con una  agenda “roba votos”  del Frente Nacional, propugna una ley que limite los signos religiosos en diversos aspectos de la vida pública. Él, que en su primera campaña electoral que le llevó a la presidencia de la República, publicó en 2004, La República, las religiones, la esperanza, una decidida defensa de la religión, ahora sostiene una posición bien distinta.

Algunos dirán “ya está bien, porque se refiere a los musulmanes” Y cometerán un doble y grave error, sobre todo si son cristianos. Un error estratégico y también de principios. Estratégico, porque toda limitación religiosa en las sociedades occidentales se vuelve general, se aplica a todos, como ya sucede con los signos exteriores entre los funcionarios púbicos franceses. Está prohibido el pañuelo musulmán en la cabeza y la kipá, pero también la modesta cruz que adorna el cuello de una mujer.  Ningún cristiano puede aceptar esta u otra discriminación religiosa en el espacio  público. La libertad religiosa es para todos.

Se olvida con demasiada facilidad lo que escribió un de los padres fundadores de la democracia, francés y republicano, por más señas. El despotismo puede prescindir de la fe; la libertad, no. La religión es mucho más necesaria en la Republica que preconizan que en la monarquía que atacan, y en las repúblicas democráticas más que en todas las demás. “Cuando atacan a la creencias religiosas, siguen sus pasiones, y no sus intereses” (La Democracia en América, I,9)

El peligro no radica en quienes quieren vivir en coherencia con su fe, sino en quienes atentan contra la conciencia. Y de estos hay de muchos pelajes.

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