El caso de Sandel y el Premio Princesa de Asturias

Sandel

Este año el premio sobre ciencias sociales Princesa de Asturias se lo han dado a Michael Sandel, un reconocido maestro de filosofía moral, o de filosofía política que, aunque le cueste creerlo, son en buena medida lo mismo. Hasta aquí todo funciona porque el reconocimiento es absolutamente merecido. Nuestra extrañeza no surge de lo acertado del premio, sino de los motivos aducidos: “obra ejemplar sobre los fundamentos normativos de la democracia liberal” La cuestión es que la filosofía moral de Sanders no es liberal sino crítica con ella, como sucede con todos los comunitaristas, una corriente de pensamiento surgida en el último tercio del siglo XX como contrapunto, precisamente, a la ontología y aplicaciones del liberalismo. Sandel filosofa desde el comunitarismo, y por consiguiente, no fundamenta la democracia liberal, sino que la crítica por liberal, claro está, no por democrática.

El porqué los responsables del premio han empleado aquel adjetivo se nos escapa. Quizás porque consideran que todo demócrata por definición solo puede ser liberal, aunque un socialdemócrata o un conservador, tampoco lo sean. Quizás porque consideran el liberalismo como el fin de la historia, como hace años ya preconizó Fukuyama, con escaso éxito vistos los resultados. Este tipo de liberal es incapaz de asumir que solo pertenece a una tradición como tantas otras, y que su ideología no puede ser convertida en ideología de estado sin dañar la neutralidad de este. Una ideología de tradición y práctica corta en el tiempo, aunque muy importante en el reconocimiento de los derechos individuales, y perjudicial en la destrucción práctica de la comunidad, sus tradiciones y derecho consuetudinario. Su idea de un imaginario social donde cada ciudadano, con independencia de su situación, “pacta” con el Leviatán poderosísimo del estado, sin que las comunidades que dan sentido a su vida y la refuerzan, la familia, la confesión religiosa, la comunidad territorial, tengan otro papel que el residual, solo da pie a la desigualdad, porque esta es la situación de partida de los ciudadanos. Por consiguiente, quien tiene más poder “pacta” mejores condiciones con el estado.

El resultado de la democracia así entendida da lugar al crecimiento desmedido de la desigualdad, y no solo ello, también a su ocultación. ¿Se quiere mayor trampa que uno de los países más desiguales de Europa, España, instaure por segunda vez el Ministerio de la Igualdad, sin ninguna competencia y función económica? La democracia liberal – no la democracia- por sus consecuencias, da como resultado el imperio de los lobbies y el desarrollo del egoísmo como pretendida virtud, porque si cada uno procura solo para la satisfacción de sus propios deseos, el resultado será el mejor para todos. Es una evidencia fáctica que no es así, y es un razonamiento coherente el sostenerlo. La crisis de repetitividad de las instituciones, el rechazo a las elites políticas que ha generado por doquier de alternativas que en demasiadas ocasiones constituyen más un problema que una solución, porque solo surgen de la reacción a una práctica e ideas que disgustan, forman parte de la crisis de la democracia liberal.

Sandel es un demócrata, obvio, pero comunitarista y, por consiguiente, con una propuesta que a la mayoría liberal, con la excepción de los perfeccionistas como Raz, les huele a cuerno quemado.

¿Y en qué consisten las diferencias fundamentales? Muy resumidas podríamos decir que el comunitarismo es una formulación filosófica, moral y política, que en mayor o menor medida se articula con el aristotelismo y lo desarrolla en un determinado sentido: la pertenencia a una comunidad es un bien intrínseco para la persona, poseedora de un valor moral, por consiguiente, genera un deber de pertenencia y lealtad. Si es un bien, solo la participación en dicho bien resulta buena para el individuo. Y esa partencia y lealtad constituyen un marco de razón objetiva que encauza y delimita los deseos subjetivos de cada persona. No niega la libertad individual, sino que la encauza y le da una responsabilidad colectiva. No es discutible que nadie pueda realizarse como ser aislado. Siendo así, la comunidad es portadora de unos derechos que entre otras formas se expresan en la tradición y el derecho consuetudinario. En realidad, esto es lo que ya dejó establecido Aristóteles al definir al ser humano como zoon politicón, como “animal cívico”. El principio inspirador de todo el comunitarismo no está lejos, aunque no beba de ella, de otra corriente, esta europea y algo más lejana en el tiempo, el personalismo comunitario, con nombres tan decisivos como Mounier y Maritain

Es en estos dos ámbitos del pensamiento donde el cristianismo puede buscar respuestas para volver con fuerzas renovadas al espacio público, tanto en el ámbito académico, como en el decisivo de la elaboración de proyectos políticos.

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