El “caso Monago”: fidelidad más allá del gasto

Mucha polvareda han levantado en este noviembre de 2014 los viajes a Tenerife del hace unos años senador José Antonio Monago, actual pre…

Mucha polvareda han levantado en este noviembre de 2014 los viajes a Tenerife del hace unos años senador José Antonio Monago, actual presidente de la Junta de Extremadura. Era entonces presidente del PP de Extremadura, pero adónde viajaba una y otra vez era a Tenerife. Ruta curiosa y algo cara la de pasar por Santa Cruz de Tenerife para trasladarse de Madrid a Mérida. Si se parte de la lógica de que los traslados habituales del responsable de un partido político regional que a la vez tiene un cargo parlamentario en la capital del Estado deben ser desde y hacia ésta desde su territorio base, los viajes a otras zonas a cargo del erario público serán sólo esporádicos. Monago hizo muchos a las islas afortunadas.

El uso del dinero público ha sido la base de la polémica. Y está bien. Se ha evidenciado que algunos padres de la Patria –seguramente habrá otros “monagos” más o menos reincidentes- se aprovechaban de la gratuidad de que gozaban para viajar por asuntos privados. Como un primer resultado positivo de aflorar el asunto, el Partido Popular y el PSOE han acordado que los grupos parlamentarios controlarán trimestralmente los gastos de viajes de los respectivos miembros de su grupo en el intento de frenar abusos. Es un remedio parcial y de transparencia limitada, pero menos es nada.

Monago ha repetido por radios y televisiones que devolverá el dinero, que él se paga sus viajes privados, que se desplazaba por motivos de trabajo político, etc. Si las funciones de los viajes eran de trabajo de partido o institucionales no tiene porque devolver el dinero. Estarían gastados de forma legal y, más o menos, razonable.

Las argumentaciones del acusado no tienen mucha credibilidad. Sólo ha hecho falta que en los últimos días se haya envuelto en la bandera regional y diga abiertamente que quien le ataca a él “ataca a Extremadura”. Otros han utilizado argumentos similares en otras zonas.

Pero más allá del gasto público justificable o no, esta agria polémica tiene otras vertientes que han quedado orilladas. Está más que demostrado que los viajes a Tenerife no eran por mítines del PP ni negociaciones con el Cabildo Insular sino que tenían un objetivo muy determinado: una amiguita. Esto no se comenta, aunque es conocido por todos los que han hablado o escrito sobre ello. Dicen que es “un asunto privado”.

En un país anglosajón nadie lo hubiera entendido como un “asunto privado”. A los cargos públicos se les exige ejemplaridad, también en la vida personal. Y, con mucha razón. La persona no está formada por compartimentos estancos.

¿Cree alguien seriamente que uno o una que de forma habitual hace el salto a su mujer/marido será muy fiel en otros ámbitos, también en los públicos?

¿Alguien piensa que quien es un mentiroso en su vida privada será sincero en el ejercicio de funciones públicas? ¿Qué aquél/lla que va habitualmente tras su interés personal al margen de otros será un paradigma de generosidad si ocupa un cargo público?

No se trata de juzgar la conciencia, sino limitarse a aplicar el sentido común a los hechos.

Hoy nuestra sociedad no valora la fidelidad. Y menos aún la que afecta a los ámbitos familiar y sentimental. Por ello esta faceta del “caso Monago” no forma parte de las referencias de prensa. Paralelamente, la dirección del Partido Popular arropó a Monago demostrando una vez más su enorme ceguera para la ética.

Solo les recordaría las palabras de dos personajes ilustres:

Plutarco, el de Vidas paralelas, escribió que “hay maridos tan injustos que exigen de sus mujeres una fidelidad que ellos mismos violan. Se parecen a los generales que huyen cobardemente del enemigo, quienes, sin embargo, quieren que sus soldados sostengan el puesto con valor”.

Y, más definitorio aún, el escritor y poeta francés Georges Duhamel: “Nunca he engañado a mi mujer. No es ningún mérito: la amo”.

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