El contexto del relato de Hipatia y los primeros cristianos, o como Amenábar manipula la realidad (I)

El cristianismo de los primeros siglos está marcado por la persecución, que se iniciaría contra la primitiva comunidad cristiana …

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El cristianismo de los primeros siglos está marcado por la persecución, que se iniciaría contra la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén con la muerte, hacia el año 36, del primer mártir, Esteban, poco después de la crucifixión de Jesús. Estas persecuciones se prolongaron de forma intermitente hasta que el Edicto de Milán, en el año 313, estableció la tolerancia religiosa en el Imperio, permitiendo que los cristianos pudieran practicar sin miedo a la represión. En contra de lo que a veces se afirma, el emperador Constantino no otorgó el carácter de religión oficial al cristianismo, sino que se limitó a normalizar su situación en relación a las religiones paganas que tanto abundaban en el Imperio.

La vida de Hipatia transcurre, por consiguiente, pocas décadas después de aquel cese de la represión. Vive entre la segunda y la tercera generación de cristianos que conoce la normalidad. Hipatia, nacida con mayor probabilidad en el año 355, debió de convivir de joven con seguidores de Jesucristo que habían experimentado las persecuciones en Oriente y, en especial, la de Maximino en Egipto el 311.

La persecución será la tónica que acompañará a los cristianos que viven en el Imperio a lo largo de los 300 primeros años, muchas generaciones educadas bajo el estigma de ser cristianos. Una persecución cruenta, brutal en algunos casos; más atenuada, represiva, en otros, pero persecución a fin de cuentas seguida de periodos de bonanza.

Los cristianos nunca respondieron con violencia, ni tan siquiera resistencia a ultranza. El martirio personal fue asumido como la culminación de su fe, y en realidad lo fue, porque su extraordinaria expansión se fundó en el testimonio personal, en su estilo de vida y el ejemplo, donde la disponibilidad de morir por las propias convicciones tuvo un papel importante. Esta actitud certificaba más que montones de discursos la confianza en la buena nueva que anunciaban, el Evangelio. ¿Qué mejor demostración de amor de Dios Padre que proclama Jesucristo que su promesa de vida eterna y su propio cruento sacrificio, testimoniado por sus seguidores? Y ese ejemplo posee una gran fuerza. ¿Qué mejor credibilidad que ofrecerse uno mismo? Solo quien sabe que esto será tal como lo explica puede entregarse de tal modo. No se trataba de otro tipo de reacción, mucho más humana y comprensible, la de matar al otro, morir matando, causando el máximo daño al adversario, intentando vencerlo por el terror. El cristianismo inicial, pobre, poco numeroso, socialmente desvalido, podía asemejar una molestia cómoda de exterminar, porque con su tranquila aceptación de la muerte facilitaba la tarea del stablishment imperial pagano, que pretendía doblegarlo ideológicamente o exterminarlo.

Desde su mismo inicio, la moral cristiana se basa en el sacrificio personal, y su expansión tiene mucho que ver con este ejemplo y no con la violencia. El cristianismo de los primeros siglos se convirtió en hegemónico, no como fruto de ninguna acción militar o una toma violenta del poder, sino porque presentaba un estilo de vida que fue considerado mejor. El cristianismo no se expande como el Islam ni como el judaísmo, sus líderes no son grandes guerreros ni gobernantes seculares, su visión de lo mundano es muy transitoria, mucho más de la que hoy poseen. Tanto es así que la Iglesia de los fundadores y sus primeros sucesores tuvo muy pronto el riesgo de una interpretación desequilibrada, en la que el desapego por lo mundano se convertiría en puro y simple rechazo del mundo, una tentación que duraría hasta bien entrada la Edad Media. En esta idea el mundo era la encarnación del mal y dejaba de ser la obra creada por Dios de acuerdo con lo que narra el Génesis “Dios vio que todo lo que había hecho era bueno” (Ge 1, 31).

Hipatia vivió en la Alejandría de su época, donde la religión cristiana ya era la creencia social mayoritaria y una experiencia que cargaba sobre sus espaldas generaciones de persecuciones y sacrificios. El cristianismo fue sistemáticamente perseguido, denigrado, represaliado por el paganismo, y no a la inversa. Esta es la evidencia histórica concluyente. Presentar el resultado de una lucha política concreta que se produjo en la revuelta ciudad de Alejandría, foco histórico de múltiples conflictos y violencias, como el paradigma del comportamiento cristiano y pagano, como hace Almenábar, es simplemente invertir los términos de la realidad histórica. El paganismo utilizó la violencia para mantenerse en el poder, y el cristianismo se hizo hegemónico por la vía del convencimiento pacífico. Una realidad que el Edicto de Milán terminó por reconocer.

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