El cosmos que emana de un Dios que ama

Lo esencial en la existencia de Dios es que Dios es amor. Si Dios no fuera amor en sí mismo Dios no existiría. Dios vive inmerso en su p…

Lo esencial en la existencia de Dios es que Dios es amor. Si Dios no fuera amor en sí mismo Dios no existiría. Dios vive inmerso en su propio amor, su existencia plena y absoluta se desarrolla en el ámbito del amor, lo demás es consecuencia de esa realidad.

¿Por qué Dios crea? Por amor.

¿Por qué Dios piensa? Para configurar el amor, para -si se pudiera explicar de alguna manera- perfeccionar el amor.

¿Por qué ama Dios? Por amor.

Aquí en esta realidad: el origen, el destino, el camino y el medio es el mismo.

Dios es origen de sí mismo, pero Dios es amor.

Dios es destino de sí mismo, pero Dios es amor.

Dios es el camino, pero Dios es amor.

Dios es su propio fin, pero Dios es amor.

Todo en Dios es amor.

Y Dios en este eterno y continuo fluir del amor en Él: crea y empieza -es una forma de explicar- a descubrir la maravilla de su amor, empieza a descubrir la grandeza de aquello que va creando; pero esa grandeza, esa belleza esa magnitud inconmensurable le viene del mismo amor. Es la “magia” de un Ente prodigioso que siéndolo todo en Sí mismo se diversifica en millones de creaciones, distintas a Él.

De ahí la extraordinaria grandeza del cosmos; el cosmos es la gigantesca explosión del amor que se expande en materia y para ello necesita un espacio y un tiempo. Un espacio y un tiempo en el que el amor se puede hacer criatura y deje de ser sólo esencia de Dios.

Ahora bien la creación creada es fruto del amor, se “confunde” con el amor, pero no llega a ser amor, pues el amor como esencia y, atributo solo existe en Dios.

Y si Dios no hubiera creado ¿seguirá siendo igualmente amor en sí mismo? Sí, pues la plenitud del amor de Dios no está condicionada por la criatura, pues en ese caso Dios sería plenitud en cuanto que crea y no en cuanto que es. La plenitud de su amor seria su creación pero no sería en sí mismo.

Cuando Dios crea el mundo según se indica en el Génesis… Y dice Dios: “Que todo era bueno” Dios “Aprecia” la bondad en su obra. Dios está conforme con su creación ve en ella parte de sus atributos y se recrea en ella y descubre la inmensidad de su grandeza pero “metafóricamente” ve que aquello aunque emana de su infinito amor no tiene nada más que un reflejo de ese amor infinito, “descubre” y nos “aclara” que aquello que ha creado es bello pero no la belleza, es bueno pero no la bondad, es -utilizando términos humanos- fantástico pero no es plenitud, es objeto importante pero insustancial, alejado de la magnánima creatividad de un Dios omnipotente.

Y es entonces cuando nos hace ver que todo aquello: la tierra, el mar, el cielo, los animales, las plantas, el aire, el sol, el agua… Son un gran paisaje y contienen el amor en cuanto objeto creado por el amor, pero no contiene el amor en si mismo, y es entonces cuando nos hace descubrir el “ser” que es el personaje principal de este magnífico paisaje: “El hombre y la mujer” .

A ellos si los creo a Su Imagen y Semejanza. El hombre en su esencia no es el amor, pero ha recibido una “chispa importante” del amor de Dios, ha recibido el amor como Don.

Al no ser la esencia del amor el hombre nunca podrá ser igual a Dios; hay una distancia infinita, insuperable; pero puede aceptar la semejanza ¿cómo? siendo santo como Dios es Santo.

Puede aumentando el amor llegar en lo posible a las altas cumbres del amor de Dios. Ese es nuestro gran reto, esta es nuestra gran aventura: ser semejantes a Dios en el amor; de ahí la importancia de la santidad.

Cuando estamos amando estamos participando de una forma prodigiosa en la obra de la creación, estamos colaborando con el fin de la esencia de Dios.

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