El cristianismo, identidad cultural común de europeos creyentes y no creyentes

¿Qué hacen el cardenal Ratzinger y un político no creyente escribiendo juntos un libro sobre la identidad europea? Ambos comparten una idea clave: la …

¿Qué hacen el cardenal Ratzinger y un político no creyente escribiendo juntos un libro sobre la identidad europea? Ambos comparten una idea clave: la cultura cristiana, propia de los creyentes pero también de los no creyentes, es la clave para que Europa pueda dialogar sabiendo a qué se refiere cuando usa la palabra “yo”.

 

“Europa no sabe tutelar su propia identidad, no sabe defenderse”, explicó en un debate sobre Europa el co-autor del libro Marcello Pera, que es el Presidente del Senado italiano y profesor de Filosofía de la Ciencia.

 

“La tolerancia se convierte en indiferencia; Europa quiere el diálogo pero no sabe pronunciar el pronombre "yo", pretende ser sabia y anciana pero ya no reconoce los fundamentos de su presunta sabiduría…”, describió Pera en declaraciones recogidas por la Agencia Zenit (www.zenit.org ).

 

“Se da también el malestar espiritual y una crisis de identidad que surgió ya antes de la guerra y del terrorismo”, explicó el presidente del Senado. “El malestar es también social: inmigración, seguridad, multicultura entendida como agregación de mónadas, malestar intelectual, relativismo según el cual todas las culturas y las civilizaciones son equivalentes y no pueden jerarquizarse, lenguaje políticamente correcto en el que la palabra "mejor" está prohibida y sólo se aplica a corbatas, postres y no a culturas, etc.”

Entonces, ¿cuál es la solución? “Yo propondría una religión civil cristiana en la que todos podamos reconocernos en valores comunes», concluyó el político y filósofo de Toscana, que se define como “no creyente” aunque afirma que cree en los mismos valores de los cristianos. «Quizá la diferencia es que yo creo en los valores, pero no creo en una persona», expresó aludiendo a la persona de Jesucristo.

 

Un árbol necesita raíces

 

Marcello Pera estaba flanqueado por el cardenal Razinger, que con él ha escrito el libro Sin raíces. Europa, relativismo, cristianismo, islam («Senza radici. Europa, relativismo, cristianesimo, islam», en Mondadori).

Para Ratzinger la clave está en redescubrir la ley natural: “Tenemos que volver a estudiar la ley natural -quizá hace falta otro nombre, no lo sé-, pero es necesario encontrar el fundamento para individuar responsabilidades comunes entre católicos y laicos [no creyentes o que no inspiran la ética en la religión, ndr.], para fundamentar una acción que no sólo responda a la acción, sino también al deber y a la moral”.

«La Iglesia nació como una comunidad de mártires y no como una religión de Estado», recordó. «No tiene otros instrumento para guiar a la gente que la fuerza de la convicción: el mismo Dios es razón y amor, dado que creer en Dios "logos" es creer en un Dios que ha creado la razón y al mismo tiempo crea por amor».

«El catolicismo, ¿es también una fuerza del presente?», se preguntó: «Mi respuesta y la del presidente del Senado», afirmó Ratzinger citando el libro que ha firmado con Marcello Pera, es que «el árbol tiene necesidad de raíces». «La tesis es que la cultura laica, cuando se separa de las raíces, se convierte en dogmática y pierde su fuerza moral», consideró.

 «El cristianismo debe convencer con sus fuerzas morales y debe respetar ciertamente a las personas que no tienen el don de la fe», concluyó.

“No existe una esencia de Europa”

 

Si Ratzinger y Pera tienen las ideas muy claras, mucho más perplejos están los 4 sabios encargados por Romano Prodi para examinar los asuntos de la identidad europea. LA VANGUARDIA del 5 de diciembre publicaba en español una traducción de las conclusiones de este grupo de trabajo, conclusiones redactadas por:

 

-Kurt Biedenkopf, antiguo primer ministro de Sajonia (Alemania)

-Bronislaw Geremek, antiguo ministro de asuntos exteriores de Polonia

-Krzysztof Michalski, presidente del Instituto de Ciencias Humanas de Viena

-Michel Rocard, antiguo primer ministro de Francia

 

Copiamos textualmente para la reflexión algunos párrafos destacados de estas conclusiones y los agrupamos por temas:

 

La cuestión

 

¿Qué conceptos morales, qué tradiciones, qué objetivos son capaces de reunir en una estructura democrática a los habitantes diversos de la UE y así apuntalar y asegurar la Constitución Europea? Para examinar estas preguntas Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, pidió a estudiosos y políticos de varios países de la UE que reflexionaran sobre la dimensión intelectual y cultural de una UE en proceso de ampliación; en particular, que consideraran la relevancia de dicha dimensión para la cohesión de la UE ampliada y redefinida.

 

La economía no une lo suficiente

 

La integración económica no conduce por sí misma a la integración política porque los mercados son incapaces de producir una solidaridad políticamente fuerte. La solidaridad –un sentimiento auténtico de comunidad cívica- resulta vital porque la competencia que domina el mercado da lugar a poderosas fuerzas centrífugas.

 

Un orden económico eficaz y justo debe estar arraigado también en la moral, costumbres y expectativas de los seres humanos; así como en sus instituciones sociales. Así, el modo en que la zona económica europea –el mercado común- armoniza con los valores de los ciudadanos, por variados que sean, no es un simple problema académico sino un problema político fundamental.

 

Se necesitará más solidaridad entre europeos

 

Para que los países europeos crezcan juntos en el seno de una unión política viables, sus habitantes deben estar dispuestos a ejercer una solidaridad europea. Ésta debe ser más fuerte que la solidaridad universal que une (o debería unir) a todos los seres humanos y subyace a la idea de ayuda humanitaria. La solidaridad europea –la disposición a sacar la cartera y dedicar la vida a otros porque también ellos son europeos- no es algo que pueda imponerse desde arriba. Tiene que ser algo más que una solidaridad institucional. Tiene que ser sentida por los europeos en tanto que individuos.

 

 

Retos de la UE: demografía, inmigración, pobreza y paz mundial

 

La Unión también necesita capacidad política de actuación porque se enfrenta a una multitud de nuevas tareas: superar las consecuencias del envejecimiento demográfico de Europa; gestionar, política y legalmente, el deseo de las personas de todo el planeta de inmigrar hasta la Unión Europea; enfrentarse a la creciente desigualdad que es resultado directo del aumento de inmigración y de la ampliación de la UE y mantener la paz en un mundo globalizado.

 

Las viejas motivaciones de la Unión se debilitan

 

A medida que pierden eficacia las viejas fuerzas de la integración –el deseo de paz, las amenazas externas y el crecimiento económico- el papel de la cultura común de Europa –el factor espiritual de la integración- crecerá inevitablemente en importancia como fuente de unidad y cohesión.

 

No es posible definir la identidad  europea

 

El espacio europeo cultural común no puede definirse y delimitarse con nitidez. Sus fronteras están necesariamente abiertas, no por ignorancia nuestra, sino en principio, porque la cultura europea –en realidad, la propia Europa- no es un hecho. Es una tarea y un proceso.

 

La identidad es algo que debe ser negociado por sus pueblos e instituciones. […] La pregunta de la identidad europea será respondida en parte por sus leyes migratorias y en parte por los términos negociados de la adhesión de los nuevos países. Nada de eso –ni las leyes migratorias ni los términos de la adhesión- puede determinarse a priori a partir de unas definiciones fijadas y estáticas, como un catálogo de valores europeos. 

 

Si Europa no es un hecho, sino una tarea, tampoco puede haber unos límites europeos fijados para siempre, ya sean internos o externos. También las fronteras de Europa tienen que renegociarse siempre. Así que no son los límites geográficos o nacionales los que definen el espacio cultural europeo; es más bien esto último lo que define el espacio geográfico europeo, un espacio en principio abierto.

 

La pregunta sobre el contenido de los valores europeos no es una pregunta filosófica que pueda responderse a priori; ni es una mera pregunta histórica. Es una pregunta que pide decisiones políticas frente a las tareas futuras a las que debe hacer frente la UE.

 

Las religiones de Europa tienen el potencial de unir a los europeos

 

A lo largo de los últimos siglos, las sociedades democráticas europeas, aprendiendo de trágicas experiencias, han intentado apartar la religión de la esfera política por considerar, con razón, que la religión era divisora y no conciliadora. Quizá siga siendo así hoy. Sin embargo, las religiones de Europa también tienen el potencial de unir a los pueblos europeos en lugar de separarlos. Creemos que la presencia de la religión en la esfera pública no puede reducirse al papel público de las iglesias o a la relevancia societaria de opiniones explícitamente religiosas. Las religiones han sido durante largo tiempo un componente inseparable de las diversas culturas de Europa. Siguen activas bajo la superficie de las instituciones políticas y estatales, de modo que también tienen un efecto sobre la sociedad y los individuos. El resultado es una nueva riqueza de formas religiosas entrelazadas con significados culturales. Incluso en Europa, donde la modernización y la secularización parecen ir de la mano, resulta inconcebible una vida pública sin religión. Hay que apoyar y utilizar en nombre de la cohesión de la nueva Europa esa fuerza favorecedora de la comunidad presente en los credos religiosos europeos. De todos modos, no hay que hacer caso omiso de los riesgos implícitos; entre ellos, una posible invasión de la esfera pública por parte de las instituciones religiosas, así como la amenaza de que la religión pueda utilizarse para justificar conflictos étnicos.

 

El islam hay que trasplantarlo a un contexto europeo

 

El único camino posible hacia una solución de los problemas planteados por el islam en Europa consiste en comprender las consecuencias de trasplantar el islam a un contexto europeo, no en el enfrentamiento frontal entre las abstracciones de la Europa cristiana y el islam.

 

Los valores llevan a la solidaridad mundial, pero no a imponer valores a otros pueblos

 

En la medida en que Europa reconozca los valores inherentes a las reglas que constituyen su identidad, esos mismos valores harán imposible que los europeos no reconozcan el deber de solidaridad hacia los no europeos. Esta solidaridad globalmente definida impone a Europa una obligación de contribuir de acuerdo con sus capacidades a garantizar la paz mundial y luchar contra la pobreza. Sin embargo, a pesar de esta vocación mundial, no cabe justificación alguna para intentar imponer a otros pueblos, con ayuda quizá de las instituciones de una política exterior y de defensa común, cualquier catálogo específico de valores.

 

De hecho, no existe una lista de valores europeos

 

No existe una esencia de Europa, una lista fijada de valores europeos. No existe ninguna finalidad en el proceso de integración europea.

 

Al final todo se reduce a esto: debemos apoyar y utilizar nuestra herencia europea y no permitir que perezca.

 

 


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