El cristianismo y la Constitución Española de 1978: la labor de la Iglesia

El jueves 18 de abril el Cardenal Arzobispo de Barcelona, Monseñor Lluís Martínez Sistach, pronunció una conferencia en el Club Siglo XXI sobre el tem…

El jueves 18 de abril el Cardenal Arzobispo de Barcelona, Monseñor Lluís Martínez Sistach, pronunció una conferencia en el Club Siglo XXI sobre el tema “La presencia pública de la Iglesia en la sociedad de hoy”. El Arzobispo de Barcelona alertó del peligro de echar a perder y relegar al olvido el patrimonio de la transición política española y defendió la labor que la Iglesia realizó para que la Transición fuese posible. Asimismo respaldó y alentó la presencia de los católicos en la vida pública.
En mi último artículo en ForumLibertas, titulado Benedicto XVI en EEUU: la profecía de Tocqueville, tratando sobre la visita del papa a Estados Unidos, escribí:
 
“El Hecho Religioso, en este caso el Cristianismo, llena al ser humano de trascendencia, le da conciencia sobre sí mismo, sobre la realidad, sobre la vida; le da valor superior dotándole de auténticas certezas, seguridades y equilibrios. El Cristianismo llena, al mismo tiempo, al conjunto político-social: a la Comunidad. Por eso es el mayor enemigo que tiene el "Gran Estado-Sociedad", porque el Cristianismo le niega el papel de único ente racionalizador y organizador de la vida, totalizador del ser humano en todo su ser: físico, intelectual, moral, espiritual. De ahí la agria agresión que actualmente diversas "camarillas laicistas" despliegan contra disciplinas educativas como la Religión o el Hecho Religioso”.
Esta situación hoy la vivimos intensamente en Europa y, espacialmente, en España; por lo que no es casualidad que la Constitución de 1978 y el Cristianismo hace tiempo que se han convertido en foco de múltiples ataques.
Debemos recordar y hacer recordar que Cristianismo y Constitución defienden las máximas que nos sustentan como personas individuales, con principios morales y derechos naturales inalienables; y también como comunidad natural inherente en sí misma.
 
Ahí tenemos –por ejemplo- el título I de la Constitución denominado, precisamente, “De los derechos y Deberes Fundamentales”. Y sin ir muy lejos ahí está el artículo 10, que dice: “La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la Ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social”.
Debemos recordar y hacer recordar que la Constitución nos da una forma social, económica, política y cultural individual y colectiva concreta de Estado aconfesional (que no laico) impidiendo -al menos jurídicamente- el desagüe de la Trascendencia del Ser Humano y su conversión en Hombre-Masa.
 
Y aquí entra el Cristianismo -especialmente la Iglesia Católica- porque desde el Concilio Vaticano II es uno de los referentes más claros en defensa de la democracia, la libertad y de los principios recogidos en la Constitución Española.
 
Debemos recordar y hacer recordar que sobre este eje giró la intervención del Papa Pablo VI ante el Consistorio de Cardenales (junio de 1969) en el cual relacionó la situación y evolución política de España con las enseñanzas del Concilio Vaticano II: compromiso de todo cristiano y de todo católico con el pasado, con el presente y con el futuro de la nación en pos de un ordenamiento social, económico, político y cultural que tenga como eje el respeto integro de la persona.
Y los Cristianos -y los Católicos en particular- entendemos que a la “persona” como ser de unicidad intrínseca cuerpo y alma que tiene derecho a su total dignidad e integridad moral. Esto es, dignidad e integridad de todo su ser físico, psíquico y espiritual.
 
Y esto solo se puede dar en un sistema político de libertad individual, de democracia, de justicia social y de reconciliación nacida del perdón de todos, hacia todos y para todos, única forma de fundamentar la auténtica paz. Y esta es una tarea moral que a todos implica, envuelve y compromete.
 
Tarancón: la integridad moral va antes que el ordenamiento jurídico
Debemos recordar y hacer recordar que en noviembre de 1975 el Cardenal Tarancón pronunció su famosa homilía, ante el rey y la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, en la que señaló que la integridad moral de la persona es un derecho anterior a cualquier tipo de ordenación política, jurídica, económica o cultural. En 1982 tuvo lugar el primer viaje apostólico Juan Pablo II a España. En su discurso de 2 de noviembre el Papa reafirmó todos estos principios.
Hoy estos principios siguen siendo primordiales porque son principios morales superiores, a saber: que todos los seres humanos tenemos unos derechos naturales, inalienables e iguales como son el derecho a la Vida (incluido el no-nacido), a la Verdad, a la Libertad, a la Democracia, a la Justicia, a la Integridad Moral (física, psíquica y espiritual) y a la búsqueda de la Felicidad dentro de las leyes de la moral natural y religiosa y de la Democracia.
La Iglesia es el único cuerpo que insiste, prácticamente en solitario, en defender estos principios y se resiste a sucumbir ante el “nuevo dios” y sus valores de relatividad, volatilidad y frivolidad. Valores tan voceados desde medios de comunicación,  desde supuestas “instituciones filantrópicas” y educativas, y transmitidas mediante  herramientas de formación (como EpC) y de márqueting.
Recientemente el Papa Benedicto XVI definió como irrenunciables tres principios morales, que fundamentan nuestra civilización cristiana: la protección de la vida, la familia como sociedad natural basada en el matrimonio, y la libertad de educación. Sin ellos nuestra sociedad queda destruida.
No debe extrañarnos que el Arzobispo de Barcelona, Mons. Martínez Sistach, haya insistido en este asunto y que haya llamado la atención sobre el peligro de molicie y acomodamiento entre los cristianos y ha pedido -desde el club siglo XX- que salgamos a la plaza pública.
Los Cristianos -y los Católicos en particular- debemos tomar ejemplo del compromiso de vida de tantos santos a lo largo de 2000 años y denunciar al falso dios y sus tentáculos. 
 

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