‘El cuarto de las hadas’, por Madame d’Aulnoy

Madame d’Aulnoy, en realidad Baronesa d’Aulnoy (condesa para la posteridad literaria), nació en Barneville hacia 1650 y murió prematuramente en París …

Madame d’Aulnoy, en realidad Baronesa d’Aulnoy (condesa para la posteridad literaria), nació en Barneville hacia 1650 y murió prematuramente en París en 1705. Forma parte de la generación de literatas francesas de la época, las cuales se dedicaron a recopilar y rescribir, de un modo personal pero a la vez común dentro del género, los cuentos de hadas clásicos de la Europa central.
 
Otras mujeres se encargaron, en esa misma época, de la explotación del género por escrito y de forma sistemática, como Madame de Murat y Madame de La Force. Fueron pocos los hombres que se dejaron atrapar entonces por la tendencia, quizás por considerarla erróneamente superficial, infantil y femenina.
Y es que lo infantil no se acompasa necesariamente con lo diluido. Al menos, no era así antes. Leyendo este volumen de cuentos, el lector aprenderá dos cosas. La primera es que hay una crueldad inusitada en las páginas, si se leen correctamente. Es la crueldad de la vida, de la lucha por la propia imposición sobre los demás, hostiles, sobre un enemigo que lucha con malas artes y ventaja antinatural. Es la misma fuerza, al fin y al cabo, que habita en las obras de Tolkien y sus anillos.
 
La segunda es que, al contrario de lo que pueda parecer, el mundo de las hadas es absolutamente lógico y está regido por unas leyes muy estrictas. No puede suceder cualquier cosa, sino sólo lo posible según las condiciones dadas de antemano. Los nombres de los protagonistas suelen mantener una relación directa con los protagonistas mismos, postura que revela el absoluto realismo del género, dado que lo designado se designa con una palabra que muestra inequívocamente la esencia del objeto (el rey Encantador, por ejemplo).
 
La lógica entre el bien y el mal es aplastante, siendo la constante estructural del texto por más que el bien termine triunfando ineluctablemente a través de la estructura clásica de introducción, nudo y desenlace establecida por Aristóteles para las centurias posteriores.
Otra cosa es lo que el bien haga habiendo triunfado. Es una pena que estos cuentos contengan no moraleja sino una moralina que a veces resulte cargante. En algunos finales se pone absurdamente la otra mejilla y se perdona a los criminales por más dolor que hayan causado. Por fortuna, la verdad, concepto fascista para los relativistas patológicos, acaba por prevalecer siempre y los malos suelen ser castigados incluso con la muerte.
La traducción presenta algunos defectos, como femeninos inexistentes y dequeísmos. Es como si se hubiese hecho precipitadamente. Pero eso da igual. La reedición de este libro es un acierto por parte de la editorial. Primero, porque nos recuerda hasta qué punto disponemos de los cuentos infantiles clásicos escritos en aquella época, más allá de las películas melifluas y edulcoradas que se puedan ver hoy día. Segundo, porque contiene el mismo y breve prólogo absolutamente imprescindible de la primera edición.
 
Una lectura recomendable para adultos, en voz interior o en voz alta para que sus hijos se duerman, transportados a un mundo lejano que, en realidad, está a la vuelta de la esquina.

 
El cuarto de las hadas
Madame d’Aulnoy
Editorial Siruela
295 páginas

 
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