El cuidado del lenguaje. Algo más que una cuestión estética (I)

¡Qué mal hablamos! Discúlpame lector querido por comenzar así, con una queja árida y a bocajarro, pero no he querid…

¡Qué mal hablamos!

Discúlpame lector querido por comenzar así, con una queja árida y a bocajarro, pero no he querido disimular ni edulcorar la desazón que me provoca la extensión y la intensión del lenguaje soez que padecemos, auténticamente repulsivo. Porque a eso me refiero cuando digo que hablamos mal, no al hecho de usar el lenguaje con mayor o menor corrección o propiedad, aunque también esos aspectos darían para comentar largamente. Pero no va por ahí mi queja sino del uso de palabras groseras y malsonantes. Prácticamente no hay ámbito donde no prolifere la mala educación en el lenguaje. Desde las conversaciones triviales a los medios de comunicación, desde la literatura al cine (es prácticamente imposible encontrarse con una película que no esté cuajada de exabruptos), desde el lenguaje juvenil al de los líderes sociales, desde los espacios de humor a los espectáculos públicos.

No es que las expresiones burdas me escandalicen por su tosquedad ni porque sean malsonantes. No es eso -desde que guardo memoria las he oído de todos los calibres-. Lo que sí me escandaliza es su práctica normalizada, su generalización impúdica sin recato alguno, la libertad de movimientos de que gozan, la altanería con que se profieren, la habituación que han adquirido y lo que me parece aún más grave, la falta de oposición con que circulan. Que el lenguaje se pervierta ya es grave, pero que lo pervertido adquiera carta de naturaleza social es más grave todavía. No es que a alguien se le escape de vez en cuando algún venablo, es que vemos que se extiende el hablar mal y quienes lo hacen, lejos de pedir disculpas, se ufanan con su uso y su reiteración.

Arrancando de estos principios, pretendo ofrecer ahora un puñado de reflexiones sobre este hecho, mucho más grave, a mi parecer, de lo que pudiera pensarse a simple vista. Porque no es -solo ni en primer lugar- un problema de formas, no es -solo ni en primer lugar- una cuestión estética, sino algo más profundo y en mi opinión, uno de los síntomas inequívocos de descomposición moral que padecemos socialmente. Comenzaré por la dimensión fundamental: la estrechísima relación existente entre nuestro ser (personas humanas) y la palabra.

Ser y decir

Nuestro ser no es nuestro decir pero entre ser y decir existe una relación de continuidad sin cortes ni saltos. En el ser humano una cosa es lo que el hombre es y otra lo que el hombre dice. Parece bastante claro que ser y decir no son lo mismo. En el hombre no, pero en Dios sí. En Dios su Ser es su Decir. Más aún, en Dios su Ser, que es su Decir, es al mismo tiempo su Hacer, y este ser que simultáneamente es su decir y su hacer no es otra cosa que su mismo nombre, Dios es, “Yahvé”. Dios es el que es. Así se da a conocer a Moisés y así se hace nombrar por su pueblo. Por otra parte no es ninguna salida de tono decir que Dios es su palabra. En los días en que se escriben estas reflexiones (tiempo de Navidad) a los cristianos se nos invita a meditar detenidamente el prólogo del evangelio de San Juan en el cual se afirma y se reitera que “la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios” (Jn 1, 3). Esquemáticamente la idea podría quedar así:

En un segundo momento, caigamos en la cuenta de que el hombre está hecho a imagen de Dios. Pues bien, lo propio de una imagen es que refleje el original, que lo reproduzca de la mejor manera posible. Para la idea que estamos comentando, eso quiere decir que si bien nosotros no somos nuestro decir, ni nuestro hacer, ni nuestro nombre, sí estamos llamados a serlo.

Entre ser, decir y hacer, en el hombre no podemos poner el signo igual, sino su contrario, el signo desigual (≠), pero en la medida en que en nuestra vida se vayan desapareciendo diferencias entre esos tres verbos, la tachadura debe ir desdibujándose y así la imagen de Dios que somos irá descubriendo su auténtica realidad. La unidad interna de cada persona consigo misma llegará a su perfección cuando su ser, su decir y su hacer se identifiquen recíprocamente, cuando coincidan. Esa es la vocación última y definitiva de toda persona humana: ir perfeccionado su ser a lo largo de la vida de tal manera que llegada esta a su cénit, nuestro ser sea nuestra palabra, y esta a su vez la síntesis de nuestras obras, y este ser-decir-hacer equivalga a nuestro nombre. En eso consiste lo que en términos psicológicos llamamos “unidad de vida”, en ser uno consigo mismo, a imagen del original. Hacia esa unidad caminamos y tal unidad constituirá un día nuestra plenitud; y en eso consiste, dicho en términos cristianos, la vocación a la santidad, propia de cada bautizado de modo que pueda llevarse a cumplimiento el mandato del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Para esto -y no para menos- se nos llamó con un fuerte grito: "¡Ven!", de la nada a la existencia en el instante cero de nuestra vida, para eso el Señor instituyó los sacramentos, para eso fue fundada la Iglesia y para eso existe la educación. Quedarnos en menos es dejar sin responder al mandato creador y poderoso de nuestro padre, Dios. No podemos aspirar a más y no debemos aspirar a menos. No podemos conformarnos con menos porque hemos sido convocados a un encuentro eterno cara a cara con Dios Padre (Ser), Hijo (Palabra) y Espíritu Santo (Hacer) y solo podremos mantenernos en su presencia si hemos llegado a reproducir en nuestra persona su imagen amorosa, simultáneamente una y trina.

En un tercer momento resulta necesario fijarse en una de las consecuencias que para el hombre tiene el hecho de ser “homo viator”, ser en camino, ser que se va haciendo paso a paso. El hombre es un ser inacabado, en construcción, forzosamente abierto a lo que le rodea, lo cual significa, entre otras cosas, que está sometido al efecto continuo de influencias de todo tipo, las cuales van modificando su ser constantemente. La primera y más importante de esas influencias es la acción de Dios en nosotros; la segunda, y también muy importante, es la que ejercemos nosotros sobre nosotros mismos; en tercer lugar está el casi interminable abanico de influencias de nuestros semejantes. Si nos preguntamos cuál es la gran influencia de cada hombre sobre sí mismo, la respuesta no es otra que su propio hacer, y en segundo lugar su propio decir, hasta tal punto que en lo que depende de nosotros, el ser de cada uno es el resultado de sus obras y de sus palabras, en este orden, primero sus obras, después sus palabras. Aplicado este principio a la palabra, esto quiere decir que cuando una persona habla con limpieza, no solamente está revelando una interioridad limpia sino que, además, sus mismas palabras producen un aumento de limpieza en quien las pronuncia. Y al revés, cuando el lenguaje es grosero, no solo se está poniendo de manifiesto el desorden interno de la persona sino que este desorden se recrece por la grosería del lenguaje inadecuado.

Si acaso te preguntas lector por qué tiene que ser esto así, la respuesta está en la relación entre pensamiento y palabra. La palabra no es el pensamiento pero está muy cercana a él. La palabra es el acto del pensamiento y además su vehículo. Es acto en cuanto que lo actualiza, lo hace posible. El pensamiento sin palabras es nada, o si se prefiere, pura potencia, capacidad sin posibilidad de llegar a ser nada concreto, algo así como una especie de quiste intelectual inviable, sin traducción práctica. Por eso no se puede pensar sin palabras, del mismo modo que no se puede pintar sin colores. Y es además vehículo porque la palabra sirve, además, de transporte de la idea.

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