El cuidado del lenguaje. Algo más que una cuestión estética (y II)

A las palabras no se las lleva el viento No es verdad el dicho de que a las palabras se las lleva el viento. El viento se lleva las palabras solo si e…

A las palabras no se las lleva el viento

No es verdad el dicho de que a las palabras se las lleva el viento. El viento se lleva las palabras solo si están vacías, es decir, si las palabras están en contradicción con el ser o con las obras. En ese caso, aunque las sigamos llamando palabras, en realidad no son tales palabras, sino voces. La palabra no puede estar vacía porque una palabra vacía no es palabra. La voz sí puede estar vacía, pero la palabra jamás. La voz y la palabra no son lo mismo. La diferencia es bíblica y San Agustín lo explica magistralmente con las figuras de Juan el Bautista (la voz que resuena en el desierto) y Jesucristo (la Palabra). No es que la voz de Juan estuviera vacía, pero Juan no era la Palabra, sino el que abría y preparaba el camino a la Palabra.

Se podrá contestar a esto diciendo que no podemos confundir la Palabra, el Verbo de Dios, Palabra con mayúscula, con las palabras humanas, palabras con minúscula. Es cierto, y hay que andar con cuidado. La palabra humana no es la Palabra Divina, pero sí es su imagen. Si el hombre es imagen de Dios, la palabra del hombre no puede ser sino imagen de la Palabra de Dios. De aquí que si la Palabra Divina es expresión acabada y perfecta del Ser de Dios, la palabra humana es expresión del ser del hombre; no será acabada y perfecta pero está llamada a serlo. En la medida en que la palabra sea manifestación del ser, o lo que es equivalente, en la medida en que concuerde con las obras, a la palabra no se la puede llevar el viento.

El viento, por recio que sea, no tiene fuerza para llevarse las palabras, aunque sí pueda llevarse las voces. Ahí van unos cuantos ejemplos del valor de la palabra. Una sola palabra, “adelante”, dada por el jefe de un estado pone en acción a todo un ejército y desata una guerra; una sola palabra “sí, quiero” convierte a dos novios en esposos; una sola palabra, “fiat” pronunciada por la Virgen María desencadenó el mayor misterio que han visto los siglos y mudó el destino de todos los hombres sin excepción; una sola palabra, “crucificadle”, decidió la suerte de Cristo y con Él la de toda la humanidad. ¿Hacen falta más ejemplos? Si ahora me preguntas qué tiene la palabra para ser tan valiosa, la respuesta es que encierra vida. Las palabras -no las voces- no solo contienen y expresan ideas, las palabras son manifestación del ser y esa es la condición para que vengan cargadas de verdad y vida. Y en sentido contrario, la carga también puede serlo de mentira y de muerte.

Blasfemias y groserías

Dentro del lenguaje inapropiado tienen un puesto destacado las blasfemias y las groserías. Con no poca frecuencia unas y otras se disculpan por la falta de consciencia con que se profieren, bien sea porque hay ambientes que las propician, bien sea por la reiteración que acaba en costumbre. No cabe duda de que mucho de esto sí hay, pero ni el ambiente ni los hábitos incorrectos justifican el mal uso del lenguaje, ni dan carta de normalidad a expresiones que no deberían oírse.

Tanto las groserías como las blasfemias son graves pero la blasfemia lo es especialmente. Acerca de la blasfemia -insulto dirigido contra Dios, la Virgen, los santos o en general contra las cosas sagradas- solo quiero dejar constancia de su maldad intrínseca, y, por tanto, su gravedad extrema. La blasfemia es manifestación de odio hacia Dios y a lo sagrado y, por ello mismo, un acto perverso de impiedad e irreverencia. Esencialmente la blasfemia no pertenece al hombre sino al espíritu del mal, es satánica, en cuanto que tal expresión de odio solo puede nacer de las fuentes del mall. A cualquier hombre de conciencia recta, a cualquier espíritu sano, sea o no cristiano, el lenguaje blasfemo no puede producirle sino una íntima e intensa repugnancia. Reitero mi propósito de dejar consignada su iniquidad y sobre este punto, por mi parte, ni una palabra más.

Diferentes son, aunque muy graves también, las groserías, palabras malsonantes cuyo denominador común reside en que todas ellas se sitúan en el ámbito de la sexualidad humana. Los tacos y palabrotas son palabras burdas de índole sexual cuando esta es tratada desde la ordinariez y la bajeza. Se da en ellas con frecuencia una mezcla de enojo e impudicia. No es necesario hacer ver que la relación de este tipo de lenguaje con la lujuria es evidente. A este respecto hay que decir, siguiendo la tradición católica y las enseñanzas de los santos -pienso especialmente en San Juan de la Cruz- que el efecto propio la lujuria es que mancha y afea el alma. Del mismo modo que la soberbia hincha el alma y la ciega, la lujuria la ensucia. No por casualidad la educación del sentido del pudor se debe llevar a cabo específicamente, en primer lugar en el lenguaje y después en los demás campos que también le son propios: vestido, lecturas y diversiones.

La abundancia de palabras indecentes y vulgares en el lenguaje ordinario es prueba irrefutable de que no estamos dando una educación sexual sana, acorde con el magisterio de la Iglesia, o sea, con la dignidad de la persona humana. Si lleváramos a cabo una auténtica educación sexual como la sana doctrina propone, no habría ninguna dificultad para entender la sexualidad como nos viene revelada por las Sagradas Escrituras y la Iglesia Madre nos enseña: una manifestación santa y sublime del amor humano entre hombre y mujer cuyo ejercicio queda reservado a la sagrada intimidad del matrimonio. Una vez más se hace bueno el dicho latino “corruptio optimi pessima”: la corrupción de lo mejor es lo peor. No hay relaciones humanas más santas, ni más santificantes, ni más elevadas ni más sublimes que las que corresponden al ámbito de la sexualidad conyugal cuando estas discurren por los caminos establecidos por Dios Padre. Esta doctrina no es para unos cuantos elegidos sino para la totalidad de los bautizados, están llamados a vivirla todos los matrimonios cristianos y son ellos precisamente quienes deben transmitirla a niños y jóvenes en el seno de la familia. Justamente porque se trata de lo más sublime que tenemos como humanos, corremos el riesgo de transformarlo en lo más bajo, por eso hay que acercarse a la sexualidad con trato exquisito, lo cual exige un lenguaje transparente e impoluto, el único adecuado para expresar con limpidez su bondad intrínseca y su delicada belleza. De lo contrario, cuando se usa un lenguaje ordinario y soez, este don de Dios que es la sexualidad queda malherido y degradado, y por la estrechísima relación entre, ser, decir y hacer, ya se puede comprender que el daño es grave. ¿En qué consiste este daño? En mirar de manera indigna a la persona. Hablar mal, groseramente, es ponernos en camino de desacralizar a la persona, o lo que es lo mismo, de correr el riesgo de profanación del santuario que somos cada uno.

El testimonio del bien decir (bendecir)

Hablar bien hace bien. Hace poco, oí comentar a una persona de verbo limpio un testimonio que llamó la atención de los presentes. Hacía notar que en varias ocasiones había tenido conversaciones con interlocutores malhablados, los cuales, según iba avanzando el encuentro, habían ido cambiando sus modos de expresión, pasando de emplear abundantes palabras groseras al inicio, a evitarlas y no decir ninguna al final de la charla con esas personas. Basta con hablar bien, decía, para que los otros -al menos algunos- se esfuercen en hacer lo mismo. Esto no pasa de ser un testimonio puntual pero es suficientemente ilustrativo de que el bien hablar no es solo una cuestión estética ni de formas; al contrario, contribuye a limpiar las relaciones y tiene eficacia inmediata muy valiosa.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que hablar bien es una preciosa tarea de educación y de apostolado. Con muchísima frecuencia en los ambientes católicos nos preguntamos qué debemos hacer para dar a conocer la riqueza y las bondades de la fe católica (eso pertenece a la tarea de evangelizar) a quienes desconocen o malconocen los contenidos de la misma. Quien quiera ponerse al día, tiene abundante doctrina, antigua y reciente, sobre la evangelización. No es cosa de entrar ahora en ello. Lo que sí me parece oportuno, en relación a lo que venimos tratando, es señalar que la primera vía de acercamiento a las personas acontece a través del lenguaje. El lenguaje no lo es todo ni es tampoco lo decisivo, pero sí es muy relevante. Lo verdaderamente importante son nuestras obras, que son las que confirman o desmienten nuestras palabras; ahora bien, solo pueden confirmar o desmentir a las palabras si antes hay palabras. Sin palabras no hay nada que confirmar ni desmentir. La primera evangelización se produjo con la predicación de los apóstoles y sus colaboradores, y las siguientes oleadas que ha ido habiendo, también. Luego han venido los testimonios, acompañados con mucha frecuencia de entrega de la vida, como se ve en la vida de todos los mártires pero lo primero ha sido la palabra (“la fe entra por el oído”, dice San Pablo en Rom 10, 17). Pues bien, eso que ocurrió hace dos mil años y luego en sucesivos momentos de la Historia, eso mismo sigue teniendo plena vigencia. Hemos de hablar y hablar bien. Hablar bien es bien decir y eso es, en definitiva, lo mismo que bendecir. Cuando hablamos bien, sea directa o indirectamente, estamos bendiciendo. Esa y no otra es la gran tarea que se nos encomienda -como hombres y como cristianos- a través de la palabra: bendecir, decir bien.

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