El declive de la democracia postmoderna

Uno de los rasgos más característicos de las sociedades postmodernas es la debilidad de sus democracias participativas. El paso de la Mo…

Uno de los rasgos más característicos de las sociedades postmodernas es la debilidad de sus democracias participativas. El paso de la Modernidad a la Postmodernidad lleva asociado la transformación de la razón crítica en razón cínica y la banalización como forma de vida. El cinismo como estilo de vida se impone y también la tendencia a banalizar todos los asuntos de la vida pública, desde los dramas humanos, hasta el hecho religioso.

Los grandes analistas políticos han puesto de relieve, en varias ocasiones, el descrédito de la democracia representativa en Europa y sus múltiples debilidades. Este declive no sólo se observa en los países de mayor tradición democrática, sino también en los que se han incorporado, hace relativamente poco, al sistema de la democracia representativa. El entusiasmo inicial ha degenerado en escepticismo e indiferencia. Este fenómeno es muy preocupante, pues, podría conducir a una crisis de legitimidad del sistema y a la justificación de modelos de organización política y social alternativos que, desde todos los puntos vista, representarían un grave retroceso moral, social y político.

En nuestro tiempo vigente, la democracia participativa queda escondida y enmascarada tras una democracia mediática en la que los falsos debates -como los denominaba Pierre Bourdieu- el pensamiento basura (fast thinking) y la crónica de escándalos y sucesos sustituyen al modelo de Opinión Pública ilustrada tan defendida como control sobre las estructuras de poder por Montesquieu.

La cultura de los simulacros, usando la terminología de Jean Baudrillard, se impone a la reflexión y al pensamiento documentado. Cuando se introducen matices a lo políticamente correcto o se discute la opinión asentada comúnmente por los medios de comunicación de masas, uno es tachado rápidamente de elitista. He aquí una estrategia en la que se falsifican los criterios racionales mediante la repetición publicitaria y propagandística de eslóganes y que convierte todas las esferas la existencia en objetos de compra y venta.

En esta estrategia de la confusión, la política en las democracias competitivas es objeto de las ansias de negocio de las empresas publicitarias. De este modo, el político se construye como si se tratara de un cantante de éxito o de un actor cinematográfico, y su programa de gobierno se fabrica con frases manidas, falsas dramatizaciones en mítines masivos o proclamas y arengas que recuerdan el análisis que Platón dedicó a los astutos oradores sofísticos en su tan actual y aclarador diálogo El político.

La democracia postmoderna es consecuencia de la apoteosis de la disolución de lo político, lo cultural y lo social. En esta apoteosis se deifican con entusiasmo las causas de la desorganización colectiva. Las tensiones y la desorientación colectiva son el objeto de los telefilmes televisivos y de los programas de entretenimiento. La inseguridad y la indefensión del ciudadano se dramatiza en una y mil películas oscarizadas conjuntamente con unas relaciones interpersonales sometidas a un sadomasoquismo de consumo de masas. La vida privada, en suma, desplaza la actividad pública con una exacerbación de lo instintivo, la moda y el sexo, confirmando la frase de Michel Foucault que constataba cómo la sexualidad en cuanto consumo dirigido, había suplantado el ámbito de la conciencia y de los sentimientos.

La democracia postmoderna ya no es sólo una democracia débil, sino que se observa en ella una forma de neutralización férrea de las instituciones representativas. Los acuerdos corporativos y las estrategias políticas centradas en arreglos organizacionales desplazan la legitimidad democrática hacia el grave problema de la legitimidad del Estado. De esta forma, la distribución desigual de los efectos de la crisis económica internacional se dirige a quienes han quedado desenganchados de las mercancías de consumo.

No sólo en el Tercer Mundo devastado, también en el Primer y Segundo Mundos las desigualdades indican que el culto al hedonismo es un producto de minorías cada vez más atrincheradas en sus estrategias de indiferencia hacia la realidad histórica. Esta indiferencia crece con lo que Fukuyama llama “la desdramatización neoliberal del espectáculo” de la pobreza, la ignorancia y la indefensión operada, en gran parte, por los medios de comunicación de masas.

Se hace imprescindible, en consecuencia, un retorno y una reelaboración de los temas centrales del pensamiento crítico, partiendo de una evidencia fundamental. Sin el análisis racional que aclare los dilemas del presente, no es posible la edificación de una democracia real, legítima y justa. Esta firme convicción tiene que sustentar, y seguir fortaleciendo, el significado y los principios clásicos que fundamentan y establecen los permanentes ideales democráticos, con el fin de alcanzar una sociedad pacífica, solidaria y cooperativa que, a través de la participación, el conocimiento y la educación restituya la consciencia democrática tanto en el plano individual como en el colectivo.

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