El déficit corriente español, sin frenos: ¿Un camino sin retorno?

“Desde 1998, el saldo de la balanza por cuenta corriente española ha experimentado un deterioro constante y ha alcanzado un máximo histórico del 7,6 p…

“Desde 1998, el saldo de la balanza por cuenta corriente española ha experimentado un deterioro constante y ha alcanzado un máximo histórico del 7,6 por ciento del producto interior bruto (PIB) en 2005”, dice el Informe Mensual de septiembre de 2006 del Servei d’Estudis de ‘La Caixa’. Además, las previsiones de la Comisión Europea para 2006 apuntan a un porcentaje todavía más elevado.

 

El detonante de esta tendencia fue el ingreso de España en la Unión Económica y Monetaria (UEM) y la situación ha ido empeorando con el paso de los años. Al mismo, se deterioraba también la posición de inversión internacional neta de la economía española, o sea, “la diferencia entre los activos extranjeros netos en manos españolas y los activos españoles netos en manos extranjeras”. De hecho, el año pasado “la posición deudora de España pasó a ser del 47 por ciento del PIB, dice el estudio.

 

Pero, ¿qué significa tener un déficit por cuenta corriente? El saldo por cuenta corriente es la mediana amplia de lo que el país comercia con el resto del mundo. Si es negativo, el saldo de la balanza nos indica que compramos, o sea importamos, más de lo que vendemos (exportamos) al exterior.

 

Más gasto que ahorro

 

El saldo por cuenta corriente también puede interpretarse, desde otra perspectiva, como la diferencia entre el ahorro y la inversión nacional. Es decir, el déficit nos indicaría en este caso que “invertimos más de lo que ahorramos”.

 

Según los datos publicados por ‘La Caixa’, desde el 1997 hasta el 2005 “el ahorro se ha mantenido estable alrededor del 22 por ciento del PIB, mientras que la inversión se ha acelerado y ha pasado del 23 por ciento del PIB a superar el 29 por ciento”, señala el informe.

 

Con el ingreso de España en la UEM, con una inflación más controlada y la eliminación del riesgo asociado a los tipos de cambio, los tipos de interés españoles bajaron del 9 por ciento de 1996 hasta el 4,25 por ciento de 1999; y, en el mismo periodo de tiempo, el tipo de interés real bajó del 2 a casi el 0 por ciento.

 

Si a todo esto le añadimos “una mayor afluencia de capital internacional como consecuencia de las menores barreras al capital dentro de la UEM y una revisión al alza de las expectativas de crecimiento y rentabilidad de la inversión en España”, como constata el estudio, se crea un entorno propicio para un incremento del déficit por cuenta corriente.

 

Al disponer de unos mayores recursos para obtener créditos a un coste menor, se generó también “un aumento del consumo (y un menor ahorro), mientras que la mayor rentabilidad esperada y el menor coste de financiación condujeron a una mayor inversión interna”, dice el informe del Servei d’Estudis.

 

Cabe resaltar que España ha crecido una media del 3,5 por ciento anual desde 2002, mientras que la Europa de los 15 se ha mantenido alrededor del 2 por ciento.

 

Los factores determinantes

 

A pesar de ello, “hay señales que hacen pensar que este mayor crecimiento es debido a factores de más dinamismo de la demanda interna y no a una oferta más productiva”, indica el estudio de la entidad bancaria.

 

Por una parte, “la productividad española se ha desacelerado en España desde mediados de los ochenta”, provocando una más que considerable pérdida de competitividad frente a los países desarrollados, tal como destacábamos en una anterior información el pasado 29 de septiembre. Por otra parte, “el diferencial de inflación en relación con la Unión Europea ha aumentado de manera notable desde 1997”, dice el informe de ‘La Caixa’.

 

Es en esta triple combinación, baja productividad, pérdida de competitividad y aumento del diferencial de inflación con la zona euro, donde residen los factores determinantes del déficit por cuenta corriente español.

 

Prosperidad, pero condicionada

 

El crecimiento económico español se mantiene, en buena medida, por una mayor demanda interna y, de hecho, los principales factores de este dinamismo son dos: “la mayor disponibilidad de capital a bajo costo y el factor migratorio”, como señala ‘La Caixa’. Hay que resaltar que el 31 de diciembre de 1996 el número de extranjeros considerados residentes económicos era de 257.037, mientras que los últimos datos apuntan a 3,88 millones de extranjeros empadronados.

 

En este sentido, el déficit por cuenta corriente se podría ver incluso como un signo de prosperidad. Disponer de capital a bajo costo podría permitir inversiones que permitieran devolver el dinero prestado. “Desde esta perspectiva, el déficit no sería más que el resultado de una asignación óptima de recursos futuros hacia el consumo presente que ya incorporaría la obligación de devolver los fondos prestados, garantizando así la solvencia”, sugiere el estudio de la entidad financiera. En este sentido, lo que preocupa del déficit es si el crédito que comporta es utilizado de forma que garantice esa futura solvencia.

 

El peligro real

 

Cuando un país se endeuda con el resto del mundo, algo que provoca el déficit por cuenta corriente, este endeudamiento comporta la obligación de una devolución futura, lo que equivale a generar superávit por cuenta corriente para saldar la deuda.

 

Si el crédito externo se utiliza para mejorar el capital productivo y recuperar la competitividad externa, algo que, de momento, no sucede en España, las posibilidades de ajustar la balanza por cuenta corriente y saldar la deuda son más tangibles. Pero, si la mayor disponibilidad de capital es destinada a financiar créditos al consumo, las posibilidades de fracaso están casi garantizadas. Aquí radica el principal peligro que amenaza a la economía española.

 

Si, por ejemplo, los inversores extranjeros decidieran interrumpir los créditos, la demanda española de capital exterior se debería de ajustar de forma repentina a la disminución de la oferta de créditos, lo que implicaría una menor inversión y consumo internos. Y crecerían las primas de los préstamos, que también incidirían en una menor inversión y consumo en España.

 

Si a este hecho se le añade un más que posible incremento de los tipos de interés por parte del BCE para mitigar presiones inflacionistas, y la continua pérdida de competitividad externa, con el consiguiente freno de la demanda del exterior hacia nuestros productos, la situación de la economía española empeoraría ostensiblemente.

 

Así las cosas, las empresas se deberían adaptar a la menor demanda manteniendo los empleos, pero bajando los salarios, o manteniendo los salarios, pero reduciendo las plantillas. En cualquier caso, unas perspectivas nada halagüeñas.

 

 

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