El deterioro de la democracia española

La democracia sólo puede ser digna de este nombre en un estado de derecho, pero a su vez la calidad de estos derechos para los ciudadanos, sus …

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La democracia sólo puede ser digna de este nombre en un estado de derecho, pero a su vez la calidad de estos derechos para los ciudadanos, sus comunidades y asociaciones, dependerá de cuan veraz resulte el sistema democrático. Si lo reducimos a celebraciones cuatrienales de elecciones y la existencia de un parlamento elegidose pervertirá y degradará, y ello es así porque la democraciase basa en unos supuestos muy delicados, cuantitativos, pero también cualitativos.

El primero de ellos es que votamos para que los elegidos nos representen. En la medida que esta representación exista -¡atención!– a lo largo del mandato, la democracia será más o menos veraz. Los electores deben saber quién es su diputado, y éste saber que su elección depende de la voluntad de los votantes de su circunscripción electoral, y no de otras voluntades. En España esta condición no se cumple.

Un segundo supuesto básico es que el Parlamento así elegido expresa la voluntad popular en todas y cada una de las leyes que se aprueban. Preservar este principio exige un esfuerzo de relación y debate que no existe, porque los partidos, incluidos los ganadores y con la excepción de resultados electorales apabullantes, solo representan una fracción del electorado. De ahí quelegislar sea una tarea de delicadeza y de finura intelectual y moral. Algo muy alejado de la perversión jacobina de aprobar todo tipo de leyes aunque sea por un voto de margen.

Ciertamente existen legislacionesque por sus característicaspueden acordarse legítimamente en aquellos términos, pero no es el caso de aquellas que introducen cambios radicales en cuestiones fundamentales: las que afectan a los principios que ordenan la convivencia, las instituciones sociales cuya naturaleza y existencia no depende del Estado, como el matrimonio, la paternidad y filiación, la enseñanza, el trabajo (y por ello la empresa), el hecho religioso. También, las grandes decisiones que condicionan el futuro del país. Legislar de esta manera tiene otra ventaja: El Congreso producirá menos leyes y mejores, evitando la descomunal inflación legislativa. Pocas y buenas, legibles e inteligibles, acompañadas de buenas memorias de aplicación y previsión económica. En fin, nada de lo que hoy se hace.

Abordar temas de esta naturaleza exige un método que garantice la práctica democrática y evite el jacobinismo y la dictadura de la mayoría. Tres son sus fundamentos: (1) El consenso parlamentario. (2) El respeto al derecho consuetudinario. Nuestros legisladores –véase por ejemplo la edad legal de emancipación sexual a los 13 años- confunden por decirlo con amabilidad la costumbre con las prácticas de ‘moda’ de algunos prescriptores sociales. Conocer mejor la legislación consuetudinaria evitaría leyes moralmente malas. (3) La tradición. Charles Taylor afirma que no se dispone de la plenitud de significado con los recursos de una sola época. Esta es una razón básica para valorar la tradición, porque ella perfecciona el resultado de la ley al aportar mas elementos de discernimiento. Tradición es situarse en el propio contexto de civilización. Finalmente, y como complemento, el derecho comparado de nuestro entorno, es decir Occidente y específicamente Europa.

Bajo los supuestos expuestos, en España se han aprobado leyes que son tautológicamente legales pero perfectamente ilegitimas, como los cambios introducidos para hacer posible el llamado matrimonio homosexual. Una norma de este tipo no puede hacerse con un margen pírrico de votos en el Congreso, recibir el veto del Senado, ser desautorizada por todos los órganos consultivos del Estado, generar una profunda división social, y apartarse de nuestro entorno de civilización para convertirnos en una singularidad. Haymás leyes en este sentido que constituyen la manifestación del deterioro democrático.

14 años de bonanza económica para una sociedad basada en el consumismo y estimulada políticamente a pensar sólo en el “que hay de lo mío” han camuflado el desastre creciente de la democracia en España. Pero la fiesta ha terminado, y ha empezado la hora de pasar cuentas y pagarlas.

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