El día del Urogallo Guay

El famoso y aguerrido escritor Artérez Puro-Revuelta dijo en una ocasión que las tres profesiones más perras del mundo son la de prostituta, la de per…

El famoso y aguerrido escritor Artérez Puro-Revuelta dijo en una ocasión que las tres profesiones más perras del mundo son la de prostituta, la de periodista y la de policía.

El hombre a cuadros ya había ejercido dos de tres (que cada cual tache la que crea que sobra por improbable) y a estas alturas del guión no le sorprendió el desánimo cenizo que exhalaba un antiguo amigo en una reciente conversación telefónica.

Lo perruno se arrastra y ya se conocía la copla. Ese amigo suyo, y ahora compañero de profesión, se apenaba con voz ronca y pausada de cómo día a día y a través del trabajo, descubría a un mundo que transpira maldad y supura deterioro y mala leche por sus viejas heridas. Que cómo está el patio. Que esto antes no pasaba. Que qué asco de todo. Que a dónde vamos a ir parar…

El ritual del intercambio quejoso transcurrió según el manual. Pero a pesar de no existir ninguna originalidad en los lamentos, persistió un eco de ese desánimo que acompañó al hombre a cuadros después de la conversación. Una especie de ruido de fondo desmoralizante y de frecuencia muy baja, parecía que, de repente, no le dejaba observar los sucesos con nitidez.

Todo era como apreciado por el visor de una mala cámara. Toda la perspectiva anterior, ahora se tambaleaba y desenfocaba. Y por debajo y desde dentro, se disparó en su percepción más profunda un siseo de pena y afligimiento constante. Un ahogo espeso y ronroneante. Un levísimo ruido de tristeza.

De la estúpida pantalla un estúpido personaje con acento dulzón y entonación afectada cacareaba felicidad porque en Madrid se festejaba el día del Urogallo Guay.

El colmo de la libertad y buen rollo tolerante.

Carrozas de música sintetizada, posturitas, marabú y frikis en aceite para festejar que: el Urogallo es Guay. El hombre a cuadros se tambaleó ante semejante festival de absurdidad estrepitosa. Y el zumbido roncó algo más.

Un viento tonto abrió la ventana y encastó una hoja de diario en la cara del hombre a cuadros. El titular le dio de morros: España era una potencia del mundo mundial en pegar tiros. Por delante de los USA, nada más ni nada menos, oyes.

Pero Charlton Heston podría seguir durmiendo tranquilo, siguió leyendo. España encabezaba el ranquing mundial de pegarse tiros pero no de Winchester precisamente, sino de empolvarse las narices con la coca más cool. El hombre a cuadros se mareaba. Y el bisbiseo de amargura se intensificaba notablemente.

En medio de la zozobra pensó en sus hijas. Iban a crecer en medio de un mundo desquiciado, donde educarlas sería como luchar contra los molinos de viento de un mundo vuelto del revés y puesto de coca. Más ruido.

Un futuro plan de educación llamado Adiestramiento para la Corrección Civíca podría imponer una cultura donde sentirse urogallo y guay fuese la referencia de la libertad y el respeto.

El estado secuestraba así la educación de lo que más quería. En ese plan de corrección educativa no había nada más elevado a lo que echar mano para explicar la sed de trascendencia de la persona. Dios no era una opción menos narcótica que la farlopa del ranquing. En el mejor de los casos, políticamente respetable, pero irreal y no menos lisérgica. Pero festejar estridentemente el día del Urogallo Guay, era un acto cultural de naturalidad real, cívica y ordenada.

En esa sociedad de estúpidos alelados, ya había parroquias donde a Dios se le colocaba en el banquillo de los suplentes, y los jugadores más grotescos se otorgaban la titularidad para subirse al podium de lo más sagrado y celebrarlo con rosquillas.

Y el ruido se hizo ensordecedor.

El hombre a cuadros cayó de rodillas cerrando fuertemente los ojos y tapándose los oídos, desesperado por una tristeza que le perforaba los tímpanos.

El muchacho de gafas de pasta se partía la cara, un día sí y el otro también, con los más sucios y pillaos por la desdicha en el barrio del Raval de Barcelona.

Repartía bocadillos y codazos de esperanza, en nombre de aquel Cristo que no hacía tanto había descubierto.

Mirando a los ojos de los parias de ese mundo, echaba cables de dignidad entre montañas de mierda anónima. Y ahora con risas y luego miserias, esas mismas personas a las que intentaba rescatar, le enseñaban con el desparpajo que sólo los pillaos tienen, como ser realmente salvado. Para seguir viniendo otro día más. Y otro. Y se levantó una suave brisa que hizo abrir los ojos al hombre a cuadros.

A la misma hora, el hombre ranqueante se ceñía grebas, ajustaba coraza y cargaba su pesado hoplón. Y colocándose lentamente el frío y agobiante yelmo, sus ojos se clavaban en la puerta de aquel colegio de barrio bien. Y se repetía una vez más que ese día era el último. Que educar era un milagro demasiado misterioso, y pese a las victorias vividas, algunas derrotas se traginaban más pesadamente que su viejo y muescado escudo. Pero el hombre ranqueante entendía a la perfección como el más convencido espartano, lo que era dar la vida por educar. Y que su General no perdía batallas.

Sin creerse ni un momento su desánimo, notó como el hombro endurecido de su amigo rudo se pegaba a él por su flanco izquierdo.Y miró al cielo.

Venido de cientos de batallas por la educación , el hombre rudo estaba curtido por miles de heridas infligidas por zigzagueantes e interminables pasillos de incompetencia y pedagogía estúpida y superlativa. Ahora se colocaba pegado al lado de su amigo, el hombre ranqueante, para una nueva contienda. Entre soplidos de fatiga, se preparaba otro curso. Un nuevo anhelo.

Y así cerraban una primera línea de una falange compacta y eficaz. El uno por el otro. Hoy volverían a batirse el cobre por acogerlos con el corazón y el alma educando a una generación que se perdía y ahogaba en la desesperanza y el desconsuelo. Debajo de su feroz yelmo querían a esos muchachos con pasión.

El hombre a cuadros tomó una bocanada de aire.

Al padre de familia de cinco hijos le traía al fresco fresquísimo que la comunidad de vecinos colindante se escandalizara de la algazara bulliciosa que forman las familias felices como la suya. Y mientras lo hacía fregando los platos, mentalmente gestionaba los pormenores de una tercera expedición científica al otro lado del planeta.

La madre sonriente y valiente encajaba en la oficina las inteligentes disquisiciones del tipo “¡Niña! ¿Otro? “, con respuestas del tipo “ Sí. Otro. Nos preocupa tu pensión.”

Mientras, el resto de compañeras le miraban dudando entre aplaudirle o hacerle la ola.
Hay portaaviones con menos capacidad de arrastre y atardeceres de otoño con menos poesía.

Y el hombre a cuadros al fin se puso en pie. Avergonzado y con el alma entumecida.Y entendió qué terrible trampa es la tristeza que se alimenta del ruido del mundo. Mientras el bien transita tan cerca y de puntillas, con pasos de gigante.

Recordando a sus amigos el hombre a cuadros empezó a caminar. Con el apacible silencio de la más clara y absoluta esperanza.

“…y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” (Rm 5,5)

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