El error europeo en Ucrania: Rusia no es nuestro enemigo

La situación en Ucrania lógicamente mueve a preocupación, o al menos debería hacerlo, a todo aquel que posea la condici&oa…

La situación en Ucrania lógicamente mueve a preocupación, o al menos debería hacerlo, a todo aquel que posea la condición real de ciudadano, de miembro responsable de nuestra comunidad política. La razón no es otra que, a causa de una serie de errores que en buena medida caen del lado de la Unión Europea, nos encontramos en una situación que puede degenerar en un conflicto de tipo balcánico -y ante el cual, recordémoslo, la UE se mostró impotente– a una escala todavía superior; sería un desastre para los ucranianos, pero también para Rusia y los europeos.

Bruselas se equivocó y mucho cuando entendió la negociación con el gobierno ucraniano, del oligarca ahora depuesto por la fuerza, como un todo o nada. Y rechazó una negociación a tres bandas con Rusia. Se volvió a equivocar cuando concedió un apoyo indiscriminado a la oposición, sin atender a la fuerza en la calle de los pequeños grupos de extrema derecha, minoritarios pero luchadores y bien organizados. Y cometió el error mayúsculo de que, habiendo alcanzado un acuerdo definitivo que el Gobierno aceptó lisa y llanamente, acto seguido se produjera una toma del poder por la fuerza contra el Gobierno legalmente constituido. Al hacerlo procuraban dos males: perdían toda legitimidad ante la parte no pequeña de la Ucrania pro rusa, con Crimea a la cabeza; y daban entrada en el Gobierno a los grupos radicales, uno de cuyos representantes es, nada más y nada menos, que el actual ministro de defensa.

El Gobierno depuesto era un grupo corrupto que utilizó una fuerza desmesurada contra la oposición, pero era un gobierno electo. Hace unos pocos años, por actuar de una forma semejante la oposición y el Parlamento de Guatemala, pero con más motivos y mejores métodos formales, el país entero fue condenado al ostracismo por Estados Unidos y Europa, los mismos que ahora han apoyado la toma del poder en Ucrania. Este país depende demasiado de Rusia, de su gas, de las exportaciones, del crédito para una economía en bancarrota, para vivir contra Moscú, y necesita de la UE para modernizar sus estructuras y democratizarlas. De ahí que la solución sea un acuerdo con Rusia que respete los derechos de los ucranianos, que permita al país recuperar la unidad alterada y recuperar la convivencia y la economía.

Desde la desmembración de la URSS, Estados Unidos y su aparato en Europa, la OTAN, han trabajado soterradamente y han financiado grupos y medios de comunicación para favorecer la integración de Ucrania a la Alianza Atlántica. ¿Por qué si la “Guerra Fría” ya no existe? La subsecretaria de Estado del Gobierno Obama reconoce haber aportado 5.000 millones de euros a la “sociedad civil” ucraniana, y eso en un país donde el salario medio es de 200 dólares es mucho dinero. Y esa es solo la parte visible del Iceberg, porque después viene toda la dimensión encubierta. Pero, Rusia no es nuestra enemiga sino nuestro aliado natural y necesario, a condición de que no seamos una vez más eurocéntricos, que pensemos y juzguemos a otros países solo de acuerdo con nuestra visión sin tener en cuenta la suya, y sobre todo sin ser arbitrarios en los juicios (si la oposición guatemalteca lo hizo mal -que pensamos que no- la ucraniana lo ha hecho peor, y creemos que así es).

Europa no puede seguir a Obama y sus grupos de presión en la práctica de meter el dedo en el ojo a Putin, como por citar el último ejemplo viene haciendo al elevar a la categoría de conflicto internacional la legislación rusa que impide la propaganda homosexual entre los niños, un acto que no puede desligarse de su dramática conciencia de vivir un proceso de extinción demográfica. Rusia es un gran socio para Europa, dependemos de su gas y puede ser el gran aliado que proclamaba De Gaulle en su Europa del Atlántico a los Urales, y eso significa cambiar el chip. La UE se construyó a base de superar el enfrentamiento histórico franco-alemán, ahora el gran destino es que superemos la desconfianza mutua entre dos grandes culturas, que tienen mucho más factores de unión que de conflicto.

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