El escándalo de Barcelona

Es portada en la mayoría de los periódicos. El Gobierno ha suspendido la reunión sobre vivienda que debían celebrar en Barcelona los ministros europeo…

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Es portada en la mayoría de los periódicos. El Gobierno ha suspendido la reunión sobre vivienda que debían celebrar en Barcelona los ministros europeos responsables de este ámbito. La razón es un no concretado temor a posibles incidentes públicos promovidos por no se sabe bien quien, los okupas, los que no tienen vivienda, unos señores que pasaban por allí…

El ministro Rubalcaba aún tiene pendiente la explicación de cual es la causa específica y concreta que motiva la suspensión de un acto internacional de este rango, justificada por la inseguridad que ofrece Barcelona. Porque es indudable que el daño que se ha cometido con esta situación es extraordinario, afecta obviamente a la ciudad, por extensión a Cataluña, pero también daña la imagen exterior de España porque se convierte en un país que es incapaz de llevar a cabo una reunión de ¡ministros de la vivienda!

Ahora no se trata de ninguna peligrosa confabulación del islamismo radical que amenaza con dinamitar el monumento a Colon, sino de un potencial riesgo de que unos miles de personas se manifiesten contra dicho acto, como si nuestro país no viviera a cientos este tipo de incidentes.

El precedente es terrible porque demuestra que el papel de las fuerzas de seguridad no radica en su capacidad de proteger el funcionamiento del gobierno y la sociedad, sino de prohibir actos, es decir se favorece así una pedagogía de la violencia. La teoría hecha pública por Rubalcaba de que en “materia de seguridad más vale curarse en salud” ha sido aplicada de una manera tan deforme que o bien este señor es un inepto o un irresponsable.

Dos condiciones que ciertamente impiden el ejercicio de una responsabilidad tan importante como la del Ministerio del Interior. La imagen de debilidad que se da, la incapacidad que se manifiesta para cumplir con el orden público, la lectura que desde el exterior tiene las condiciones de vida de Barcelona, una ciudad donde el turismo tiene ya un peso extraordinario, son tremendas.

El Gobierno central ha dejado a la Generalitat colgada de la brocha después de retirarle la escalera, y a la Consejera Tura en una situación absolutamente ridícula, porque el mensaje puro y duro que lanza Rubalcaba es que los Mossos de Escuadra, responsables del orden público en Barcelona, son incapaces de proteger una reunión de este nivel que, obviamente, ni por su importancia ni por su temática es de las de riesgo.

¿Se imagina alguien que el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea, o cualquier otro organismo de este nivel, pueda pensar en Barcelona como sede de un evento si ni tan siquiera se puede hablar de viviendas? Ahí radica, además, una manifestación rotunda de debilidad del Gobierno catalán. Si la responsabilidad del orden público es suya no podía asumir la decisión que Madrid ha tomado. Al hacerlo ha quedado convertido en un don nadie.

El desconocido nuevo alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, es para el Gobierno español una realidad virtual, su opinión no ha sido tenida en cuenta, ni tan solo queda claro que haya sido consultado. Ahora va lamentándose sobre el primer hombro que lo acoge de que no existe ninguna razón para la suspensión. Es lógico. ¿Cómo va a promover grandes encuentros internacionales en Barcelona con esta tarjeta de visita?

Detrás de todo este embrollo hay un mal cálculo electoral. Montilla temía una imagen de desorden con una Generalitat y Ayuntamiento incapaz de controlar a los okupas en plena campaña electoral. Posiblemente el resultado de sus cálculos haya sido un tremendo error y desde el punto de vista de sus intereses electorales, el remedio peor que la enfermedad.

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