El Estado del Bienestar no nos lo regalan

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Uno de los debates centrales en España, y que en Cataluña ya ha empezado con el nuevo Gobierno, es el del mantenimiento del Estado del Bienestar, los recortes que pueden operarse sobre el mismo y su viabilidad a medio y largo plazo. Es un debate la mayoría de veces de grandes trampas, porque quien está en la oposición tiene un discurso substancialmente distinto al que después puede tener cuando gobierna. Porque lo que es cierto y no es un hecho nuevo, sino que hace más de una década que se viene anunciando su proximidad, es que la sociedad española tiene serias dificultades para conseguir mantener un estado de bienestar mínimamente satisfactorio a medio y largo plazo.

Estas previsiones ya eran anteriores a la crisis, se daban en plena expansión. Lo que ahora hace el declive económico es magnificar y acelerar los problemas. En el fondo hay un malentendido, o si se quiere una contradicción. El Estado del Bienestar no es algo que surja per se. Es una realidad europea, reciente básicamente en su pleno desarrollo, surge después de la II Guerra Mundial aunque existen antecedentes previos en algunos países, y es difícil encontrar parámetros semejantes más allá de los límites de la propia Unión Europea. Por consiguiente, es una realidad nueva y nada frecuente en el mundo que necesita para producirse y perdurar de unas condiciones muy estrictas. Lo que sucede es que, como nos hemos acostumbrado a vivir con ellas durante bastantes años, pensamos que bajan del cielo.

Una de aquellas condiciones es que exista un nivel de ocupación razonablemente elevado, no hace falta que se llegue a la plena ocupación pero sí que los datos malos, es decir, los que señalan el número de parados, no superen el 7, 8 ó 9 %, dependiendo de cada país. También es decisiva la productividad total de los factores, no sólo la del trabajo.

Pero junto con estos elementos, a largo plazo hay una cuestión incuestionable, decisiva, y la más difícil de regenerar cuando se pierde, que es exactamente lo que nos esta sucediendo. Se trata de los matrimonios estables. Su necesidad es absoluta para un estado del bienestar, en el marco de una sociedad medianamente productiva, es decir, que no sean unas super cracks de la economía, con una tasa de paro que es razonable como la apuntada al principio. Pero ¿por qué son tan decisivos los matrimonios estables? Básicamente por tres razones:

Primera, porque son quienes mejor garantizan el llegar al número de hijos que permiten el remplazo generacional, es decir, que cada matrimonio tiene de promedio un poco más de 2,1 hijos, y esto resulta necesario para garantizar las pensiones, y generar dinamismo social.

La segunda, porque la estabilidad matrimonial, al menos mientras dura el periodo educativo de los hijos, es también la mejor garantía para su rendimiento escolar. Esto no son leyes deterministas, son evidentemente cuestiones probabilistas, pero para un país el tener una estructura de un tipo o de otro determina cuestiones muy distintas.

El tercero es que la estabilidad matrimonial al reducir el número de parejas monoparentales también reduce el riesgo de pobreza, porque estas últimas son la cuna de las causas fundamentales.

Por último, también reduce los costes en edades más avanzadas de la vida, gracias al acompañamiento mutuo.

Es decir, por una parte genera recursos a través de la dinámica demográfica, capital humano; por otra parte reduce costes, por eso es tan importante.

En España los resultados, una vez más, no pueden resultar peores. Los datos del INE continúan señalando que cada vez se casa menos gente, pero no sólo esto, también sabemos por datos previos que cada vez hay mayor número de divorcios, de manera que hemos pasado de la cola de la clasificación a un lugar destacado en la cabeza. Con este panorama, quítenselo de la cabeza, derechas o izquierdas, progresistas o conservadores, la situación tiene escasísimo futuro.

Lo peor de todo es que a pesar de que son evidencias científicas, existen montones de estudios que lo señalan, ninguno ha conseguido tener el más pálido reflejo en las políticas públicas. En el caso de Zapatero la cuestión ha llegado a extremos trágicos, él y sus ministras han desencadenado una cultura y una política antinatalista que ríanse ustedes de la que practican los chinos, con una idea de partida diferente, pero con resultados mejores que los del Partido Comunista Chino. Pero tampoco parece que otros partidos, PP, CiU, tengan ideas buenas e importantes que signifiquen un cambio de paradigma, porque de esto se trata.

No estamos hablando de pequeños gestos, sino de un cambio substancial del marco de referencia que contemple todos los elementos que hemos descrito e impulse políticas favorables a la estabilidad matrimonial, a la descendencia y deje de primar la antinatalidad y la ruptura.

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