El estupor y la maravilla‘, de Pablo D’Ors

Alois Vogel es vigilante en el (imaginario) Museo de los Expresionistas de Coblenza. Durante años ha custodiado sus salas y ha ido aprendiendo a obser…

Alois Vogel es vigilante en el (imaginario) Museo de los Expresionistas de Coblenza. Durante años ha custodiado sus salas y ha ido aprendiendo a observar no sólo los cuadros sino todo lo que sucede en las salas. De hecho ha aprendido a vigilar todo lo que tiene a su alrededor; a caer en la cuenta de lo que nos espera en cualquier parte con sólo prestar un poco de atención.

El mismo Vogel confiesa: “Ser vigilante no es, pues, una simple ocupación: es un modo de ser y de estar en el mundo. Es imposible que la custodia de la belleza no imprima carácter” (p. 233).

Así, aunque sólo empezar el libro se deja caer una observación ácida, que la mayoría de los visitantes de los museos no van allí para mirar arte, el vigilante, y el lector de su mano, van descubriendo que la capacidad para descubrir la belleza de una obra va ligada al asombro por lo banal. De ahí una afirmación inesperada: “Suceden demasiadas cosas en un museo para que uno tenga tiempo de reparar en los cuadros” (p. 322).

Pero cuando se desliza esa frase, que nos parece a medio camino entre el humor y el nihilismo, el lector ya es capaz de entenderla y de asentir a ella.

Porque Vogel, hombre casi sin pasado y cuyo presente gira todo él en torno al Museo, nos ha ayudado a descubrir los diferentes tipos de blanco que hay, las arrugas que se forman en los pantalones al sentarnos, las formas caprichosas de las manchas de humedad o la gran importancia que tiene saber cerrar los ojos.

Esa capacidad del autor para sostener la novela, con enormes recursos a pesar de la escasa complejidad del personaje, es un valor añadido. Porque la obra se lee con sumo placer, sin prisas, acostumbrándose al lento pasear del vigilante por las distintas salas, las dedicadas a Paul Klee, a Piet Mondrian, a Oskar Kokoscha…

Y lo de menos son los cuadros, aunque se aprende mucho más sobre cómo contemplar la pintura de lo que uno presiente en un principio. Porque admirar el arte no puede ser muy distinto de la capacidad para habérselo con lo de cada día. Nos dice el protagonista, “Lo más inverosímil de nuestra vida es lo mucho que miramos sin ser capaces de ver” (p. 271).

La novela, como las grandes, y esta tiene muchos trazos de ello, nos conmociona de alguna manera. El autor sólo escribe sobre el bien que es lo más frecuente. “De esto es de lo que he querido hablar en este libro: de la perla que se esconde dentro de lo cotidiano, del milagro de lo banal” (p. 326).

Valiente confesión que nos lleva a ponernos cada día ante la posibilidad de una revelación, de “algo inesperado que podría cambiar mi vida y para lo que he estado preparándome sin saberlo” (p. 243).

Estas memorias imaginarias, redactadas en un principio en los márgenes de los libros que hablaban de Arte o sobre Museos de Arte, nos enseñan a mirar las cosas y tambié a aprender a cerrar los ojos porque, “la raíz del empobrecimiento espiritual de la vieja Europa radica en la incapacidad del europeo medio de tener los ojos cerrados durante cierto tiempo” (p. 263).

Mirar de forma verdadera supone siempre un salir y volver a nuestro interior mismo.

EL ESTUPOR Y LA MARAVILLA
Pablo D’Ors
Pre-Textos
Valencia 2007
407 páginas

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