El Gobierno, la política y las cofradías

La ministra Aído, que regenta el microministerio de Igualdad, que es algo así como un pequeño ‘frankenstein’ porque está f…

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La ministra Aído, que regenta el microministerio de Igualdad, que es algo así como un pequeño ‘frankenstein’ porque está formado de giros inconexos de otros departamentos, ha hecho, como es propio de ella, unas inteligentes y profundas manifestaciones en el sentido de que las Cofradías no deberían dedicarse a la política, sino a cuestiones religiosas. No es que estas tradicionales instituciones del mundo católico se hayan puesto a apoyar al candidato de un determinado partido en detrimento de otro, no, nada de esto, lo único que están haciendo es debatir si adoptan una determinada actitud en relación a la ley del aborto. Y ahí, ha surgido el lógico pluralismo interno que caracteriza a la Iglesia (y del que por cierto, el PSOE carece, puesto que sus acuerdos son siempre monolíticos, con votaciones que los búlgaros comunistas envidiarían).Esta línea obedece a las instrucciones que desde la central se están impartiendo: hay que acusar a las Cofradías de meterse en política, lo que en España es algo por lo visto, gravísimo. Ciertamente, queda lejos todo esto de la Grecia aristotélica que tenía como insulto más extremo el acusar a un ciudadano ateniense de apolítico.

También dice el manual que “hay que acusar a la Iglesia de dividir (?) a la gente porque las actividades de las cofradías son de todos (?). La brunete mediática, es decir el grupo PRISA, ya ha entrado en acción, en este sentido, lo mismo que los Guerrilleros de Zapatero Rey, es decir “Público” y “La Sexta”.
Por eso vale la pena detenernos unos instantes en el significado de la política y del hecho religioso católico, porque es a éste al que pertenece la tradición que encarnan las cofradías. La política es, en palabras de Juan Pablo II, una de las manifestaciones más elevadas de la caridad; es decir, del amor cristiano. Lo dijo reiterando una expresión en idéntico sentido del Papa Pablo VI. El compendio de doctrina social de la Iglesia deja sentado que la dimensión política no es un añadido a los deberes del cristiano, sino que forma parte de sus dimensiones necesarias como persona y como creyente. Política significa ocupación e interés por aquellas cuestiones que afectan al conjunto de la comunidad. Es decir, ir más allá de aquello que nos atañe, nos interesa o necesitamos, estrictamente para nosotros y nuestras familias. De ahí que sea un acto evidentemente positivo.
Hacen política lo sindicatos, las organizaciones profesionales, las asociaciones de vecinos, y muchas otras formas en las que se organiza la sociedad civil. Una vertiente particularmente importante de la política es la de los partidos, que son cauces a través de los cuales debería organizarse la opinión plural de la sociedad, pero son cauces que se alimentan de todo lo preexistente, no lo sustituyen; no existen en ninguna sociedad democrática los partidos y después una suma de individuos aislados, sin nada más. Eso solo era posible en los regimenes totalitarios, donde por ley se prescribía quien podía hacer político y quien no.

Esta misma mentalidad es la que expresa la regente del microministerio, Bibiana Aído, y quienes mantienen la línea de que pronunciarse contra el aborto es hacer política. Claro que lo es, como lo es preocuparse del hambre en el tercer mundo o de la situación de los inmigrantes. Todo lo que va más allá de nuestra esfera particular forma parte de esta dimensión. Quienes nos gobiernan desearían ciudadanos de dos tipos: palmeros y autistas. Pero una cosa es hacer política con mayúscula, que es una virtud cívica; y otra, es el partidismo político que es lo único que sabe hacer el PSOE.

Las cofradías responden a una larga tradición de piedad, que tiene una fuerte expresión cultural. Como tal cultura puede interesar e integrar incluso a personas no creyentes, pero a diferencia de otras manifestaciones culturales nacidas del hecho cristiano ésta no puede desligarse del mismo, no puede desligarse de lo que expresa: la muerte y resurrección del hijo de Dios encarnado en hombre, y de la Virgen María. Las cofradías expresan la belleza del núcleo central del catolicismo. De ahí que sus miembros y ellas como entidad no puedan desligarse del Magisterio de la Iglesia, sobre todo en aquellas cuestiones que son tan absolutamente incuestionables como es la del derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. Por consiguiente, es lógico que se opongan a una ley tan denostada como la que intenta impulsar el Gobierno. No hacerlo significaría perder sentido de vinculación al hecho religioso que dicen profesar. El modo como lo hagan forma parte de su autonomía como organización; pero que manifiesten su oposición es algo más que un derecho, forma parte también de sus deberes religiosos.
Pero más allá de esto hay que recordar, desde el plano más radicalmente laicista, que las cofradías como organizaciones de la sociedad civil tienen el derecho a manifestar lo que consideren pertinente, sin que el Gobierno tenga nada que decir, a menos que esté dominado por el tic totalitario. Es más, en el caso del aborto y de la oposición a la ley, otras muchas personas al margen de la adscripción religiosa son contrarias a la misma por motivos jurídicos o científicos, porque consideran que el embrión o el feto es un ser vivo humano y es poseedor de determinados derechos, y la mujer no puede decidir libremente sobre este ser humano.

El hecho que, como informábamos días atrás (VER ENLACE), la institución oficial consultiva de la bioética en Francia reconozca esta naturaleza humana en el feto muestra una vez más que se trata de un hecho compartido más allá del cristianismo, incluso de la religión. O sea, que desde el mismo laicismo, el Gobierno no tiene por qué criticar el que las entidades de la sociedad civil se opongan al aborto, sean estas las cofradías o una asociación de criadores de canarios, simplemente porque es razonable y están en su derecho.

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