El hombre cristiano

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Ante el modelo que presenta la perspectiva de género de considerar el machismo y la violencia contra la mujer como una característica inherente al hecho de ser hombre, ceñido eso sí a su condición heterosexual, hay que levantar la concepción del hombre cristiano como alternativa.

San Pablo nos lo define (Efesios 5,25-30): “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada. Así también deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia; porque somos miembros de su cuerpo”.

La mujer es para el hombre el ser al que ama, al que se entrega, en unos términos que el apóstol sitúa muy elevados. Nada menos que su equivalencia es la de Cristo con la Iglesia, es decir, hasta dar su sufrimiento y vida por ella. Amar a la mujer es amarse a sí mismo sin que te domine el sentido de posesión. Es un amor tan fuerte como el que uno puede sentir por sí mismo, pero dotado de trascendencia, y que de hecho, lo supera, porque tú en tu propio nombre puedes renunciar a tu sacrificio, pero no puedes hacerlo en relación a la mujer. Es un amor tan grande que por él abandonarás a tu familia, a tu padre y a tu madre, señala también el apóstol (Ef, 5-31).

Y amar significa por encima de todo perseguir el bien del ser amado, que en ocasiones no coincidirá con nuestro deseo, ni a veces con el suyo, y esto requiere una conciencia bien educada y virtuosa, porque lo que cuenta es la capacidad práctica de realizar ese bien y aplicar un buen discernimiento y no tanto las palabras que se empleen.

Y el amor cristiano significa ser el primero en amar, es decir, en dar, esperando la reciprocidad. Por eso es tan importante elegir el sujeto de tu amor para que aquella pueda existir en una convivencia de por vida. También el amor a todos: no puede quedar encerrado en la pareja, sino que ha de proyectarse a los demás, empezando por los más cercanos, la propia familia; la de ella también obviamente, y amar sacrificando y sirviendo, para conseguir la plenitud entre los dos, y eso exige el reconocimiento por parte del otro. Las características de ese amor nos las define también San Pablo en ese pasaje tan conocido de Corintios 13: es paciente, servicial; no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, y aun podríamos añadir, y no carece de un buen sentido del humor, que sabe hacer sonreír al otro.

Bajo esas premisas debe ver el hombre cristiano a la mujer, y es lo que ella debe encontrar en el hombre, y no solo en el matrimonio, sino antes, cuando solo se relaciona, y atraen, o cuando solo son amigos, o simplemente comparten un trabajo o una afición.

Obviamente todo esto es contracultural. Se encuentra fuera de la moralidad vigente. Poco tiene que ver con ella, pero eso es lo que hay en el cristianismo, y hay que ponerlo en valor. Es en estos términos en los que debe ser educado el niño, preparado el joven y exigido el adulto. Esa es una de las tareas esenciales de la Iglesia. Esa es su siembra y cultivo. Y es también la tarea de la familia, de los padres especialmente, porque vivirlo en el propio hogar es la mejor forma de aprenderlo, y en la escuela cristiana, que debe  enseñar a practicar el amor concreto cristiano, que es fuente de todos los valores. Y eso es lo que debemos defender en la sociedad, ante el machismo descarado o encubierto, que ve a la mujer solo bajo la perspectiva de su posesión en propio beneficio, y como alternativa a la idea deliberadamente deformada del hombre, que esparce la ideología de género para consumar su guerra.

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