El hombre que no resolvía nada

Érase una vez un hombre que se especializó en no resolver nada. Al principio le fue muy bien porque a todo decía que sí y …

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Érase una vez un hombre que se especializó en no resolver nada. Al principio le fue muy bien porque a todo decía que sí y solo presentaba las buenas noticias, las malas las ocultaba. Cuando las cosas empeoraron y la ocultación no fue posible, mintió. Mintió a unos, a otros y a los de más allá. Siempre sacrificaba toda consecuencia futura al éxito instantáneo, inmediato.

Los resultados iniciales fueron muy buenos, tanto que todo el mundo creía que había sido señalado con el dedo de la fortuna. Señalado sí, pero por la fortuna ya se vio después que no. Al cabo de un tiempo todo lo que había almacenado debajo de la alfombra hizo imposible el continuar ocultándolo, y entonces, uno tras otro, empezaron a pudrirse todos los melones que había abierto sin llegar a consumir ninguno. De la ‘baraka’ a ser ‘gafe’ en cuestión de meses.
La empresa que dirigía quebró irremediablemente y los nuevos gestores aun siguen intentando recuperarla para la normalidad. El futuro sigue siendo incierto. La familia del hombre que no resolvía nada acabó al final peleada entre si. No tanto en su defensa como para ver como se repartía su maltrecha herencia.
Llegados a este punto es prácticamente innecesario citar el nombre de a quien nos referimos. Es el que ha negado la crisis económica, primero, la ha minimizado después, más tarde ha derrochado el dinero público en muchas medidas inútiles para, finalmente, hundir a los trabajadores, a las empresas y al ahorro. Pero lo grave no es esto, sino que el tobogán de descenso por el que nos empuja continúa debajo de nuestros pies.
Se negó a pactar la renovación del TC, se comprometió con el Estatuto de Cataluña para después dejarlo correr su suerte, apuñaló a Maragall, y ahora, seguramente provocará el cataclismo político de Montilla. Es difícil que le sobreviva nadie de su propio entorno, porque los consume en su hoguera de vanidades, como la madera de los vagones de tren de los hermanos Marx en su viaje al Oeste.
Ha resucitado el fantasma del enfrentamiento civil de las dos Españas; ha utilizado la agresión al mundo católico como un instrumento político para movilizar el voto; ha favorecido a los muy ricos: se ha desatendido de las desigualdades sociales; cree que el paro se arregla con limosnas y no con nuevo empleo; y tiene a España en el ojo del huracán financiero. Su gloriosa presidencia de turno en Europa terminará en la inanidad más absoluta. Peor todavía, en la incompetencia. No ha sabido como liderar el problema de Grecia a pesar de que nos dañaba como país. Se ha escondido bajo las piedras ante la crisis aérea y el mal papel que ha hecho la Unión ante ella…
Señoras y señores, Rodríguez Zapatero no es que sea el peor presidente de la democracia, es que constituye un peligro político y económico para todos nosotros.
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