El humanismo: el legado olvidado

Doy por sentado que todo el mundo ha oído alguna vez hablar sobre el humanismo, que todos estamos, en mayor o menor medida, familiarizados con …

Doy por sentado que todo el mundo ha oído alguna vez hablar sobre el humanismo, que todos estamos, en mayor o menor medida, familiarizados con este término. A algunos les parecerá lejano, como un eco difuso perdido en el rumor de recuerdos de sus tiempos como escolares, a otros les evocará a grandes pensadores, literatos, artistas, célebres personajes en libros y enciclopedias, atrapados en sus propias obras y cubiertos por un dedo de polvo. Parece que actualmente el humanismo ha quedado relegado a ser un episodio más de la historia del mundo occidental, un capítulo ya terminado, fascinante, ciertamente, pero sitiado y sellado en una era remota.

Decía Cicerón, gran orador y político romano, que el estudio y el cultivo de las artes, de todo aquello cuanto hoy podemos considerar que se abarca al emplear el vocablo “humanidades”, no es más que el estudio del hombre por el hombre; el cultivo de las artes no es más que la siembra del arte de vivir. Aprendemos del peso de la historia que la humanidad acarrea, desnudamos nuestra “humanidad” al deleite de unos versos y nutrimos nuestro pensar con el saber de aquellos que ya reposan.

Sin embargo, parece que para el hombre actual, el hombre “moderno”, como gustamos en autoproclamarnos, estas lecciones carecen de toda posible valía. Hemos encerrado el pasado en la buhardilla de lo que llamamos “civilización”, de este mundo presente que creemos poseer y haber creado, como si tan solo merecieran ser recordados sus últimos años, los que entendemos como “nuestros”. Pero la madurez no llega sola, “no se nace sabiendo”, se suele decir, y los humanos de hoy en día debemos todo cuanto somos a nuestros antepasados, a todos ellos; desde el hombre de Cromañón que se retrataba en las paredes de una cueva hasta los científicos del siglo XX, pasando por todos sus predecesores, pensadores, artistas, guerreros, campesinos, que han ido escribiendo lentamente un legado que nos hemos limitado a perfeccionar. No somos más que la punta de un pequeño iceberg.

Las humanidades son las palabras que nos cuentan esta historia, el eco de todo cuanto hemos sido y somos. No se limitan a ser únicamente un estudio de la lengua, del arte, de la música, de la historia, de aquello que ya ha concluido, de partículas de tiempo finitas, como si fueran una roca que puede ser examinada por ser determinada y definida. Son la ciencia del acontecer, de aquello que fuimos y de aquello que seremos, pues todo hombre es por definición humano.

Seguramente, esta reticencia que se suele tener hacia las “letras” en nuestro mundo actual viene dada por una especie de exaltación del presente, en detrimento del pasado. Se considera como “bueno” aquello que es “nuevo”, pues vivimos atrapados en la inmediatez. Creemos que el progreso del hombre se limita a las “ciencias”, a la tecnología, pero un progreso desarraigado de la esencia del hombre no es más que un retroceso que nos hace vivir mejor, cegándonos de todo cuanto esta fuera del ahora y aquí, como si el presente bastara para definirnos y no hubiera nada más allá de él.

No me malinterpreten, las “ciencias” y el progreso son un gran bien del hombre y para el hombre, pero el mayor de sus bienes es la inherente condición de ser humano, entendido desde un punto de vista que va más allá de la biología y las ciencias exactas. Creo que somos aquello que no podemos decir de nosotros mismos, aquellos momentos en los que no nos entendemos, somos lo que no podemos explicar ni definir.

Todas las personas humanas han sido y serán complejas, como dijo Goethe “el destino del hombre es morir incomprendido”, y ni las ciencias ni las humanidades pueden hacernos comprender nuestra propia complejidad. Para mí, las humanidades son un precioso legado de aquellos que experimentaron nuestra misma complejidad y trataron de entenderla, de aquellos que afrontaron problemas, mucho más similares a los nuestros de lo que pensamos, de aquellos que se sintieron como nos sentimos nosotros ahora mismo, hoy hace 1500 años. No nos dejaron ninguna receta mágica para la vida, ni el estudio de su herencia, por más rigoroso y escrupuloso que sea, nos desvelará novedades acerca de nuestra condición, pero las “artes liberales”, así las llamaban los antiguos, son nuestro mejor compendio del arte de existir, del arte de ser humano, del arte de aprender a amar aquello que no comprendemos y que nos aterra y fascina al mismo tiempo, que se nos escapa y sin embargo al escaparse nos hace ser: nuestra propia existencia.

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One comment

  1. 1

    Muy buen artículo Anna:
    Aprender es un verbo transitivo y su objeto es la verdad. Ya Aristóteles lo había dicho antes -mucho antes- y quizá por eso lo hemos olvidado. Las cosas más importantes en la vida, como bien lo explica James Schall, no se aprenden en las universidades o escuelas. Quizá lo mejor que se puede aprender en ellas es aprender a aprender. Por ello debe haber otro tipo de aprendizaje, uno que no se pierde en cuestiones técnicas, que se preocupa por la verdad, por lo que es, por las cosas más altas, o como Hugo de San Victor, por los asuntos profundos.

    Claro está qu uno de los problemas del tiempo actual es el aprendizaje. No es que nadie quiera aprender, lo cual es innatural (vuelvo aquí al famoso inicio de la metafísica, otro libro antiguo de Aristóteles). El problema es que la verdad no es aprendible -permítaseme el término- o que no es de relevancia o que no se enseña. De hecho, como Santo Tomás deja muy claro al inicio de su Summa, el problema del educador es perderse en cuestiones inútiles y no ir a lo que importa, a la realidad.

    Dogma de la enseñanza ( y del aprendizaje) hodierna es que sólo importa aprender aquello que es inmediatamente útil. Muchas cosas que no son útiles son más valiosas que las cosas técnicas. De hecho, las universidades medievales hacían muy bien esta distinción entre artes liberales y artes serviles. Cuando un conocimiento está destinado a ser útil, también está destinado a perecer y por lo tanto a dejar de valer. Es de por sí contingente. Por ello los libros de técnica evolucionan tan rápido como las modas. Si seguimos hasta el límite las consecuencias de esta actitud nos quedaremos con un aprendizaje sin importancia en unos años. La técnica, se desee o no, progresa y de paso con ella la apreciación de lo útil, y lo útil mismo. Es necesario un aprendizaje liberal.

    No me refiero con el término liberal a esa categoría semipolítica, más estereotípica que real. Al decir liberal quiero significar que libera, que lleva a la plenitud humana, que es realización en la verdad. Educación (y más la liberal) no es información, ni esfuerzo por un sobresaliente. Educación liberal es buscar hacer de la persona el máximo de lo que puede dar, no de su inteligencia ni de una de sus facultades aisladas, sino de todo él o ella.

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