El martirio de la conciencia personal

El Catecismo de la Iglesia Católica se refiere a la necesidad de formar la conciencia y esclarecer el juicio moral: “Una conciencia bien …

El Catecismo de la Iglesia Católica se refiere a la necesidad de formar la conciencia y esclarecer el juicio moral: “Una conciencia bien formada es recta y veraz, formulando sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas” (Art 1783).

Es por tanto importante, tal como afirmaba el cardenal Joseph Ratzinger, “no identificar la conciencia del hombre con la autoconciencia del yo, con la certidumbre subjetiva de sí mismo y del propio comportamiento moral. Este conocimiento puede ser, por una parte, reflejo de las opiniones difundidas en el ambiente social; y por otra, puede derivar de una falta de autocrítica, o de una incapacidad de escuchar las profundidades del espíritu”. La certidumbre subjetiva proviene, con frecuencia, de una falta de compromiso en la búsqueda apasionada y honrada de la verdad.

Quien se mantiene en este tipo de certeza subjetiva, argumenta el teólogo estadounidense Scott Hahn, destruye su vínculo con Dios y se aparta de la vida y de la libertad. Dios, respetando el libre albedrío del hombre, permite que se persevere en el pecado, formando así un hábito, un vicio, que oscurece el entendimiento y debilita la voluntad. De esta manera, el “mal” se convierte en el “bien” más urgente y el “bien” se presenta como un “mal” porque amenaza con apartar a uno de los deseos ilícitos. El pecador termina este proceso redefiniendo su propia conciencia, alcanzando un estado de penuria de tal magnitud que llevaría en su tiempo al mismo Isaías a exclamar: « ¡Ay de los pecadores que llaman “mal” al “bien” y “bien” al “mal”!». A partir de dicho momento sólo una calamidad puede salvar a estas almas descarriadas.

Pero incluso en esta situación lamentable y terrible, el hombre es capaz de atisbar la luz de Dios y no dejar anulada en su totalidad la conciencia; en ningún caso, esta circunstancia puede servir como pretexto para persistir en el error: “Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que Él creó, de modo que nadie tiene excusa” (Rom. 1:20).

Tanto para esta legión de almas que han mimetizado su conciencia con las del ambiente secularizado que les rodea, como para aquellas que, en un acto casi heroico, se han preocupado por la formación recta de la misma, se les presenta un desafío añadido en la actualidad: suplantar la decisión que únicamente le compete a la conciencia por los “consejos a la carta” de personas o instituciones supuestamente erigidas como garantes de la doctrina católica.

Así, se da con frecuencia que ante unos actos consumados, de los que no se tienen la menor intención de modificarlos, antes de someterlos al juicio implacable de la recta conciencia, se prefiera traspasar esta responsabilidad a un “consejero espiritual”, del que se sabe a priori que será “benévolo” con el hecho que se le presenta; lo cual, no deja de ser más que “una burda trampa en el solitario”.

Este no es el camino. Sabemos que los factores de discernimiento moral están constituidos por la Ley moral objetiva de Dios, revelada en la Escritura (y para los católicos interpretada por la Iglesia), la situación que Dios prepara providencialmente y el testimonio de la propia conciencia. Prescindir de este último factor conduce inevitablemente al error en el conocimiento de la voluntad de Dios.

La singularidad de algunos actos o las circunstancias específicas en las que estos se ven envueltos, acarrearán en ocasiones una especial complejidad a la hora de la evaluación moral de los mismos por un consejero espiritual, eso siempre y cuando seamos tan agraciados de encontrarlo. En estos supuestos, alcanzará una mayor importancia el proceso de discernimiento. La pobreza evangélica, la paternidad responsable o la correcta santificación de las fiestas no dejan de ser unas entre otras muchas situaciones en las cuales el criterio de la conciencia resulta irrenunciable. Fácil es encontrarse con personas que han abandonado el cumplimiento del precepto dominical durante años después de haber recibido un compasivo consejo sacerdotal para una situación concreta y coyuntural; o con otras que, precedidas por su parte de un preámbulo bien estudiado -incluso dramáticamente representado-, han logrado arrancar de los labios del consejero espiritual de turno una estimación concreta del número de hijos con el que desean conformar sus familias; olvidándose los cónyuges en cuestión, y quizás también el consejero, que ésta «es una decisión que debe ser tomada de común acuerdo por los esposos, formándola bajo un juicio recto que atienda tanto al bien propio como al bien de los hijos ya nacidos o por venir, discerniendo las circunstancias del momento y del estado de vida, tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la propia familia, de la sociedad y de la Iglesia» (Vaticano II GS 50).

En esta época disoluta y confusa que nos ha tocado en suerte vivir, en la que el humo del Satanás sigue avanzando de manera firme en la Iglesia, puede resultar tentador y “rentable” dejarse guiar por un ciego, en la creencia de que de esta manera el camino resultará mucho más cómodo que el que marca la propia conciencia; pues, en principio, descargar la responsabilidad sobre otro al que no le corresponde llevarla, parece librar a uno de incómodas cábalas y numerosos quebraderos de cabeza.

Hoy en día, ya no resulta tan sugerente el clásico refugio del pecador que para eludir sus compromisos argüía frases tan gastadas como la de “yo actúo según mi conciencia”. Al contrario, en la actualidad recurrir a un “consejero espiritual” que se encuentre identificado, más que con Cristo, con los “signos de los tiempos” representa un excelente lenitivo. De esta manera, el pecador, en su ingenuidad o malicia, cree dejar su conciencia en sosiego por una larga temporada.

Algo muy diferente ocurre cuando la conciencia ocupa el lugar de vicario de Cristo que le corresponde, y ésta vuelve una y otra vez a llamar para cotejar en todo momento la bondad del acto encausado, entregándose con radicalidad a la imitación y seguimiento de Jesús. Entonces aparece la recta conciencia en un juicio continuo y permanente, presentándose ésta a la vez como testigo, fiscal y juez. Juicio éste que, por su constancia, implacabilidad e insistencia, puede ser experimentado como un verdadero martirio al que nuestra conciencia personal nos somete. Ante tal escenario, muchos se amedrentan y optan por la tesitura de ceder ante el mal; haciéndose con un “certificado de bien”, expedido frecuentemente por un “organismo desautorizado”.

Los dictámenes de conciencia son a menudo incómodos y resultan dificultosos, hasta el punto de llegar en ocasiones a constituir verdaderos martirios que tenemos que aceptar como dones que nos evitan el peor de todos los sufrimientos: la pérdida de nuestro vínculo con Dios. La tentación de arrinconar la conciencia en el desván de lo superfluo para transferir la responsabilidad a otra instancia o persona que sabemos fallará a favor de nuestros ocultos intereses puede ser muy grande; en especial, cuando esa decisión va revestida por la aureola de “generosidad” y “esfuerzo” que implica la supuesta obediencia a la Ley. Pero tras este envenenado sofisma, lo que subyace es la renuncia a comprometerse plenamente con la voluntad de Dios.

Nunca debemos apagar la voz de la conciencia; de lo contrario, como señala el Concilio de Letrán, estaremos construyendo para el infierno. La conciencia actúa como altavoz de Dios en nuestro interior, ella nos guía incluso cuando alrededor de nosotros todo son tinieblas.

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