El mensaje de Navidad del Santo Padre: solo el vínculo nos hace humanos

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El discurso de Benedicto XVI a la Curia Romana que cada año el Papa realiza con motivo de la Navidad tiene en esta ocasión una especial entidad. Tres ejes lo constituyen y uno de ellos con especial fuerza, el de la familia. Los otros dos son el de la paz en el mundo y el de la Nueva Evangelización, como anuncio del mensaje de Jesucristo en nuestro tiempo, “a quienes aún no lo han encontrado”, por utilizar sus propias palabras, y “a tantos que lo conocen solo desde fuera”.

Pero, en mi comentario de hoy me gustaría centrarme en uno de los aspectos nucleares porque forman parte de la arquitectura humana a que se ha referido con claridad el Santo Padre. Lo hace refiriéndose a la importancia de la familia como transmisora de la fe y, en relación a ella, se pregunta: “¿Puede el hombre comprometerse para toda la vida? ¿Corresponde esto a su naturaleza? ¿Acaso no contrasta con su libertad y las dimensiones de su autorrealización? […] Un vínculo para toda la vida, ¿está en conflicto con la libertad? El compromiso, ¿merece también que se sufra por él?” Y añade: “El rechazo de la vinculación humana, que se difunde cada vez más a causa de una errónea comprensión de la libertad y la autorrealización, y también por el soportar pacientemente el sufrimiento, significa que el hombre permanece encerrado en sí mismo y en última instancia conserva el propio ‘yo’ para sí mismo […] Pero el hombre solo logra ser el mismo en la entrega de sí mismo, y abriéndose a los otros”.

Benedicto XVI posee la virtud, como gran teólogo que es, de situar con precisión y claridad los problemas del hombre contemporáneo. Y el que apunta con estas palabras está en el centro y es la explicación de todas las crisis que sufrimos: la cultura de la desvinculación, la sociedad desvinculada, que entiende que la realización del ser humano pasa por la satisfacción de sus deseos, de sus pulsiones, de las pasiones que estos desarrollan cuando el deseo no está encauzado por la razón y guiado por la fe. Bajo este planteamiento, el de la sociedad desvinculada, a la que también llamamos postmodernidad, un ‘yo’ hiperdimensionado considera que todo compromiso, que toda norma, ley, tradición, fe, debe adaptarse a sus deseos y, cuando no es así, debe ser transformada o arrumbada a un lado del camino. Todo lo que nos sucede en el ámbito personal y colectivo puede ser interpretado a través de esta perspectiva. Al ser así, esto significa que el ser humano, en la sociedad occidental y sobre todo en Europa, porque también hay que subrayar el lugar donde esta cultura es hegemónica, destruye el elemento fundamental de la formación de la persona, que es la relación y el compromiso con los demás y la posibilidad de una sociedad bien ordenada y que funcione. La atomización social, fruto de la desvinculación, hace que cada vez más los gobiernos, las instituciones sociales, deban dedicar más esfuerzos a evitar los conflictos, las fricciones, las tendencias centrífugas que se producen en la sociedad, y todo esto roba extraordinarias energías para poder abordar sus necesidades, sus problemas. La desvinculación destruye los dos componentes fundamentales del vínculo: el amor, es decir el acto de donación más o menos gratuita al otro en busca de su bien, y el deber, la práctica que se produce cuando sin haber la necesaria empatía se ha de mantener el compromiso. Ahí donde el deber es un acto de la razón que solo puede surgir y se acepta que existen razones para vivir más importantes que uno mismo, razones que poseen dicha importancia porque otorgan sentido a nuestras propias vidas.

Nuestra sociedad, europea, española, es una sociedad terriblemente amenazada por la desvinculación, cuya expresión en el terreno religioso, sea dicho de paso, es la secularización. No es solo la Iglesia la que recibe este daño sino que ella participa de él porque forma parte de una determinada sociedad, pero también lo sufren todas y cada una de las personas y el conjunto de la misma sociedad. Enfrentarnos a la cultura de la desvinculación, a las políticas a que da lugar, y hacerlo de una forma coherente, abordando las raíces del problema, sin despreciar actuar sobre sus negativas consecuencias inmediatas, es la tarea del año que comienza y que el Santo Padre nos ha resumido al situar la importancia decisiva del ser humano, que “solo abriéndose al otro” puede alcanzar su plenitud y que cuando existe “el rechazo de estos lazos desaparecen también las figuras fundamentales de la existencia humana, el padre, la madre, el hijo, decaen dimensiones esenciales de la experiencia de ser persona humana”.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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