El miedo a la inseguridad

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“La auténtica libertad es poder vivir sin miedo”. Esta frase de Theodor Adorno escrita en su sugerente obra publicada en los años treinta del siglo pasado, Minima Moralia. Reflexiones sobre la vida dañada, tiene un especial sentido en nuestro mundo actual.

En este mundo globalizado, donde el orden internacional es injusto, cada vez resulta más evidente ver y comprobar que la tranquilidad privada, al igual que la cotidiana se convierte en una quimera, en una ilusión sin fundamento alguno. Si en algo se manifiesta evidente esa peculiar insistencia en una vida globalizada, es precisamente en la capacidad de lo público, quiérase o no controlado desde el poder político, frente a lo que se crea o se diga en entornos intermedios o en situaciones concretas, para llegar a actuar en lo profundo de lo privado, y sobre todo en algo tan privado y trascendente como es la vida, que, cuando pende del hilo de lo irracional, no sólo nos deja desorientados y sin base sino que acarrea la más grave de las dudas: el sobresalto, la confusión, el miedo.

La seguridad antecede hoy a cualquier otro derecho u obligación más preciados. Se renuncia con gusto a cuanto la libertad significa y genera con tal de que nos sintamos y nos hallemos de hecho seguros. El derecho a la seguridad física y a la integridad moral se antepone a la libertad de pensamiento, de opinión y de asociación y se legitiman abusos e injerencias en la vida privada. El miedo crece y la globalización económica va pareja a la globalización del terror.

La inseguridad, aun siendo real, no siempre merece el trato más objetivo, y cuando desde los más variados medios se exacerba la insistencia en ella, y se recurre a informaciones no siempre completas, a añadidos que no corresponden a la realidad, o a deformaciones de la misma realidad, se acaba distorsionando una realidad que debería ser conocida, aceptada, refutada, según los casos, y se obliga a la aceptación de unos valores que no siempre son reflejo de los principios en que se parecen apoyados.

El miedo trae, aunque no lo parezca, beneficios, porque cuando las personas o grupos se vuelven más cautos los poderes públicos se ahorran preocupaciones y sorpresas no siempre convertibles en adhesiones o en votos seguros.

El deseo de seguridad se cambia por el miedo a la inseguridad; la aceptación sumisa a cualquier tipo de control se recibe como más positiva que la situación o el clima de riesgo; el deseo de que nada se nos escape de las manos domina sobre cualquier imponderable que se imponga por sorpresa.

De este modo, se olvidan las diferencias entre realidad y apariencia; y se suple la acostumbrada reserva ante lo desconocido por el miedo a que nos pueda sorprender. Si se considera más positivo tenerlo todo previsto, cuando lo imprevisto se impone habrá que buscar o incluso crear un culpable, para poder hacerlo responsable del mal, condenable primero, ajusticiado más adelante y, a lo largo de todo el tiempo, chivo expiatorio de cuantos males deberían analizarse y diagnosticarse previamente, con más frialdad y menos sumisión a lo que inconscientemente se ha impuesto.

“Los imperativos de la seguridad” (la expresión es del filósofo D. Innerarity) exigen el más eficaz control, un control de calidad sobre todas y cada una de las acciones humanas. Esos controles resultan eficaces en terrenos como la economía, la ordenación del mercado, la irrelevancia social con que se acepta la pérdida de puestos de trabajo, la confusión en los cuadros de la vida política, cualquiera que sea su plano, entre ejercicio social y ejercicio del mando, la ordenación de las formas de pensamientos y de las pautas de conductas más propias de un dirigismo ideológico que de una esperanza de mejora social.

Se busca, se procura, se impone, se crea obligada una sociedad sin riesgos, y se genera un riesgo todavía mayor, cuando la bondad y la naturalidad humanas se traducen con la rapidez de que las nuevas tecnologías han hecho gala, en una reducción de los objetivos, las capacidades y las esperanzas de una sociedad abierta.

El terrorismo, la violencia y las guerras se perpetúan en nuestro mundo; pero los modos de atajarlos y los caminos de transformación social para erradicarlos exigen y obligan a una sagacidad y a una imaginación creadora que no parecen suficientes, hoy por hoy, para abordar el futuro. Debemos defendernos, es esencial que las sociedades abiertas descubran mecanismos potentes para defenderse del terror, del miedo a la inseguridad, pero ello no debe hacerse a costa de las libertades que se han cosechado históricamente.

En ese futuro reside el funcionamiento de la democracia, y ese futuro no es tan global como quiere imponerse, porque ni las sociedades son iguales, ni tienen el mismo grado de progreso y desarrollo, ni la misma disposición a evitar dirigismos tan justificados como anómalos. Europa, en este sentido, puede ser una fuente de esperanza, especialmente si no sigue miméticamente el modelo norte-americano.

No queda más remedio que insistir de nuevo en la urgencia de una nueva ética; una ética pública, crítica, comprometida con las realidades que nos envuelven y al servicio de la dignidad de la persona humana. Una ética sin miedo, pública y comunicativa, que vuelva a centrar sus objetivos en la creación de formas de solidaridad y en la potenciación de la defensa del bien común.

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