El mito de la secularización

Un fenómeno como el que está ocurriendo desde el sábado, cuando se anunció la muerte del Papa, resulta insólito por su carácter único. Las razones de …

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Un fenómeno como el que está ocurriendo desde el sábado, cuando se anunció la muerte del Papa, resulta insólito por su carácter único. Las razones de su naturaleza extraordinaria son básicamente tres. En primer lugar, está el carácter absolutamente popular y masivo con la presencia de ahora ya más de un millón de personas en Roma que han acudido en un uno uotro momento a la Plaza de San Pedro, una cifra que se verá sin duda multiplicada a lo largo de toda la semana. Lógicamente, en este conjunto tan numeroso y heterogéneo, acuden personas llamadas por la curiosidad, pero sería ilógico asignar a este motivo la causa que explica que tanta gente esté dispuesta a hacer colas de 7 u 8 horas, de pie, con falta de agua y los medios más elementales. Para una sociedad que busca siempre el confort, alguna causa más profunda debe existir para romper con tal exigencia y vivir horas y horas de incomodidad, hasta la extenuación en muchos casos.

El segundo dato es la amplitud, diversidad e intensidad de los dirigentes políticos que se han manifestado en términos positivos. Puede singularizarse la reacción de Fidel Castro, pero han sido muchos, de Jacques Chirac a George W. Bush pasando por los representantes de los movimientos políticos islámicos, quienes se han pronunciado con admiración y respeto y, además, públicamente. Señalábamos, en nuestra anterior edición, la clamorosa excepción de José Luis Rodríguez Zapatero, pero eso era una singularidad que llamaba la atención precisamente por esto y no a causa del potencial que internacionalmente posee este gobernante. El tercer elemento es el mediático. Nunca durante tanto tiempo tantos medios de comunicación del mundo han mantenido a un personaje en primera línea.

 

Es obligado reflexionar, a lo largo de los próximos días y semanas, sobre lo que está sucediendo, sobre por qué sucede esto y sobre cuáles son las consecuencias que debe generar. Éste es un Papa que ha sido cruelmente criticado por sectores que teóricamente dicen formar parte de la Iglesi, así como por otros opuestos a ella. Le han dicho cosas terribles, absolutamente injustas y propias de la sinrazón. El teólogo Hans Küng, por ejemplo, con el cadáver todavía en caliente, se ha lanzado a una campaña de artículos que, sin sentido del ridículo ni de la realidad, califica de fracaso este papado, cuando el mundo está mostrando como nunca lo contrario. Pero todas estas críticas demuestran que la fuerza de Juan Pablo II, igual que su testimonio y la verdad de la que era portador, es mucho más potente que cualquier demagogia, por grande que sea el medio de comunicación, el grupo o el partido. Ya demostró esta fuerza en su confrontación con el comunismo. Ahora, después de muerto, se constata con la adhesión de tantas personas.

 

Un dato nada menor es el interés, incluso las conversiones personales que durante estos días están produciéndose en distintas personas. Muchos conocemos casos concretos, más o menos insólitos, de gentes que se abren ahora al misterio de Dios, o más allá incluso se deciden a entrar en la Iglesia, sin saber muy bien el porqué. No todos estos hechos responden a razones profundas, pero sí que son lo suficientemente explícitos y numerosos como para mostrar que la secularización de las conciencias es más bien un mito y que, en todo caso, lo que sí que existe es una incapacidad, por parte de muchos sectores de la Iglesia, de llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy. La enseñanza de Juan Pablo II es histórica porque rompe con lo que parecía una fatalidad, aceptada al menos en Europa, que marca claramente cuál es el camino que la Iglesia debe seguir.

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