El móvil y el fetichismo postmoderno

Estamos creando nuevas formas de dependencia. Nos rodeamos de objetos que, en principio, deberían facilitarnos la vida cotidiana y las comunica…

Estamos creando nuevas formas de dependencia. Nos rodeamos de objetos que, en principio, deberían facilitarnos la vida cotidiana y las comunicaciones, pero que según como se manejen, se convierten en una fuente de problemas y de tensiones.

El teléfono móvil ya forma parte del paisaje cotidiano de nuestra existencia. Casi resulta imposible vivir sin él. Hasta nos resulta imposible imaginar cómo vivíamos y trabajábamos antes de su existencia. Se ha convertido, en los últimos años, en un objeto-talismán y para algunos adolescentes y jóvenes es un objeto de vital importancia. Su pertenencia al grupo, su vida social y emocional depende, en gran parte, de este pequeño artefacto que fue creado para facilitar la comunicación, pero que, en la actualidad cumple otras muchas funciones, como el de ser un potente antídoto a la soledad.

Por lo general, somos más dependientes -tecnológicamente hablando- que nuestros padres y que nuestros abuelos y si la tendencia sigue el curso presente, nuestros hijos y nietos todavía serán mucho más heterónomos que nosotros. Nos creemos más autónomos, algunos incluso se creen autosuficientes, pero dependemos totalmente de una constelación de artefactos técnicos para desarrollar nuestra vida cotidiana.

El teléfono móvil se ha convertido, además, en un rito de paso de la niñez a la adolescencia según el psiquiatra Paulino Castells. Hasta hace poco, en la primera comunión se regalaba una pluma estilográfica, luego fue la máquina de hacer fotos y hoy se regala el móvil y ello pone de relieve la precocidad con la cual los niños empiezan a utilizar este artefacto que se ha convertido en un objeto de fetiche para la inmensa mayoría de hombres y mujeres occidentales.

Theodor Adorno se refirió, en la década de los treinta del siglo pasado, a una nueva forma de fetichismo que denominó tecnológico. Entonces, parecía exagerada tal expresión, pero en la actualidad es una pura realidad.El teléfono móvil se ha convertido en un fetiche, en un objeto de culto y de adoración, en una especie de amuleto que aparentemente da seguridad y libera de los posibles males. Los padres justifican la compra del móvil a su hija adolescente con el argumento de la seguridad y el control, lo cual no deja de ser un falaz razonamiento.

No cabe duda que el móvil, en parte, es un magnífico medio de comunicación con funcionalidad familiar y social clara: los padres tienen contacto con sus hijos en sus salidas nocturnas, en viajes fuera de la ciudad, en definitiva, siempre y cuando estén fuera del hogar familiar, pero, se convierte también en un objeto de discriminación grupal. Las modas se imponen de un modo totalitario, no democrático y los jóvenes y adolescentes que nadan a contracorriente se sienten extraños, anómalos, casi seres extraterrestres. El peso del grupo y el temor a la marginación esla razón fundamental que les lleva a suplicar por el codiciado objeto tecnológico.

Todo esto conlleva una fuente de seguridad y de tranquilidad para los progenitores. Pero el móvil es algo más que un objeto de comunicación, de control del adolescente.Se ha convertido en una seña de identidad del adolescente al estilo de unpiercing. El tipo de móvil, su carcasa, sus iconos, la música que emite, configuran su sello de identidad. Todo ello genera un nuevo lenguaje. El lenguaje del móvil puede resultar, a primera vista, aberrante, pero no deja de ser la expresión del lenguaje telegráfico que utilizan nuestros jóvenes.

El uso abusivo del móvil puede generar formas de dependencia y de adicción que empiezan, lamentablemente, a ser más frecuentes de lo que uno se imagina.El Centro de Tratamiento y Rehabilitación de Adicciones Sociales de la Universidad de Valladolid elaboró un informecompleto hace años sobre comportamientos y trastornos adictivos de algunos usuarios de teléfonos móviles que merece nuestra atención y donde se trata de demostrar que su uso masivo puede degenerar en un trastorno adictivo.

Algunos de los casos expuestos se pueden resumir en conductas como éstas pertenecientes a pacientes del citado Centro:

“Lo uso de entre quince y veintidós horas al día, más de cincuenta llamadas de conversación y cuatrocientos mensajes al día, más de tres horas de uso sin descansar, más de seis mil euros en el último año, hasta cuatro recargas del móvil cada día, para agotarse el saldo de tanto uso y abuso; carga casi continuada del móvil a la red para mantener la batería a punto, más relaciones sociales por vía telefónica que por vía personal directa”.

Otro caso: “En menos de tres meses me gasté seis mil euros entre dos teléfonos móviles y el fijo del trabajo, donde acabaron por despedirme. No veía la manera de desconectarme, era como una droga. La mente me pedía más… Cada día dedicaba tres horas al móvil, a llamar a conocidos y a desconocidos, a enviar mensajes, a participar en unaparty line, porque entonces tenía novio, sólo para hablar, para construirme otra vida”.

Según los especialistas, el adicto recurre al teléfono móvil para salir de su aislamiento, pero acaba solo sin contacto con la familia ni con los amigos de siempre. Es tal el nivel de dependencia que puede llegar a generar que hay enfermos de móvil que llegan a la conclusión:“Si no tienes móvil no eres nadie”. O bien: “Si no te llaman o llamas muchas veces, eres menos que nadie”.

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