El mundo celebra, “con ventanas abiertas”, los 40 años del Concilio Vaticano II

“Con ventanas abiertas”, en plena sintonía con el espíritu de apertura que impulsó el Papa Juan XXIII. Así celebraron la Iglesia y el mundo, el pasado…

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“Con ventanas abiertas”, en plena sintonía con el espíritu de apertura que impulsó el Papa Juan XXIII. Así celebraron la Iglesia y el mundo, el pasado jueves 8 de diciembre, los 40 años de la clausura del Concilio Vaticano II. El Papa Benedicto XVI presidió por la mañana una concelebración eucarística de acción de gracias en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Fue el momento central dentro de la conmemoración de lo que todas las sensibilidades católicas y no católicas han bautizado como “acontecimiento providencial” e “hito fundamental en la historia de la Iglesia”.

 

El pontífice programó para la jornada, festividad de la Inmaculada Concepción, una agenda de actividades que va mucho más allá de la Misa. Quiso intensificar su “presencia en la plaza pública”, su apuesta por la nueva evangelización siguiendo siempre la letra y el fondo del propio Concilio. Durante el Ángelus, al mediodía, bendijo la antorcha olímpica que acababa de llegar a Roma para iluminar los Juegos Olímpicos de invierno Turín 2006. Por la tarde, rezó con el pueblo en la Plaza de España, ante la imagen de la Purísima, en una ofrenda tradicional que Joseph Ratzinger presidirá por primera vez como Papa. Finalmente, visitó en el Auditorio de la Via de la Conciliazione, ya en el Vaticano, la exposición titulada El Concilio Ecuménico Vaticano II – 8 de diciembre 1965-2005. Sin duda, para Benedicto XVI, fue un día de plena aplicación del Concilio.

 

Teólogos, historiadores, estudiosos y creyentes en general valoran el Concilio Vaticano II como una necesidad y, sobre todo, como la gran fuente de adaptación de la Iglesia a los nuevos tiempos, en un siglo de grandes cambios sociales, económicos, políticos y tecnológicos. El impacto de todo esto, unido a la urgente necesidad de buscar la paz duradera y auténtica en el mundo, es lo que movió a Juan XXIII, un Papa que parecía de transición porque fue elegido con 77 años en 1958, a convocar la cita conciliar. Las sesiones empezaron en 1962 y duraron 3 años, con cambio incluido en el Pontificado. Con la muerte de Angelo Giuseppe Roncalli, recogió el testigo Gianbattista Montini, el Papa Pablo VI, que hizo realidad el proyecto humano y profético de su predecesor.

 

Grandes luces como la reforma litúrgica, con mayor presencia de la lengua del pueblo en las celebraciones, y sombras como la crisis de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en Europa, así como la creciente secularización y la dejadez en la promoción de sacramentos como la Reconciliación, son para muchos expertos la mejor síntesis de las huellas conciliares en la sociedad de principios del siglo XXI. Pero el contenido doctrinal, práctico y espiritual de aquellas sesiones históricas se mantiene vivo. “El programa del Pontificado de Juan Pablo II ha sido precisamente la aplicación del Concilio Vaticano II, pero sabemos que eso no es fácil si no colaboramos todos”. Así se expresa el sacerdote catalán Enrique Cases, un hombre que precisamente estudiaba en Roma a sus 20 años cuando empezó el Concilio y luego dedicó su tesis doctoral en Teología a los aspectos educativos de aquella cita.

 

El llamamiento universal a la santidad

 

Para Enrique Cases, los problemas de la Iglesia posconciliar no se han producido “por el contenido de las resoluciones del Concilio, sino por la manera de intentar aplicarlas”. En este sentido, asegura que “lo más importante para la Iglesia es el llamamiento universal a la santidad, y eso es válido igual en el siglo III que en el XXI”. También recuerda que, “el hecho de que la liturgia reajuste o replantee sus formas en mayor o menor grado no tiene importancia al lado de lo fundamental”. Como conclusión, el sacerdote afirma que queda mucho trabajo por hacer, aunque insiste en que la madurez de los principales aspectos del Concilio depende de todos, porque “el Espíritu Santo siempre está presente y actúa”. “Lo que intentó el Vaticano II, y luego desarrollaron sus documentos posteriores, es volver a los orígenes. Durante 15 siglos se potenció muy bien la espiritualidad religiosa, mientras que ahora se intenta que el llamamiento universal a la santidad llegue a todo el mundo. Por eso también ha habido problemas internos e incomprensiones entre unos y otros”, explica.

 

La síntesis que hace el presidente de la Conferencia Española de Religiosos (CONFER), el mercedario Alejandro Fernández Barrajón, es un buen ejemplo de lo que la Iglesia ha querido transmitir al mundo con el Vaticano II. “Fue como abrir una ventana a la calle y al mundo por parte de la Iglesia. Ha sido el gran diálogo de la Iglesia con el mundo en el siglo XX. Supuso que una Iglesia que estaba cerrada en sí misma iniciara un diálogo con la cultura y la sociedad”, explica en declaraciones que publica este miércoles el diario LA RAZÓN en su suplemento FE Y RAZÓN. Por su parte, el presidente de E-Cristians, Josep Miró i Ardèvol, recuerda que “el Concilio sigue vigente en varias cuestiones, como la bíblica, la litúrgica, la ecuménica o la teológica”, aunque lamenta que “todavía una parte de la Iglesia razona con categorías del pasado (el posconcilio) sin ver cómo el mundo se ha transformado”.

 

Cabe destacar, por otro lado, que este 40º aniversario del final del Concilio Vaticano II se ha celebrado estos días en todo el mundo con numerosos actos, celebraciones litúrgicas y predicaciones, incluidas las tradicionales vigilias. Son muchos los obispos que han publicado estos días mensajes pastorales o se han dirigido a los creyentes a través de los medios de comunicación. Todos coinciden en una idea, expresada por el titular de Sigüenza-Guadalajara, José Sánchez: Aquel acontecimiento histórico es como “una bocanada de aire fresco que penetró en la Iglesia por las ventanas que abrió el Papa que lo convocó”.

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