El neopaganismo: un reto y una oportunidad en el Año de la Fe

Son muchas las expectativas y retos que presenta a la Iglesia el Año de la Fe convocado por el Santo Padre Benedicto XVI y que abrirá su…

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Son muchas las expectativas y retos que presenta a la Iglesia el Año de la Fe convocado por el Santo Padre Benedicto XVI y que abrirá sus puertas el próximo 11 de octubre de 2012, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II y vigésimo de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

Uno de estos desafíos deriva, sin duda, del “eclipse de la fe” en el que occidente camina a tientas desde hace varias décadas, y que lleva a muchos a preguntarse si la religión no tiene ya los días contados.

Estudios sociológicos sobre el fenómeno de la secularización distinguen tres aspectos a la hora de abordar el tema del abandono progresivo de la religión: (1) las creencias, (2) la pertenencia a una organización religiosa (participación en ritos), y (3) los comportamientos.

Una investigación reciente del National Opinion Research Center de la Universidad de Chicago sobre la creencia en Dios a través del tiempo y los países (cf. Massimo Introvigne, 21.04.12), reflejaba que la secularización más fuerte se detecta en el campo de los comportamientos, es decir: en el campo moral, social y político el hombre occidental se aparta ampliamente de los lineamentos religiosos. Por otra parte, en el ámbito de las creencias se ve una secularización más “débil” en la que se cree de una manera un poco vaga y confusa en Dios. Así mismo, la pertenencia de tipo institucional a un grupo religioso presenta mucha inestabilidad.

El estudio distingue también seis grupos que van de los creyentes firmes, pasando por los no-practicantes, para llegar finalmente a los así llamados ateos “fuertes” (aquellos convencidos de su ateísmo y cuyo porcentaje no tiende a crecer) y ateos débiles (aquellos a quienes no les interesa la religión pero albergan algunas dudas sobre la misma: su cifra presenta un cierto crecimiento).

En definitiva, el hombre occidental tiende a vivir como si Dios no existiera, pero conserva vivas algunas creencias, a veces basadas en una religiosidad tímida que viene del pasado, mezcladas con incertezas y dudas. De alguna manera, los “creyentes” no-practicantes han llevado al mundo occidental a darse cuenta que ya no es cristiano y que la fe ya no es un presupuesto obvio de la vida común.

El reto de ayer

Este escenario sitúa a la Iglesia de nuestros días en un contexto no muy diverso del que tuvieron que afrontar los primeros pensadores cristianos, quienes debían anunciar el Evangelio en un ambiente tan contradictorio como el nuestro.

Se podría afirmar que el imperio romano era un pueblo profundamente religioso. Sus templos colosales y el arte que surgió en el seno de su religión son testigos de esta realidad. Sin embargo, esta religiosidad caracterizada por un politeísmo y un sincretismo algo peculiar, presentaba serias diferencias con el cristianismo.

En su prolusión de 1959 en la universidad de Bonn, el entonces profesor Joseph Ratzinger destacó que el deseo del cristianismo por la verdad contrastaba profundamente con la religión pagana que, lejos de dirigirse a la verdad, estaba más bien subordinada a una utilidad meramente cultural o de orden civil, un simple culto político (cf. El Dios de la fe y el Dios de los filósofos).

Aquellos primeros cristianos eran conscientes de que, cuando la religión no se interesa ya por la verdad, se convierte en un instrumento vacío de sentido.

A este respecto comentaba también el teólogo Ratzinger en su libro Introducción al cristianismo: “La religión pagana no iba por el camino del Logos, sino que permanecía en él como mito inoperante. Por eso su fracaso inevitable procede de la separación de la verdad que lleva a que se la considere como pura institutio vitae, es decir, como pura organización” (Sígueme, Salamanca 1976, p. 112).

Para los primeros seguidores del Crucificado, Cristo no era un dios más en el Panteón romano, no se podía identificar con Zeus ni con Apolo, no era un personaje legendario cuya real existencia poco importaba y cuya historia no era más que eso: mitología.

Cristo, por el contrario era un Dios vivo y real que entrando en la vida de cada hombre no podía dejarlo indiferente sino que transformaba los lugares más recónditos del corazón, de la conciencia, de la vida social, moral y política. Él era el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Por ello, los Padres de la Iglesia pudieron identificarlo mejor y de un modo parcial con aquel origen y fundamento último de todas las cosas, del que hablaban los filósofos antiguos (cf. El Dios de la fe y el Dios de los filósofos).

Esta clara dicotomía entre saber y creer, entre razón y religión, entre verdad y fe que presentaban las religiones paganas, fue lo que las llevó a desaparecer en su irracionalidad, y cualquier otro intento de restaurarlas, como fue el caso de Juliano el Apóstata, fracasó. Fue así como la primitiva Iglesia comprendió desde el primer momento que Cristo no se llamó a sí mismo costumbre sino Verdad (cf. Tertuliano, De virginibus velandis, I.1).

Esta elección por la Verdad hizo del cristianismo una religión no de costumbres vacuas ni de piedad ciega sino una religión que apostó por la racionalidad de la fe y no por la fe sin razón; una religión que se cuestionaba por la veracidad de su historia, de su moral, de Dios.

Unido a esta racionalidad, el ejemplo de vida y de caridad de la primera comunidad eclesial, que con su aparición transformó para bien la condición de las mujeres, de los esclavos, de los pobres, débiles y enfermos en la antigua Roma, fue lo que sentenció el triunfo del cristianismo sobre el paganismo.

La oportunidad de hoy

Hoy al cristianismo se le presenta una prueba semejante. Son cada vez más los así llamados “no-practicantes” cuya fe no pasa de ser una mera creencia difuminada, sin relación alguna con la conducta y las decisiones de las personas. Algo más parecido a aquello de: “si Dios existe o no, no importa”.

Esta fe de vitrina, de documentos legales y de eventos sociales, tarde o temprano se convierte en un indiferente agnosticismo.

Con todo, esta realidad hace que este Año de la Fe constituya una oportunidad única para que la Iglesia vuelva a mostrar al hombre moderno que la fe vivida y aceptada, libera plenamente y enriquece a la persona en lo más profundo de su ser, llegando a convertirse en una de las alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad (cf. Juan Pablo II, Fides et Ratio).

Iniciativas como la de la Conferencia de obispos de Estados Unidos, quienes recientemente han publicado un documento titulado Disciples Called to Witness: The New Evangelization con el fin de entrar en diálogo con los católicos, sean o no practicantes, que han perdido el sentido de la fe (cf. Religión en Libertad, 24.04.12), muestra cómo la Iglesia ha ido entendiendo paulatinamente la necesidad imperiosa de proponer con renovado empeño el mensaje de Cristo.

“Lo que necesitamos, decía Henri De Lubac, no es un cristianismo más viril, o más eficaz o más fuerte, sino vivir nuestro cristianismo más virilmente, más eficazmente, más fuertemente, más heroicamente […] Es preciso devolverlo a nuestras almas. Ponerlo en nuestras almas” (El drama del humanismo ateo, Encuentro, Madrid 2008, p. 91.).

He aquí uno de los desafíos y oportunidades que ofrece este Año de la Fe: llevar al hombre de hoy a retomar, con toda su persona, el camino que le conducirá a Aquél que no buscaríamos sino hubiera salido Él primero a nuestro encuentro (cf. Benedicto XVI, Porta fidei, n. 10).

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