El Papa en el Parlamento Europeo

Su visita tuvo lugar 26 años después de la del Papa Juan Pablo II. Y ahora, lo hizo desde un mundo cada vez más interconectado y …

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Su visita tuvo lugar 26 años después de la del Papa Juan Pablo II. Y ahora, lo hizo desde un mundo cada vez más interconectado y global y desde una Europa un poco envejecida y reducida; el Papa quiso dirigirse desde su vocación de Pastor, enviando a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento: “Esperanza basada en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuentes de unidad, para vencer todos los miedos que Europa – junto a todo el mundo – está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida”. También, el Papa, nos indica que en el ambicioso proyecto político de la Unión Europea se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente. Quiso destacar estas dos palabras: «dignidad» y «trascendencia». Y nos dijo: “La promoción de los Derechos Humanos desempeñan un papel central en el compromiso de la Unión Europea, con el fin de favorecer la dignidad de la persona. Se trata de un compromiso importante y básico, pues persisten demasiadas situaciones en las que las personas son tratadas como objetos, que se les puede programar: la concepción, la configuración y la utilidad, y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser: débiles, enfermos o ancianos. Efectivamente, ¿qué dignidad existe cuando falta la posibilidad de expresar libremente el propio pensamiento o de profesar sin constricción la propia fe religiosa? ¿Qué dignidad es posible sin un marco jurídico claro, que limite el dominio de la fuerza y haga prevalecer la ley sobre la tiranía del poder? ¿Qué dignidad puede tener un hombre o una mujer cuando es objeto de todo tipo de discriminación? ¿Qué dignidad podrá encontrar una persona que no tiene qué comer o el mínimo necesario para vivir o, todavía peor, che no tiene el trabajo que le otorga dignidad? ”. Y ahora con amor de padre, sigue diciendo: “Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor. Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Por otro lado: Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor del exceso de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones”. Y continúa: “Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir: fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad”. Y nos dice también: “Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente: la propia alma y también el «espíritu humanista»”. En otro momento menciona las numerosas injusticias y persecuciones que sufren a diario las minorías religiosas, y particularmente cristianas, en diversas partes del mundo: “Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos”. Otro fragmento importantísimo dice: “Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real, fuerza política expresiva de los pueblos, sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece”. También el Papa habla: De la familia, del calor de un hogar, de las escuelas y universidades, de la educación, de los jóvenes, de la creación… Y con fuerza nos dice: “No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos. Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de: ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira y defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad.” Este precioso final me llena de esperanza, pensando que con Dios y con Francisco, todo es posible.

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